jueves, agosto 25, 2011

Prólogo 3: Negulak

En el monasterio gliptoriano, pese a la avanzada hora, el monje Negulak aún escribía en un pequeño cuarto vecino a la biblioteca. Era muy poco lo que le faltaba para finalizar la tercera copia del primer tomo de las crónicas de su amigo Cristóforo y pensaba quedarse en pie hasta completarlo. Total, más tarde tendría tiempo de sobra para descansar. Los otros dos ejemplares ya terminados reposaban a su lado, sobre una pequeña mesa de roja madera que le servía de apoyo, y donde se amontonaba también el material bibliográfico que había usado el cronista para escribir su original. El cuarto, aquél que había trascrito el aprendiz Bagani y cuya existencia ni siquiera Cristóforo conocía, con seguridad ya habría llegado a su destino y se hallaría a buen recaudo.
No pudo evitar sonreír cuando pensó en él. Sería su premio, el precio adecuado por sus magníficos servicios. Más tarde, cuando Cristóforo publicara su extraordinaria historia, se transformaría en un ejemplar muy valioso, una pieza de colección. Entonces lo vendería en una fortuna a algún coleccionista y podría dedicar sus últimos días a disfrutar de la buena vida.
Justa recompensa para una existencia de sacrificio y privaciones como la suya.
Tendré que volver a cambiarle el título, desde luego, se dijo, y no pudo evitar que sus labios se torcieran en una tenue sonrisa.
Algo lo sacó de sus cavilaciones. Su agudo oído había captado un casi imperceptible sonido, tan sólo un roce, proveniente de la biblioteca. ¿Un roedor tal vez? De vez en cuando aparecían y se armaba todo un alboroto tratando de capturarlos. Pero no. Esto era distinto. Lo que había escuchado eran pasos, estaba seguro. Muy leves, pero pasos al fin y al cabo. Alguien había entrado a la biblioteca.
Negulak apagó las velas, sumiendo la habitación en la oscuridad, y, procurando evitar el más mínimo ruido, abrió una pequeña mirilla disimulada en la pared que daba a la biblioteca, desde donde atisbó. Su corazón estuvo a punto de paralizarse.
―Azir bendito ―susurró―. Ten piedad de mí.
La tenue luz rojiza que provenía de la luna Isidora, y que penetraba por unos ventanales del enorme recinto, permitía ver con claridad en la semipenumbra a tres figuras encapuchadas que se desplazaban como oscuros fantasmas, escudriñando entre los estantes abarrotados de libros y pergaminos.
―Lo saben ―gimió Negulak― y me están buscando.
Debió hacer un esfuerzo sobrehumano para impedir que el miedo se apoderase de su mente y le impidiese razonar con claridad. La puerta que comunicaba el cuarto con la biblioteca estaba muy bien disimulada y el mecanismo que la abría sólo era conocido por él. Tal vez si se quedaba allí oculto, no podrían hallarla y se marcharían.
No ―se dijo abatido―. Qué pensamiento más estúpido. Revisarán cada centímetro y descubrirán la puerta sin dificultad. Y si me encuentran aquí, me matarán. Debo huir de inmediato.
Cerró la mirilla, dejando el cuarto en la más completa negrura. Luego encendió una vela y, con infinito cuidado, cerró el libro original y la copia que había estado escribiendo, amontonándolos en una pila junto con las otras dos copias. Resultaría bastante incómodo, pero podría trasladarlos todos en un solo viaje. Con pena miró el material de consulta, consciente del enorme valor que representaba.
No puedo llevármelo ―caviló―. Azir quiera que no lo descubran.
En puntillas se desplazó hacia una de las paredes del pequeño cuarto, donde movió un oculto mecanismo. Un par de segundos más tarde, con un levísimo chirrido que le puso los pelos de punta, una de las secciones de la muralla se corrió hacia un costado, franqueando el paso hacia un oscuro pasillo embaldosado.
Estuvo a punto de desmayarse. La extrema tensión y la angustia lo tenían al borde del llanto. ¿Lo habrían escuchado? Azir quisiese que no. Aguzó el oído. No se percibía ningún sonido alarmante pero no había tiempo que perder. Debía irse de inmediato. Se volvió hacia la mesa donde se hallaba la pila de libros. Iba a cogerla cuando, al mirar hacia la muralla, su sangre casi se congeló.
