sábado, julio 27, 2013

Capítulo 6: Negociaciones financieras

Valeria se presentó de sopetón delante de los dos guardias que custodiaban el acceso a la antecámara del trono, sobresaltándolos. Ninguno la había visto acercarse.
―Llama al Chambelán ―exigió en tono perentorio a uno de ellos.
―Como ordene, Su Alteza ―contestó el guardia, haciendo una profunda reverencia y retrocediendo presuroso hacia el interior de la estancia. Unos cuantos segundos después retornó acompañado de Lemo, el Gran Chambelán del reino, que era el encargado de atender a las visitas de Su Majestad Dertrar II el Esforzado y definir cuáles de ellas tenían el privilegio de ver al soberano en persona. Delgado, de estatura mediana y muy cuidada apariencia, Lemo frisaba la cincuentena, y había sido muy cercano a la reina Delma antes de que ésta abandonara las dependencias reales y se estableciera en las suyas propias.
―¡Valeria! ¡Su Alteza! ¡Qué gusto verte, mi pequeña! ―Lemo había sido uno de los “tíos” más queridos de Valeria durante su niñez, y ella seguía sintiendo un aprecio especial por él― ¿A qué debemos tu visita? ¿Quieres ver a tu padre?
―Sí, tío. Debo hablar con él cierto asunto. Hazme el favor de anunciarme.
―Si el asunto es financiero, debo advertirte que no está de muy buen humor. Te anunciaré de todos modos.
―Gracias.
Valeria se dispuso a esperar. A su padre le gustaba tomarse unos minutos antes de autorizar el ingreso de quienes solicitaban audiencia, fuesen quienes fuesen, así que tendría que tener paciencia. Dertrar II el Esforzado… sonrió al pensar en el apodo de su progenitor. Samir le había relatado algunas historias al respecto, y aunque al comienzo había sentido algo de pena, ahora sólo le producían complacencia. Así de grande era el deterioro que había sufrido en su mente y en su corazón la imagen de su padre. Y no exactamente por culpa de ella.

Agregar un apodo al nombre del rey ha sido una práctica muy usual a lo largo de la historia. Generalmente el alias tiene que ver con el desempeño del monarca en su cargo ―el Grande, el Conquistador, el Cruel, el Prudente, el Pacificador, el Piadoso, el Terrible, el Azote de Dios, el Empalador, por citar algunos―, aunque también se han dado casos en que hace referencia a sus características físicas ―el Breve, el Calvo, el Tartamudo, el Cojo, por ejemplo. En Ombur, sin embargo, no correspondía a ninguna de estas causales. Tanto es así, que el rey recibía el apodo antes de ser coronado.
El procedimiento, al parecer tan antiguo como el mismo reino, funcionaba así: un par de días antes de la ceremonia de coronación se reunía el denominado Consejo del Pueblo ―que era una agrupación conformada por algunos nobles principales (cuyo cargo era vitalicio y hereditario), un delegado de los comerciantes, uno de los ciudadanos, uno de los pescadores, el comandante de la Guardia Real, el Senescal y el Gran Chambelán, y cuyo único fin era elegir el apodo―, y seleccionaba para tal efecto una cualidad que se estimaba indispensable que el rey poseyera, pero de la cual éste carecía completamente o la poseía en grado mínimo.
De esta forma se pretendía que en el mismo momento de asumir, el nuevo soberano conociese la carencia que sus súbditos más deseaban que él superase.
No dejaba de haber sabiduría en esta costumbre, que obligaba al monarca a escuchar la voz de su pueblo desde el mismo inicio de su mandato. Sin embargo el tiempo la había desvirtuado: el Consejo muchas veces se ensañaba al seleccionar el apodo, perjudicando inmerecidamente al soberano por el resto de su reinado. Valderán III el Alto, por ejemplo, medía sólo 1,48 mts,; Liborio II el Esbelto tenía problemas hormonales que le hicieron ser durante toda su vida muy, pero muy gordo; Guajo I el Sonriente tenía una dentadura horrible, ya que le faltaban piezas dentales y las que le quedaban estaban totalmente cariadas y carcomidas, por lo que, como es natural, evitaba sonreír. En esos casos el Consejo fue notablemente cruel; hasta podría decirse despiadado e inclemente.
Hubo, sin embargo, casos en que los apelativos estuvieron tan bien escogidos, que los monarcas respondieron al llamado implícito en ellos: Escobasio I el Casto, en su juventud un extremadamente peligroso sátiro sexual que perseguía a toda mujer que se le ponía por delante, no importando si era joven o vieja, ampulosa o estilizada, bonita o fea, casada o soltera, a partir de su coronación, y en especial de su matrimonio con Oligia Extasiada, se convirtió en un ejemplo de pureza y fidelidad, verdadero modelo para sus súbditos; Anábolo IV el Gentil pasó de ser un ordinario y maleducado pelafustán capaz de sonarse con la capa de su vecino o cortarse las uñas mientras almorzaba, a ser un gentil caballero, galante, correcto, educado, un verdadero señor, gracias a la influencia de su esposa, Terciana Regia; Pancracio I el Sabio, que al asumir su cargo era un ignorante redomado, completamente inculto, incluso analfabeto, contrató los mejores profesores de todas las disciplinas y comenzó un afiebrado plan de estudios que le permitió, luego de varios años de persistente esfuerzo, dominar la mayor parte de los conocimientos existentes, transformándose en los hechos en el más grande exponente del saber, la cultura y la ciencia de su época.
Pero hubo muchos otros casos en los que, pese a la buena intención del Consejo, los monarcas insistieron en su conducta original. Está documentado que Abadesio II el Honesto era un sinvergüenza de la peor especie, un ladrón redomado que desvalijó el Tesoro del reino en su propio beneficio, en el de sus seis amantes y en el de la multitud de hijos ilegítimos que tuvo con éstas, dejándolo en bancarrota y recargando a sus súbditos con impuestos muy elevados para compensar su rapiña; Ligésimo I el Confiado fue un individuo enfermo de desconfiado, celoso, receloso, escéptico y suspicaz, que vigilaba permanentemente hasta los mínimos pasos de sus ministros, ayudantes, colaboradores y, en especial, de su esposa(pese a todo, con no muy buenos resultados, hay que decirlo); Neocio III el Intrépido era un cobarde en todo el sentido de la palabra, un ser incapaz de enfrentarse a la más pequeña rata, cucaracha o lagartija que surgiere ante su vista, y que se desmayaba cuando veía una araña, por pequeña que ésta fuese, o cuando alguien dejaba caer algún objeto pesado en su cercanía (los miembros de su séquito se dedicaban a dejar caer a propósito libros, bandejas u otros objetos resonantes, para disfrutar contemplándolo mientras ponía los ojos en blanco y se precipitaba al suelo como verdadero saco de patatas); y Rocambolo I el Frugal pesaba 140 kilos, comía como náufrago y tenía la agilidad de una tortuga en una cuesta empinada. Diomesio I el Generoso, que aportó su famoso calendario (fue en realidad uno de sus súbditos, cuyo nombre se ha perdido en la maraña del tiempo, el que lo creó, pero el rey se llevó todo el crédito), era tan dadivoso como un puño de trapecista o como una habitación cerrada con candado y, al contrario de Abadesio II, hizo crecer el tesoro del reino a dimensiones nunca conocidas antes, aunque al término de su reinado su sucesor tuvo que invertir una fortuna en efectuar las mínimas refacciones necesarias para que el palacio real pudiese habitarse con algún grado de confort básico, luego de veinticinco años de nula mantención y mínimo aseo.
En cuanto a Dertrar II el Esforzado, era conocido desde muy joven por su afición a levantarse cerca del mediodía, dormir reparadoras siestas al comienzo de la tarde y permanecer recostado en un sillón durante el resto del día dedicado a disfrutar de la vida placentera que llevaba. Era un hombre obeso, holgazán y extremadamente cómodo. Era también un déspota y un mal educado, un verdadero patán en todo el sentido de la palabra, cuya mayor preocupación existencial, y acaso también la única, consistía en disfrutar de manera permanente de todos los placeres que la vida puede entregar a quien dispone del tiempo y las riquezas necesarios para proporcionárselos. De manera que vivía inmerso en festejos y grandes celebraciones con muchos invitados, rodeado de hermosas mujeres dispuestas a atender todos sus deseos e ingiriendo profusamente manjares y licores, mientras su extenso séquito lo halagaba y agasajaba, procurando idear entretenciones y espectáculos que le divirtieran, tarea relativamente sencilla pues el soberano era de gustos poco refinados.

