jueves, agosto 25, 2011

Prólogo 2: Cristóforo de Calgahar

Moine, capital del reino de Ombur, primeros días de otoño del año 956 de la Nueva Era.

El agudo tañido de la última campanada de la medianoche se había extinguido hacía ya largo rato en la lejanía cuando, en medio de una oscuridad tan densa como el alquitrán, cuatro fantasmales figuras encapuchadas, que parecían flotar en el aire, se desplazaron silenciosas por entre los charcos malolientes que tapizaban el empedrado de una sinuosa y estrecha callejuela cercana al puerto. Sólo las ratas y demás sabandijas que merodeaban por los adoquines se percataron de su presencia, aunque no parecieron darles mayor importancia. Sin la menor dilación, como si la carencia de luz no lo afectase, uno de los espectrales seres enfiló hacia una pequeña y muy deteriorada casa de adobe carente de ventanas, que se hallaba semioculta en el interior de un angosto pasaje. Los otros lo siguieron sin el menor ruido.
A esa hora, la noche era tan fría como una tumba. Un viento gélido y húmedo que calaba,  cual afilado bisturí, hasta los mismos huesos, recorría la ciudad como sibilante espectro. Arriba, en el firmamento, la luna escarlata Isidora se deslizaba arrogante y despectiva por entre los oscuros nubarrones que, cual hambrientos perros de presa, intentaban vanamente darle caza. Abajo, en la bahía, las aguas del gran lago Zafiro se habían encrespado, y un fuerte oleaje azotaba con creciente furia los impávidos rompeolas y cubría de efervescente espuma los abruptos roqueríos costeros.
―Aquí es, mi señor ―susurró el ser que había hecho de guía, con una voz que parecía provenir de un pozo profundo.
Sin contestar, el aludido se adelantó y recorrió con suavidad con sus dedos enguantados la reseca madera de la puerta.
A lo lejos, muy a lo lejos, aulló un perro.
    
