sábado, julio 27, 2013

Capítulo 2: La Saga de Ardú

Fue a comienzos de primavera cuando, como si el invierno hubiese guardado su mejor artillería para celebrar su despedida, una brutal tempestad se desencadenó sobre Moine, la legendaria capital del reino humano de Ombur.
Desde muy temprano, una espesa y lóbrega masa nubosa procedente del norte se abatió, cual bandada de hambrientas aves de rapiña, sobre la amurallada ciudad, y un furioso ventarrón se internó, como manada de búfalos desbocados, por entre las esbeltas cúpulas y por sobre los desvalidos tejados. Poco antes del mediodía, ya el cielo se había teñido de negro como si alguien lo hubiese bañado con tinta china, goterones del tamaño de guijarros castigaban las adoquinadas calles y el ventarrón, que aullaba como una manada de huargos sometidos a estricto y prolongado ayuno, levantaba techos y arrastraba cercas y plantíos como si fuesen de papel picado. A media tarde estaba tan oscuro como el interior de una mazmorra y la vorágine se había desatado en todo su furibundo, vociferante y destructivo esplendor.
En la sala de estar de la mansión de los Eleccis, mientras tanto, un alegre fuego crepitaba en la gran chimenea de piedra, y su rojizo resplandor, junto a la trémula y tenue luminosidad que surgía de unos pocos candelabros estratégicamente situados, mantenía la estancia en una cálida semipenumbra.
Pese a su amplitud, la habitación era acogedora: mullidos sillones se repartían por su contorno invitando al descanso; numerosos cuadros y tapices, que representaban escenas mitológicas y hermosos paisajes naturales, decoraban sus murallas de piedra estucada; gruesos cortinajes, primorosamente bordados, enmarcaban el amplio ventanal que flanqueaba la sólida puerta de gruesa madera oscura que daba al jardín; incluso la gran mesa que, con sus correspondientes sillas, ocupaba el centro del recinto, y sobre la cual descansaba un par de cestos de mimbre colmados con frutas de la estación, gracias a su delicado diseño no desentonaba.
Podría pensarse que un ambiente tan grato propiciaría la calma y el relajo. Que, motivada por la tibieza, la tranquilidad imperaría sin contrapeso en el interior de la estancia. La realidad, sin embargo, como suele ocurrir a más a menudo de lo que se piensa, se hallaba a un abismo de distancia.
Porque sólo a uno de los cinco ocupantes de la sala ―una hermosa semielfa veinteañera― parecían no preocuparle los furibundos embates de la naturaleza: muy concentrada, la joven moldeaba delicadas figuras de arcilla sobre una pequeña mesa adosada a una de las murallas. Los otros cuatro, en cambio, parecían conejos a punto de ser atrapados por un zorro.

Procurando pasar desapercibido, Florian, un larguirucho adolescente de largos cabellos castaños y ojos color verde oscuro, se asomó a la puerta de la sala de estar. Una sucesión ininterrumpida de horrísonos truenos, que parecieron remecer la mansión desde sus mismos cimientos, había dado al traste con su decisión de permanecer solo en su habitación dedicado a uno de sus pasatiempos favoritos: organizar su colección de insectos, convenciéndolo de que, al menos en esa oportunidad, la soledad no sería una grata compañía.
Mientras intentaba serenarse, permitió que su mirada recorriera la habitación. Sus dos hermanas menores, Perla y Celeste, permanecían acurrucadas sobre una gruesa manta de lana que se hallaba extendida frente a la chimenea y parecían aterrorizadas. Cada vez que retumbaba un trueno, se abrazaban gimiendo como cachorros desamparados, mientras elevaban a Azir, con un tono suplicante que llegaba a partir el alma, todas las oraciones que conocían y algunas que improvisaban en el momento. A un par de metros de ellas, sentado a horcajadas sobre un piso de madera, con los ojos bien cerrados e intentando vanamente dejar de oír la espantosa sonajera con el expediente de taparse los oídos con las palmas de las manos, se encontraba Filemón, el hijo de doce años de Digna, la cocinera. Por último, a un costado de la sala estaba Calisto, la bella semielfa que se desempeñaba como aya de las chicas.
Florian contempló con algo de envidia a la muchacha. Pese al impresionante barullo reinante, permanecía concentrada en sus figuras de cerámica como si el resto del mundo no existiera. Aunque le costaba entender que alguien pudiese permanecer impasible en semejantes condiciones, le habría encantado sentirse así de tranquilo. O al menos aparentarlo.
