sábado, julio 27, 2013

Capítulo 4: La hija del rey

Su Majestad Delma Escogida, reina de Ombur, se asomó al dormitorio de su hija Valeria. Era ya avanzada la mañana pero afuera estaba tan oscuro como el interior de una caverna, y la tormenta aún rugía furiosa. La muchacha se hallaba de pie frente a la ventana, y se dio vuelta cuando la sintió entrar.
 ―Imagino que no estarás pensando en salir ―dijo la soberana―. Ni siquiera los orcos andarían afuera con esta lluvia.
―No le temo a la lluvia, mamá. Además me rodearé de un escudo mágico, que impedirá que me moje.
―Ya veo que tienes respuesta para todo. Pero ¿qué cosa tan urgente tienes que ir a hacer allá afuera que no pueda esperar hasta mañana?
―Mamá, todos los días visito a mis mascotas, y eso lo sabes bien. No veo por qué una simple lluvia va a alterar mi rutina.
―Siempre olvido que no eres como el resto de los mortales.
―No se trata de eso, mamá. No podemos dejar de lado los deberes sólo porque la naturaleza se muestra un poco más brusca que de costumbre.
 ―Está bien, cariño. Haz lo que quieras. No vine acá a hablar de eso. Tengo información que estoy seguro que te interesará.
―¿De veras? ¿Qué ocurre?
―¿Recuerdas al conde Dumbar de Eleccis?
―¿El chiflado ese que se niega a tener esclavos?
―El mismo. En tres días más llegará a Moine procedente de Pek Basila. Mis informantes dicen que al parecer efectuó por el camino un increíble hallazgo.
―¿De qué tipo? Vamos, mamá, desembucha.
―¿Desembucha? ¡Qué fea palabra! No la uses más conmigo.
―Disculpa, mamá. Se me salió. No fue mi intención ofenderte. Ahora ¿podrías decirme de qué se trata ese hallazgo?
―Se rumorea que capturó un ser legendario.
―¿Que él capturó? Vamos, mamá… ¿estamos hablando del mismo Dumbar que les extiende carta de ciudadanía a todos los esclavos que adquiere? No creo que se esté dedicando a capturar seres vivos, por muy legendarios que ellos sean.
―Tal parece, querida, que habría hecho una excepción en esta oportunidad, porque dicen que en su caravana viene algo nunca visto por estos lugares de Azir.
―Mamá, sé que eres una artista del suspenso, pero por favor no practiques conmigo. ¿Podrías decirme de una buena vez de qué ser legendario estás hablando?
―De un meik, cariñito. Nada menos que de un meik.
Valeria, estupefacta, se quedó mirando a su madre como si no entendiera lo que ésta acababa de decirle. Demoró algunos segundos en reaccionar.
―¿Puedes confirmarlo, mamá? Porque si eso es cierto, debo comenzar de inmediato a estudiar la manera de tomar posesión de él.
Volvió a quedarse en silencio por unos instantes, mientras su madre la contemplaba sonriente.
―Me alegra comprobar que aún puedo sorprenderte ―le dijo ésta haciendo más amplia su sonrisa―. Me preocuparé de inmediato de obtener la confirmación.
―Mamá, mi colección ya es grandiosa. ¿Te imaginas cómo sería si un meik formase parte de ella?
―Sí, cariño. Me imagino, y haré lo que esté de mi parte para que lo consigas.

Valeria era la menor de los hijos del rey Dertrar II el Esforzado con Delma Escogida. Al contrario de sus hermanos mayores, unos verdaderos patanes, era una muchacha refinada y muy inteligente, aunque un tanto introvertida. Cuando su madre, cansada de soportar el comportamiento grosero y soez de su real esposo, y aburrida de sus múltiples infidelidades y de su vida licenciosa y desenfrenada, decidió abandonar las dependencias reales y trasladarse a otro sector del palacio, ella fue la única que la siguió. Sus hermanos, en cambio, fascinados por el tren de vida de su padre, se mantuvieron a su lado y cortaron todo lazo con su progenitora y su hermana menor. De eso, hacía ya doce años.
Durante ese lapso, y por estrictas disposiciones de Delma, había sido Samir, el mago real ―y único mago conocido, por lo demás―, quien se había hecho cargo de su educación. Y Samir no sólo se había ocupado de instruirla. Además, le había traspasado sus conocimientos de magia, transformándola en una formidable hechicera.
A la sazón, Valeria repartía su tiempo entre el estudio y perfeccionamiento de la magia, y su obsesivo afán por hacer crecer su colección.
Porque la chica era una coleccionista compulsiva. Pero no como otros, que recolectaban piedras semipreciosas, hojas de árboles, conchas de caracoles marinos, pétalos de flores, esculturas de cerámica, monedas o insectos. Su interés se había decantado hacia un material mucho más escaso y valioso: ella coleccionaba animales y seres exóticos.