¡La mirilla! Azir bendito... estaba abierta.
No alcanzó siquiera a intentar cerrarla. Una sombra, que oscureció aún más el pequeño rectángulo, se lo impidió.
―Aquí está ―susurró una voz femenina cargada de encono.
La desesperación hizo presa de él. Como pudo, con gran dificultad, aferró con los dos brazos la voluminosa pila y se abalanzó hacia la puerta secreta. Iba a transponerla, cuando una fuerte explosión casi lo derriba. Con los cabellos erizados miró hacia atrás y sintió que sus piernas se aflojaban y algo tibio comenzaba a correr por ellas.
La pared que daba hacia la biblioteca había desaparecido, reemplazada por una densa polvareda, y una figura oscura como la muerte penetraba en ese momento en la habitación.
Despavorido, sollozante, echó a correr por el pasillo. Uno de los libros se deslizó por entre sus manos sudorosas y aterrizó con un sordo golpe en el piso embaldosado. Vaciló, pero siguió corriendo. Su vida era más preciosa que un texto, por extraordinario que éste fuese.
―No escaparás ―dijo la mujer, con un tono que semejaba un latigazo, y el aire pareció tornarse denso, a la vez que algo semejante a las ondas que produce una piedra al caer a un estanque surgía desde las puntas de sus dedos y se dirigía, con increíble velocidad, hacia la espalda de Negulak.
El golpe fue terrible. Los libros volaron en todas direcciones y el cuerpo del desventurado monje, con su columna vertebral destrozada, se elevó en el aire para ir a estrellarse con extrema violencia contra un pilar de roca, a cuyos pies quedó tendido como un pelele, lleno de sangre, desmadejado e inmóvil.
―Está muerto ―confirmó la otra mujer, que llegó corriendo a su lado y lo auscultó a la luz de una tea―. Lo golpeaste demasiado fuerte.
―A nuestro señor Farel no le agradará esto, Sofía ―advirtió el gigante de la voz de ultratumba, que surgió en ese momento desde el pequeño cuarto portando otra tea―. Nos ordenó atraparlo vivo.
―Pero… aquí está lo que buscamos ―se defendió con voz insegura la interpelada, mientras recogía los libros.
―Esperemos que esto sea todo ―intervino la otra mujer―. No quiero ni pensar en lo que nos ocurrirá si algo falta.
En ese momento, Farel emergió desde el cuarto en ruinas. Las dos mujeres y el gigante permanecieron cabizbajos, inmóviles y silenciosos mientras se acercaba. Parecía flotar en el aire. Se había bajado la capucha y la luz vacilante de las teas permitía contemplar su cabello largo, liso y de color pajizo, su rostro enjuto y sin arrugas, y unos ojos grises que parecían congelar todo aquello donde se posaban.
―Deberían haber cuatro ejemplares titulados “La historia jamás contada del imperio gnol y de la Edad Oscura, tomo I” ―dijo, luego de recorrer la escena con mirada penetrante― tres completos y uno inconcluso. Verifiquen.
―Los tenemos todos, mi señor ―respondió el gigante, tras examinar uno por uno los gruesos libros―. Cuatro ejemplares.
―Bien. Amanda y Damián, revisen el cuarto del monje y retiren de él todo lo que pueda guardar alguna relación, por pequeña que sea, con estos libros. Después, sígannos. Sofía y yo iremos adelante. Y por cierto, Sofía, cuando lleguemos al castillo me explicarás con todo detalle qué parte de las instrucciones que les di no entendiste.
―M-mi señor ―dijo casi llorando la mujer―. Discúlpeme. Cometí un grave error y sé que debo enfrentar las consecuencias de mi necio accionar.
―Sí, mi querida. Tienes razón. Vas a tener que enfrentarlas.
Y, sin volver la mirada, Farel se perdió en la oscuridad del pasillo, seguido con paso vacilante por la alicaída mujer. A sus espaldas, el cadáver de Negulak se elevó en el aire como si fuese un globo repleto de helio y los siguió flotando.

En algún lugar lejano, muy lejano, nuevamente aulló un perro.

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