Porque él, pese a su voluntad y sus denodados esfuerzos, no había podido lograr ni lo uno ni lo otro. Por el contrario, estaba tan asustado como un venado en una cacería, y lo peor del caso era que, muy a su pesar, se le notaba.
Le indignaba sentirse así, imposibilitado de controlarse e incapaz de disimular. Le molestaba de sobremanera porque lo hacía parecer vulnerable delante de sus hermanas, proporcionándoles gratuitamente herramientas para zaherirlo. Las contempló de reojo. Parecían ajenas a él por completo, pero eso no lo engañaba. Sabía muy bien que ninguna de sus acciones les pasaría desapercibida; que cuando todo volviese a la normalidad, le refregarían sin asco en la cara ―disponían de un inagotable surtido de frases hirientes, sarcásticas e irónicas para ello― su falta de valor y su poca entereza. Así de malvadas podían llegar a ser. No importaba que ellas hubiesen sentido más miedo que él, que hubiesen gemido mientras él guardaba estoico silencio, que hubiesen llorado mientras él procuraba permanecer impasible. Se suponía que la valentía y la presencia de ánimo eran más patrimonio suyo, del hombre de la casa, que de niñas débiles y asustadizas como ellas. De eso, al menos, se jactaba él.
Porque eso era lo que más lo descomponía: el verdadero bofetón a su amor propio que significaba sentirse embargado por el miedo; advertir que una vulgar tormenta primaveral lo afectaba tanto, que lo transformaba en una verdadera piltrafa. Cierto era que se trataba de una tempestad muy fuerte ―en sus cortos catorce años, Florian no recordaba haber vivido una semejante, tan ruidosa y violenta―, pero no lo era menos que se trataba de un simple fenómeno natural, uno más de los tantos que ya habían desfilado por su vida, y de los muchos que, seguramente, vería pasar en el futuro. ¿Cómo era posible que lo asustara de esa manera? ¿Qué demonios le ocurría? ¿Ése era en verdad él? ¿Un simple chiquillo cobarde?
Plantearse tales cuestiones le era muy doloroso, porque uno de sus pasatiempos preferidos durante los atardeceres era recostarse en una hamaca y soñar despierto. Y ocurría que en tales sueños él siempre era el valeroso adalid que conducía a sus ejércitos a la victoria, sin importar el enemigo que se le pusiese por delante. Y ahora resultaba que una mera ventisca bastaba para hacer que todo su valor se esfumase, para hacerlo desaparecer como una hoja seca en una hoguera. ¿Cómo tan gallina? El asunto era en verdad muy serio, porque si les tenía tanto miedo a los truenos y a los relámpagos, ¿cómo reaccionaría cuando tuviese que enfrentarse con algo verdaderamente aterrador? ¿Con algo de verdad peligroso? Ni siquiera se atrevía a pensarlo.
Agobiado por tan negros pensamientos, se desplazó en puntillas hacia la manta de lana sobre la que permanecían sus hermanas, y se acomodó en ella procurando no molestarlas y preguntándose a qué hora terminaría esa tortura.
Como si la borrasca quisiese contestarle, el viento arreció, remeciendo el ventanal como si un gigante desquiciado lo estuviese sacudiendo; los impactos de las gotas de lluvia contra los cristales se volvieron tan violentos, que parecía como si una bandada de aves furiosas estuviese intentando quebrarlos a picotazos; y una seguidilla de truenos, cual enloquecidos tambores celestiales, pareció descargarse directamente sobre la mansión. Florian se encogió aterrorizado y sus dos hermanas y Filemón gritaron de miedo.
De improviso, en el mismo momento en que estallaba un trueno aún más potente que los anteriores, la puerta del jardín se abrió con estrépito y un hombre corpulento, algo obeso y de gran estatura, que se cubría con un grueso capote de lona impermeabilizada del cual chorreaba el agua como si la estuviesen derramando con baldes, entró a la sala. Se detuvo en el umbral mientras se despojaba del capote y lo colgaba de un tosco perchero, dejando un contundente charco de agua al pie de éste, y contempló divertido por algunos instantes a los asustados muchachos.
―Buenas noches, queridos míos ―saludó sonriente, con una voz potente, ronca y un poco rasgada― ¡Vaya nochecita que nos espera! ¿Eh? Ni una orquesta de enanos mete tanto barullo ―. Se detuvo con rostro de extrañeza y los miró con detención―. Pero… ¿qué les ocurre? Están temblando como si tuvieran tercianas. No les tendrán miedo a esos truenos de pacotilla ¿eh?
―No, abuelo ―se apresuró a contestar con aplomo Florian, aunque su tenso rostro lo desmentía―. Es que hace demasiado frío.
―¡Mentiroso! ―gritaron ambas niñas al unísono. La menor, Celeste, una delgada rubia de once años y de ojos como aguamarinas, contempló a su hermano con una mueca burlona bailando en su pecoso rostro.
―¡Eres un farsante! ―le espetó―. Estás temblando de miedo igual que nosotras. ¿Crees acaso que no nos dimos cuenta?
―¡Temblaba de frío! ―respondió él, muy alterado y con el rostro enrojecido, mientras la chica, ceñuda, le hacía un soberano desprecio.
―Y si no tienes miedo ¿por qué no te quedaste en tu habitación? ¿Ah? ―le espetó Perla, una esbelta chica de trece años, de largos y ondulados cabellos oscuros, tez muy blanca y enormes ojos de color esmeralda.
―Sí, llegaste corriendo como un ratoncillo asustado ―complementó Celeste.
―Vamos, vamos, mis queridos ―interrumpió el abuelo, con voz calmada, al ver que Florian, rojo de rabia, comenzaba a levantarse―. No irán a pelearse por una tontería como ésta ¿verdad? Si no es pecado tener miedo con una tormenta tan espantosa. Y además hace un frío de los mil demonios ―agregó presuroso, al percatarse de la furibunda mirada que le dirigió Florian.
―Mi niño Flo no siente miedo ―intervino, mientras entraba a la sala proveniente desde la cocina, Digna, una humana treintona, de rostro agradable y algo entrada en carnes―. Él es muy valiente y estas cosas naturales no lo atemorizan. ¿Verdad, mi niño?
―¡Baaah! ―exclamó con sorna Perla, anticipándose a la respuesta de Florian―. Lo que pasa es que Flo es tu regalón, y por eso lo defiendes.
―Todos ustedes son mis regalones, Per. No sólo Flo. No seas injusta conmigo.
―Vamos, vamos ―repitió el abuelo quien, tras ensuciar a su paso con sus botas llenas de barro el piso recién trapeado, había arrellanado su robusta humanidad en un desvencijado y seboso sillón que pedía a gritos una urgente refacción, al advertir el feo cariz que tomaba el asunto―. No nos disgustaremos por una simple tormenta ¿verdad? No vale la pena. ¿Qué les parece si, en lugar de discutir por algo que no podemos remediar, utilizamos el tiempo en actividades más placenteras? Les propongo algo: si somos capaces de mantener un ambiente agradable durante la cena, cuando la hayamos finalizado les contaré una entretenida historia.
Los quedó mirando expectante. Su cabello, barba y bigote, algo húmedos pese al capote, eran blancos y abundantes, y sus ojos tenían un indefinible pero cálido tono verdoso.
―¿Una historia? ―preguntó Celeste, olvidándose de inmediato de la discusión y aplaudiendo entusiasmada―. ¿Y de qué se trata? Dinos, abuelo. Vamos. Por favor.
―Ya lo verás, mi pequeña… Ya lo verás… En cuanto termine la cena. Tengan paciencia. Les aseguro, en todo caso, que será de su completo agrado.
La discusión y la tormenta pasaron de inmediato al olvido. Florian sonrió complacido. Un soñador empedernido como él necesitaba historias, y su abuelo Prudencio era un manantial inagotable de ellas. Durante el invierno, cuando las noches eran más largas y el frío calaba hasta los huesos fuera de las calefaccionadas habitaciones de la mansión, el bonachón viejo acostumbraba, una vez terminada la cena, a narrarles alguno de los tantos sabrosos relatos que archivaba en su inquieto cerebro. Su prodigiosa memoria le permitía recordar, y muy bien, todos los que había escuchado alguna vez a lo largo de su vida, y su fructífera imaginación le ayudaba a inventarlos cuando, en muy escasas ocasiones, la memoria le fallaba.
Todo eso cambiaba cuando llegaba la primavera. Entonces, cuando los días se resistían a dormirse, volvían los juegos en los jardines hasta horas tardías, retornaban los paseos al atardecer junto al resto de la familia por la ribera del lago Zafiro, regresaban las visitas al castillo de verano, allá más al norte en el mismo límite del Bosque Viejo, y se reanudaban los paseos a caballo por entre los largos pastos de la llanura. Era el fin de las largas horas de encierro, pero también el de las deliciosas sopas que cocinaba Digna y el de los relatos del abuelo. Así como las ropas abrigadas se almacenaban en los roperos, las historias se archivaban en el cerebro del buen viejo, a la espera de que el frío inclemente, las lluvias torrenciales y la negrura otra vez se adueñasen de los atardeceres y condenasen a los niños Eleccis a una temprana reclusión.