Poco menos de quince minutos debió aguardar Valeria antes que Lemo se asomara y, encogiéndose de hombros a modo de disculpa, la invitase a seguirlo.
La antecámara del trono, el lugar donde Dertrar II el Esforzado pasaba la mayor parte del tiempo cuando el clima le impedía salir a los jardines, era una estancia enorme, tan grande que había hasta una piscina de aguas termales en su interior. El monarca estaba recostado en un cómodo diván situado sobre una plataforma que se alzaba un metro por sobre el resto de la habitación, rodeado de pequeñas mesas atestadas de frutas, sumos y manjares de toda índole. Una bella esclava de tez morena, con hábiles movimientos, se encargaba de masajearle los pies.
Mientras Valeria se acercaba al monarca, siempre acompañada por Lemo, un individuo delgado, de mediana estatura y barbilla recogida se despegó del lado del monarca y salió a recibirlos.
―Mi querida niña ―la saludó con voz melosa y aflautada―, dichosos los ojos que vuelven a verte después de tanto tiempo. ¿A qué debemos tan grata visita?
―Preferiría decírselo personalmente a mi padre, si no te molesta, Glaunis.
―¡Oh! Pero no faltaba más. Su Majestad me pidió que te lo consultara, porque él está un poco… indispuesto ―su voz se volvió un susurro―. Ji, ji, ji. Pero si prefieres hablar directamente con él, estás en tu derecho. Ji, ji, ji. Y él también en decidir si te contesta o no.
Glaunis de Odonat era el secretario privado de Dertrar, el hombre que atendía todos sus asuntos personales, incluso los más íntimos. Pese a su actitud aparentemente servicial, servil incluso, Valeria lo consideraba un hombre peligroso, muy poco confiable, de ésos dispuestos a acuchillarte apenas das vuelta la espalda. Era el principal confidente del rey, aquél que le daba a conocer las murmuraciones y habladurías que recorrían los interminables pasillos del palacio, el responsable de mantener informada a Su Majestad.
Sin prestar más atención a Glaunis, Valeria se acercó al diván donde descansaba su padre. El monarca la vio acercarse con una mirada de desagrado.
―Imagino que después de seis meses sin aparecerte por aquí, no es precisamente el amor filial el que te trae de vuelta ¿verdad?
―Nunca he podido engañarte, padre mío. Lees en mi mente como en un libro abierto.
―Imagino que tienes entre manos un espécimen interesante en esta oportunidad. No tengo intenciones de seguir financiando expediciones a las llanuras.
―Varios, en realidad ―le respondió ella con una leve sonrisa, alcanzándole una copia de la lista que le había entregado a Oriol. El gusto por los animales exóticos era el único interés que compartía con su padre, y si no hubiera sido por él, podrían perfectamente haber pasado años sin verse.
―¿Las Tierras Bajas? ¿Quién se atrevería a internarse en esas selvas impenetrables?
―¿Has escuchado hablar de un tal Oriol?
―No estoy seguro ―miró a Glaunis, esperando alguna acotación de parte de éste.
―Es un aventurero que vive en los extramuros, Su Majestad. Todos los años, para estas fechas, organiza expediciones a las llanuras. Los ejemplares que captura los vende en la Feria Primaveral. Entiendo que la princesa ya le ha adquirido algunas de sus piezas. Sería primera vez, que yo sepa, que viaja a las Tierras Bajas.
―Ya lo recuerdo. Es un gigantón barbudo ¿verdad?
―Él mismo, padre mío.
―¿Y confías en él?
―Plenamente.
―Supongamos que me intereso. ¿De cuántos dertrares[1] estamos hablando?
Valeria le pasó otro papel, y el rey lo contempló por largos instantes en silencio.
―Pides demasiado ―dijo luego.
―Si lo autorizas, aceptaré que la colección se abra al público durante un mes.
―¿Y dices que estará de vuelta para la Feria Primaveral?
―Si comienza sus preparativos de inmediato, alcanzará a volver sin inconvenientes.
―Que sean tres meses.
       ―Acordado.



[1] El dertrar es la moneda oficial del reino de Ombur. Lleva el nombre del monarca en ejercicio, Dertrar II el Esforzado, y equivale a cien coronas.