Protegida por un escudo mágico de la verdadera catarata que se estaba descargando desde el cielo, Valeria se desplazó flotando por un sendero de gravilla hacia un muro cubierto de hiedra que protegía su colección. El cuidador, un humano de rubia melena y gran estatura y corpulencia llamado Wotan, le salió al encuentro, cubierto con un grueso capote de lona.
―¿Va a entrar, mi señora? ―inquirió solícito.
―Desde luego. Abre el portón.
Wotan se encaminó a cumplir la orden. Extrajo un manojo de llaves y procedió a abrir uno por uno varios candados, que mantenían muy bien cerrado un colosal portón de gruesa madera guarnecido de planchas de metal que custodiaba el acceso a su tesoro. Luego, con sorprendente facilidad, abrió el portón, y se hizo a un lado para permitir el paso de la princesa. Ella, como siempre flotando, cruzó el umbral.
Una gran cantidad de jaulas de metal, de diferentes tamaños, intercaladas con profundos fosos, apareció ante su vista. Las jaulas estaban agrupadas de a cuatro, y cada grupo separado de los vecinos por estrechos pasillos. Los fosos, esparcidos a considerable distancia uno de otro. Casi todos, jaulas y fosos ―había por ahí uno que otro vacío― albergaban animales salvajes, ya sea solitarios o en parejas. En las jaulas había brontoterios[1], uros, búfalos, bisontes, cebras, jabalíes, caballos salvajes, antílopes y gacelas. En los fosos, un colosal megalodonte[2], un par de uorats[3], un enorme mastodonte[4], y una pareja de rinocerontes. Más hacia el centro del recinto, había tigres dientes de sable, lobos reales, hienas gigantes y, en otro de los fosos, un formidable oso cavernario traído desde las serranías. Finalmente, en la parte más central, sobre un pequeño montículo, había unas jaulas más ornamentadas, la mayor parte desocupadas salvo dos. Una contenía una pareja de silfos[5] y la otra una de orcos.
Cuando la vieron llegar, los orcos arremetieron contra las rejas, mientras le descargaban toda una batería de epítetos en su gutural dialecto. Los silfos, por su parte, la miraron con desprecio y se acurrucaron en un rincón de su jaula, donde se taparon con unas pieles.
Valeria contempló con ánimo crítico el fruto de su afición. Cierto era que, para un neófito, semejante acumulación de animales ―los orcos y silfos, pese a su evidente semejanza con los humanos (que incluía una compleja organización social, un lenguaje estructurado e incluso sentimientos), eran considerados animales en Ombur― era asombrosa. No obstante, para un entendido ―y ella podía considerarse uno de ellos― era muy incompleta. Era más bien un muestrario de las diversas especies que podían hallarse en las Tierras Altas, pero las que provenían de las Tierras Bajas brillaban por su ausencia.
Ésa era la gran falencia de su colección, y ella estaba empeñada en corregirla. De hecho, ya había tomado medidas al respecto, las que debían comenzar a ejecutarse, si todo funcionaba como estaba previsto, en los siguientes minutos.
―Alguien la busca ―anunció Wotan, que se había acercado en silencio―. Dijo llamarse Oriol.
―Hazlo pasar ―repuso. Muy puntual; es una buena señal.
Mientras aguardaba, reflexionó. La noticia que le había dado su madre era excelente, en el supuesto de que fuese verdad. En una de ésas, aunque no lo creía, no era más que un volador de luces. Un meik, el más legendario de los legendarios habitantes de las Tierras Bajas… qué daría por tener uno. Por sí solo valía diez veces su colección completa.
En el estado en que se encuentra ahora, desde luego.
Sin embargo, si quería completar su zoológico, no podía quedarse sentada esperando. Tenía que actuar, hacer uso de las herramientas que estaban disponibles, y Oriol era una de ellas.
Instantes después, Wotan se acercó acompañado por un gigante.
El cuidador del zoológico era grande y corpulento, cierto, pero junto a Oriol parecía una sílfide. El recién llegado superaba con facilidad los dos metros de estatura y era lo que se dice una masa de músculos. Largos cabellos lisos y una tupida barba negra enmarcaban su anguloso rostro, donde destacaban una gruesa cicatriz rojiza que cruzaba casi completa su mejilla derecha, y que estaba cubierta por la barba, y dos fríos y penetrantes ojos de un intenso color celeste, que parecían destellar bajo las tupidas cejas. En su oreja izquierda exhibía un aro de oro de considerable tamaño.
―Para servirle, mi señora ―saludó con un poderoso vozarrón, acompañando el saludo con una profunda inclinación.
―Entiendo que estás organizando otra expedición a las llanuras.
―Entiende usted muy bien.
―Como siempre para capturar animales exóticos ¿verdad?
―Así es, aunque de las mismas especies que diviso en estas jaulas. Dudo que le interesen.
―¿Considerarías la idea de cambiar, por esta vez, el coto de caza?
―Soy todo oídos.
―Necesito completar mi colección, y creo que tú eres el hombre indicado para traerme los especímenes que necesito. Te pagaré muy bien si los consigues.
―Cuente usted con ello. ¿Cuáles son las especies que le interesan?
Valeria le alcanzó una lista.
―Fiuuuuuuuu ―silbó impresionado Oriol cuando la leyó―. Las Tierras Bajas… En verdad tendrá que pagarme muy bien si quiere llenar esas jaulas vacías con piezas como éstas.
―Ve al grano. ¿Cuánto dinero necesitas?