Sin embargo, había oportunidades como aquélla, visitas relámpago del invierno, donde el abuelo, con cualquier pretexto, se internaba en los recovecos de su mente y, disfrutando a plenitud, derramaba sus narraciones.
Más relajado, Florian se levantó y se acomodó en la mesa, dispuesto a dar cuenta de la sabrosa cena que, como todos los días, se había esmerado en preparar Digna. Ya el aroma proveniente de la cocina, mezcla de pan recién horneado con pescado a las brasas cocinado con mantequilla, vino y especias, se había esparcido por toda la sala y estaba sometiendo las glándulas salivales de todos los presentes a una indescriptible tortura. El muchacho procuró, eso sí, al igual que sus hermanas, sentarse lo más distante posible de Filemón. No fuera a ser que un accidente, de los que normalmente sucedían en las vecindades del muchacho, lo involucrara a él como coprotagonista. O, más bien dicho, como inocente víctima.
Digna hizo tañer una pequeña campana y rápidamente, como si hubiesen estado agazapados esperando, aparecieron los restantes comensales: la madre de Florian, la condesa Ilena (el padre, el conde Dumbar, se hallaba en viaje de negocios), Afanor, el estirado mayordomo y tutor de los muchachos, Inocencio, el gigantesco mozo negro que hacía las veces de jardinero, herrero, cerrajero y albañil, y Dafna y Corina, las jóvenes sirvientas de Ilena. Como siempre, Venancio y Sinforosa, los criados de la condesa Nomeolvides, la madre de Ilena, llegaron presurosos provenientes de las habitaciones de su ama a recoger sus platos y los de su señora. La empingorotada dama acostumbraba a ingerir sus alimentos en la soledad de su habitación, y había establecido como norma que sus criados lo hiciesen en la antecámara de ésta, la cual había sido habilitada especialmente para tal efecto.
Florian comió con apetito, aunque aún sobresaltado por los truenos, que resonaban con cada vez mayor frecuencia. Como de costumbre, Filemón, un enjuto chico pecoso de lisos cabellos negros y gruesas cejas que enmarcaban sus grandes ojos verdes, se encargó de derramar un vaso lleno de jugo sobre la atildada vestimenta de Afanor, pese a que éste había procurado sentarse a la mayor distancia posible del muchacho. Más tarde, después que todos hubieron, literalmente, devorado las exquisitas y abundantes porciones de lecha asada que sirvió Digna como postre, el abuelo Prudencio se limpió la boca, la barba y el bigote concienzudamente con su gran servilletón y, como broche de oro, lanzó un potente eructo, casi tan sonoro como los truenos que retumbaban afuera, y se golpeó suavemente, satisfecho, su prominente abdomen.
―Cuando escapa el prisionero, injustamente encerrado, se alivia el alma del carcelero ―explicó, alzándose de hombros y dirigiendo a los niños una sonrisa picarona―. Qué cena más deliciosa. ¿No les parece? Hay que felicitar a Digna por ella. ¿Se irán a dormir ahora? ―inquirió, mirando alternativamente a Florian y a sus hermanas.
―¡Vamos, abuelo! No te burles ―le espetó Perla, ceñuda.
―Cumple lo que prometiste ―le exigió Celeste, brazos en jarra y con tono algo molesto.
―Está bien… está bien. Sólo quería constatar si contaba con su atención. Como veo que la respuesta es afirmativa, vamos a lo nuestro.
Y, poniendo sus codos sobre la mesa y adoptando una actitud de complicidad ―Florian no pudo evitar reconocer la maestría de su abuelo en el arte de la narración―, el viejo Prudencio comenzó su relato.
―La historia que les contaré esta noche, la escuché hace un par de meses en una de las hosterías de Pek Basila donde alojamos en nuestro último viaje. Aquélla donde los parásitos casi nos sacaron en andas de las camas. ¿Se recuerdan? Un viejo bardo, estoy seguro que era semielfo, me la contó casi de madrugada, a cambio de un buen jarro de vino y un jugoso trozo de lechón asado. Debo advertirles que, según lo que él me dijo, está basada en hechos reales, ocurridos en una época muy lejana ―se quedó en silencio por algunos instantes, recorriendo las miradas expectantes y ansiosas de sus nietos y del resto de los oyentes―. Se llama ―continuó, guiñándole un ojo a Florian― “la saga de Ardú” y comienza así: “Hace muchos, muchos años, tantos que se vuelve difícil contarlos e imposible recordarlos, en una época que, por lo siniestra y dolorosa fue conocida como “la Edad Oscura”, reinó en el Oram un maligno y sanguinario brujo, de poderes tan enormes como malvados eran sus sentimientos”.
Y se lanzó en una apasionante narración de amor y aventura, poblada de brujos, magos, hadas, duendes, espadas encantadas, armaduras, caballos, sangrientas batallas, dragones y unicornios, que duró hasta bien entrada la madrugada. Por supuesto que nadie más se acordó de la feroz tormenta, que siguió azotando en forma despiadada a la aporreada ciudad hasta bastante entrada la mañana del día siguiente. Las desdichas de Ardú ―un joven e intrépido campesino omburano cuya amada, Clarisa, desaparece un día cualquiera de su hogar sin dejar rastro alguno―, sus azarosas aventuras por territorios ignotos, llenos de peligros, de monstruos y de seres fantásticos, sus penas de amor y sus terribles enfrentamientos con los malignos seres que habían raptado a su amada, cautivaron la atención de todos como la arena de la playa absorbe las gotas de lluvia. Incluso la condesa Ilena, atrapada también por la galopante trama, se quedó en la sala hasta su desenlace.
Cuando éste llegó, todos prorrumpieron en ruidosos aplausos. Florian estaba fascinado. Había sido una historia magnífica, tenía que reconocerlo. Tal vez la mejor que les había contado alguna vez el abuelo. Y el desenlace, fantástico, brillante. Pero algo había quedado dando vueltas en la mente del muchacho.
―Abuelo ―cuchicheó, acercándose a Prudencio, mientras Ilena imponía el orden y enviaba, pese a sus airadas protestas, a sus hermanas a su dormitorio― ¿puedo hacerte una pregunta?
―Las que quieras, hijo. Procura, eso sí, que sea rápido, pues no quiero que tu madre tome represalias conmigo porque aún no has ido a acostarte.
―¿Qué más sabes de la Edad Oscura?
―Uuuuf. Qué lástima, hijito ―contestó el viejo, con una sincera expresión de desilusión en la mirada―. No sé nada más que lo que les conté. De hecho, nunca antes había escuchado hablar de ella. La de la hostería fue la primera vez.
―Y el brujo ése… ¿sabes al menos su nombre?
―Tampoco. Incluso se lo pregunté al bardo, pero lo desconocía. Lo lamento, Flo, pero no puedo solucionarte tus dudas.
―No importa, abuelo. Fue una magnífica historia de todas maneras. Te agradezco mucho por ella. Buenas noches.
―No olvides que siempre cabe la posibilidad de que la historia haya sido inventada, y que ni la dichosa Edad ni el mentado rey hayan existido. Yo que tú, me olvidaría de ellos. Que tengas dulces sueños, hijito.
Algo desilusionado, Florian se retiró a su habitación y se recostó en la cama, apenas iluminado por la tenue luz de una vela. El estruendo afuera era apoteósico, pero ya no le causaba temor. Su mente estaba ocupada por completo por las imágenes de la saga de Ardú y por las interrogantes que le habían nacido a partir de ella. ¿Qué época era ésa, la Edad Oscura, tan terrible y tan cruel? ¿Había existido realmente? Y si así había sido, ¿cuántos años atrás? Tenían que haber pasado muchos para que su abuelo, que era un hombre culto y versado, no hubiese escuchado mencionarla siquiera. Y el rey brujo aquél ¿cómo se llamaba? ¿Qué poderes tenía? ¿Cuántos años había gobernado? ¿Cómo había terminado su reinado? Saltó de su cama y fue hacia el estante donde almacenaba sus libros preferidos. La “Historia comentada e ilustrada de Ombur”, de Panabsípiles de Solanceh, ocupaba allí un lugar preponderante. En innumerables oportunidades la había ojeado, pero no recordaba haber leído algo acerca de la época aquella. Podía ser, sin embargo, que la hubiese pasado por alto. Durante un par de horas revisó concienzudamente, ayudado por la temblorosa luz de la vela, los primeros tres tomos de la obra, la llamada “historia antigua”, pero no halló nada. Si había existido una Edad Oscura, o Panabsípiles no había tomado nota de ella o había ocurrido antes del período cubierto por su obra.
Agotado y desilusionado, resolvió acostarse y, pese a que los truenos seguían resonando casi sin intervalo, se quedó dormido casi de inmediato.
Soñó durante el resto de la noche con un mago vestido de negro, cuyo rostro no pudo ver, que los perseguía a él y a sus hermanas lanzándoles bolas de fuego que explotaban con enorme violencia. Cuando despertó, pálido y sudoroso, era ya entrada la mañana, y afuera la tormenta rugía aún con toda su fuerza.

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