Un único y estrecho cuarto pobremente amoblado ocupaba el interior de la maltrecha vivienda. Un pequeño brasero, cuya luz mortecina teñía de anaranjado las ruinosas paredes, mantenía el ambiente tibio y confortable. A su lado, junto a una destartalada mesa cubierta de papeles, libros y pergaminos, y sentado en una silla que no se desarmaba sólo gracias a la acción benéfica de alguna desconocida divinidad protectora, se hallaba Cristóforo de Calgahar.
Parecía frisar la cincuentena. Más bien bajo de estatura y muy delgado, sus largos cabellos grises, su corta y algo rala barba poblada de hebras de plata, y los pequeños y gruesos anteojos que llevaba montados casi en la punta de su nariz, le conferían un cierto aspecto intelectual, como de erudito, reforzado por su arrugada y raída túnica marrón y por sus deterioradas sandalias. Era bien sabido en Ombur que la fortuna no favorecía a quienes hacían del estudio y la investigación su forma de vida.
Mientras masajeaba sus sienes con delicadeza y seguía con su mirada distraída las intrincadas filigranas que dibujaba la luz del brasero en las murallas, Cristóforo suspiró profundamente. Pese a que no tenía un motivo concreto para ello ―al menos no uno inmediato―, se sentía agitado, sin aliento, como si recién hubiese terminado de trepar una larga y empinada pendiente. Más temprano, mientras retornaba desde el viejo monasterio, no había podido desprenderse de esa molesta sensación de ser seguido, de tener unos ojos extraños, y tal vez hostiles, pegados a su espalda. No obstante, cada vez que se detuvo a investigar no advirtió nada sospechoso, si bien tal constatación distó mucho de tranquilizarlo: estaba tan oscuro que si un batallón completo hubiese estado oculto entre las sombras, no lo habría visto.
Cerró los ojos y procuró calmarse. Su miedo ―porque eso era lo que sentía: un miedo cerval, casi paralizante ― era irracional. Nada existía que lo justificara. Muy por el contrario, todo parecía en orden: ningún sonido extraño, anómalo, desacostumbrado; ninguna imagen rara, ajena, inusual. Nada que alterara la calma absoluta que se había adueñado del lugar. Por algunos momentos, contra su voluntad, su mente se sumergió en sus recuerdos. Eran ya muchos años los que habían pasado y sus viejos fantasmas seguramente ya no lo recordaban. Después de todo, nunca fue importante para ellos. Sólo un pelo de la cola, como se dice vulgarmente, del que no valía la pena preocuparse. Nada más que un mísero grano de uva cuya pérdida no le hace mella alguna al racimo. Una vez más se repitió la pregunta que le taladraba el cerebro cada anochecer: ¿lo habrían olvidado en verdad? Cuán tranquilo viviría si estuviese seguro de ello. Podría relajarse, salir a la calle sin disfraces, vivir una vida normal. Pero no; no podía darse ese lujo. Tenía que seguir viviendo rodeado de precauciones, con miedo, con la permanente incertidumbre que lo invadía cada vez que se acercaba a una esquina o se asomaba a la puerta de su casa. Esbozó una leve sonrisa de complacencia al pensar que, en todo caso, si había alguien acechándolo, no podría tomarlo por sorpresa. Las cuatro cerraduras, las tres formidables aldabas de hierro y la pesada y maciza tranca de madera que aseguraban la puerta, hacían sentirse protegido a cualquiera.
Volvió su atención a la mesa, apenas iluminada por la vacilante luz que provenía de un par de gruesos velones insertos en un sucio candelabro. Los cientos de páginas manuscritas con letra pequeña y atildada que conformaban su última creación literaria, se encontraban repartidos sobre la cubierta formando pequeños montones. Sería, junto al primer tomo que ya había finalizado, su obra señera, la que le otorgaría la fama, la gloria y, con ellas, la vida que anhelaba. Cuando la publicara, una larga existencia de estrechez y austeridad, de limitaciones, necesidades, penurias y sinsabores, de amarguras y pesares, llegaría a su término.
Porque una vez que expusiese a la luz pública todo el material que había logrado reunir, los sorprendentes secretos que había develado, la increíble verdad, el impacto sería enorme. Qué duda cabía.
La idea pareció infundirle nuevos y reforzados bríos. La escritura, como si una urgencia extrema por verter en el papel todos esos preciosos datos que tenía albergados en el cerebro se hubiese posesionado de su cuerpo, le surgió como un torrente que escapa por una compuerta recién abierta. Algunos instantes más tarde, sólo el leve roce de la pluma contra el papel interrumpía el opresivo silencio que envolvía el lugar.
Inmerso como estaba en su tarea no notó cuando, sin hacer el menor ruido y sin que nada las impeliese, una por una las tres aldabas de la puerta de calle se salieron de sus trabas. Tampoco cuando las llaves se movieron por sí solas y, sin el más leve tintineo, abrieron las cuatro cerraduras. Ni siquiera cuando la voluminosa tranca se elevó en el aire como una pompa de jabón y, con infinita suavidad, se apoyó a un costado del marco. Sólo atinó a levantar la cabeza cuando, con un estruendoso golpe, la puerta se abrió de par en par y una bocanada de viento gélido y aullante irrumpió en el cuarto, apagando los velones y desperdigando los papeles por el piso.
La oscuridad de la callejuela penetró en la habitación como si quisiese engullir la vacilante claridad procedente del brasero. Con los ojos desorbitados, Cristóforo contempló el ahora vacío marco. Sintió que el aliento lo abandonaba. Su corazón comenzó a latir de manera desbocada. No pudo evitar que un fuerte temblor sacudiese su cuerpo y que algunas tímidas gotas de sudor frío perlasen su pálida frente. Pugnando contra el terror que comenzaba a atenazarlo, se levantó y se encaminó hacia la puerta para cerrarla. Sólo alcanzó a dar un par de pasos, sin embargo, y se detuvo con el rostro desencajado.
―¡Santo Azir! ―exclamó, sin poder dar crédito a lo que sus ojos le mostraban.
Una brillante esfera plateada del tamaño de un plato pequeño penetró lentamente a la habitación y, flotando a un par de metros del suelo, se detuvo justo en el centro de ésta, bañándola con una luminosidad fantasmal. Cristóforo, aterrado, sólo atinó a restregarse los ojos. Lo que estaba viendo no era posible. Tenía que ser una alucinación, una mala jugarreta producida por el cansancio. Seguro que una vez que volviera a mirar, ya no estaría. Cuando, tras breves instantes, abrió otra vez los ojos, su corazón casi se paralizó.
Inmóviles en medio del cuarto, había cuatro sujetos embozados en sendas capas negras que lo contemplaban con fijeza.
Dando un grito de terror, Cristóforo retrocedió hasta apegarse a la muralla, derribando a su paso la destartalada silla.
―M-m-mi s-s-señor Farel ―gimió, horrorizado, al reconocer al jefe de los individuos.
―Tanto tiempo sin vernos, Bolomiris ―le respondió éste, con una voz gélida y profunda que parecía penetrar por todos los poros―. O Cristóforo, como ahora te haces llamar, si lo prefieres.
―Y-yo... ―Cristóforo, despavorido, comenzó a lloriquear―. P-p-perdón, m-mi s-señor, p-perdón.
―¿Perdón? Qué inadecuada resulta esa palabra en los labios de un traidor. No lo dices en serio, Bolomiris ¿verdad? Porque perdonar una traición es tan difícil como recomponer un espejo quebrado, un terrón desmoronado o una nuez descascarada.
―S-sólo q-quería…
―Sé muy bien lo que querías: revelar el secreto, lanzarlo al viento, publicarlo... repartirlo por todo el continente.
―P-pero, m-mi s-señor… el mundo d-debe saber. Es d-demasiado g-grande el peligro.
―Es curioso cómo cambian las apreciaciones dependiendo del punto de vista que se utilice para hacerlas. Porque resulta que he venido a verte justo para lo contrario, Bolomiris: para impedir que el mundo sepa.
―Y-yo…
―No se puede cruzar impunemente los límites de lo prohibido, amigo mío. Siempre lo has sabido. Elegiste el sendero equivocado, y ahora te llegó el momento de averiguar hacia dónde conduce.
Una invisible fuerza cogió al desventurado cronista y lo levantó como si fuese una brizna de pasto seco, aplastándolo contra la muralla.
―¿Sigues siendo devoto de Azir, Bolomiris? Recién me pareció oírte mencionarlo. Excelente, pues te tengo una muy buena noticia: en pocos instantes más lo conocerás personalmente. Pero antes de franquearte el paso hacia su morada, necesito que me reveles dónde ocultas tus escritos.
El cuerpo de Cristóforo ―o Bolomiris, como lo había llamado Farel― permaneció pegado al muro, a unos treinta centímetros del suelo, mientras su interlocutor parecía sostenerlo con la mirada. Sus ojos abiertos se desorbitaron, las venas de sus sienes se hincharon, y sendos hilillos de sangre comenzaron a brotar de sus narices.
―Hmmm… Conque Negulak ¿eh? Y nada menos que en el monasterio gliptoriano. Buen escondite, debo reconocerlo. Y cuánto esfuerzo malgastado… Qué pena… Se perderá todo, como un copo de nieve en una hoguera. Adiós, amigo mío.
El desventurado cronista se sacudió por algunos breves instantes y algo pareció quebrarse en su interior. Después, la sangre manó abundante de su boca, narices y oídos, y su cuerpo, desmadejado y sin vida, rodó por el piso de tierra como un títere al que le cortan sus ataduras.
―Recojan todo el material ―dispuso Farel― y luego vayan a la biblioteca del monasterio gliptoriano. Allí está el resto del trabajo de este perro. Un monje escribiente llamado Negulak lo tiene bajo su resguardo. Atrápenlo y aguarden mi llegada. Procuren que nadie más los vea, pero si alguien lo hace, ya saben cómo proceder. ¿Entendido?
―Sí, mi señor ―dijeron a coro, con tono respetuoso, los otros tres, un gigante de más de dos metros de estatura y de grueso vozarrón, y dos mujeres de atlética contextura.
En contados segundos el contenido de un par de estantes fue vaciado y todos los libros, pergaminos y papeles, recogidos. Los tres subordinados cargaron entonces los bultos y salieron a toda velocidad de la habitación, fundiéndose con la oscuridad de la callejuela. Sólo el líder permaneció, inmóvil, contemplando el cadáver de Cristóforo.

―No, amigo mío ―murmuró―. Estabas equivocado. El mundo no debe saber. Nunca. Para eso estamos nosotros: para resguardar el secreto por toda la eternidad. Nadie debe enterarse, jamás, de que alguna vez existió ese nefasto período al que llamaron la Edad Oscura.

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