[1] Los brontoterios eran una especie de rinocerontes gigantes que se desplazaban en pequeños grupos por las interminables llanuras de las Tierras Altas. Con una alzada de más de tres metros y enorme corpulencia, tenían en su frente una conformación ósea similar a un yunque, aunque algo curvo, además de un largo y aguzado cuerno sobre el hocico. Eran muy agresivos y peligrosos, pues atacaban con furia, al más leve estímulo, e incluso a veces sin que hubiese ninguno, a las caravanas que recorrían las praderas, provocando nutridas mortandades e ingentes destrozos. Por tal razón eran muy temidos, y los convoyes acostumbraban a enviar pequeñas avanzadas para descubrirlos a la distancia y evitar acercarse a ellos.
[2] Los megalodontes eran colosales paquidermos, de más de siete metros de altura y cubiertos de largos pelos, que habitaban en las praderas cercanas al límite con el Targoth. Se agrupaban en pequeños rebaños que se desplazaban por los pastizales en un permanente peregrinar. Muy hacia el sur, en el país de Salareth, existía una especie que alcanzaba alturas cercanas a los diez metros, y cuya piel no estaba cubierta de pelos.
[3] Los uorats eran enormes bestias cuadrúpedas acorazadas que vivían en pequeños rebaños en medio de las extensas llanuras pekbasilanas y en el Salareth. Lejanos parientes, al parecer, de brontoterios y rinocerontes, casi alcanzaban los tres metros de altura, y poseían tres cuernos, dos en la frente y uno sobre la parte nasal. Una suerte de escudo óseo de increíble dureza, protegía su parte frontal, mientras el resto de su cuerpo estaba cubierto, de manera similar a los rinocerontes, por gruesas placas de duro cuero.
[4] Los mastodontes eran animales de cuerpo velludo parientes de los paquidermos. Medían entre 3 y 4 metros de altura y casi cinco de longitud. De cuerpo velludo, deambulaban en pequeños grupos por las grandes praderas del sur del Targoth y del norte de Ombur.
[5] Los silfos eran homínidos de no más de un metro treinta de estatura, de cuerpos delgados, esbeltos y fibrosos, como varas de membrillo. Quien los viese por primera vez, podría pensar que eran una especie de elfos en miniatura ―tenían, al igual que ellos, los ojos ambarinos, las orejas puntiagudas y las facciones afiladas―, pero su tez aceitunada, sus largos cabellos renegridos, su aguzada cola y sus puntiagudos caninos desmentían tal parentesco. Como también, su terrible fama de agresivos, violentos y sanguinarios.

No hay comentarios.: