sábado, julio 27, 2013

Capítulo 5: El plan de ataque

Florian miró a través del empañado cristal de la ventana y comprobó con pesar que sus posibilidades de salir de la casa eran casi inexistentes (el casi es un eufemismo; la verdad es que no existía posibilidad alguna): parecía que el agua la lanzaban con baldes desde lo alto, se veía escasamente a dos metros, el ventarrón amenazaba con arrancar todos los especímenes vegetales existentes en los alrededores y, como si eso fuera poco, el jardín era un verdadero pantano.
Se vistió con rapidez y bajó a la sala de estar, donde ya desayunaban sus dos hermanas junto con Calisto, Inocencio, Filemón y el siempre compuesto Afanor (por cierto, esta vez el mayordomo había tomado la precaución de sentarse a prudente distancia del muchacho). Se sentía nervioso, presa de una extraña ansiedad, como si una fuerza ajena a él hubiese tomado posesión de su voluntad y lo impeliese a averiguar, con la mayor premura posible, cualquier dato, lo que fuera, por mínimo que pareciera, acerca de la Edad Oscura.
Porque esa época tenía que haber existido, tal vez milenios atrás. Cierto que no figuraba en su libro de historia, pero eso no quería decir nada, porque ninguna época antigua figuraba en él. De hecho, la obra planteaba que antes de la Nueva Era, Ombur estaba deshabitado, y que sus primeros habitantes habrían sido inmigrantes provenientes de Pek Basila. Extraño, por decir lo menos, ya que existían notables diferencias culturales, idiomáticas e incluso raciales entre las poblaciones de ambos países.
Florian se sentó al lado de Inocencio y, mientras daba cumplida cuenta de los deliciosos manjares que Digna le había servido, le hizo algunas consultas. Se le había ocurrido una idea y quería confirmar algunos datos con él. El gigante moreno lo escuchó con atención y luego salió corriendo, para volver en pocos minutos con una pequeña bolsa en sus manos, la que entregó al muchacho.
Cuando finalizaron su desayuno, cosa increíble, sin que se produjese incidente alguno, los tres hermanos y su inseparable Filemón recibieron instrucciones terminantes de parte de Ilena de no salir del palacete por motivo alguno.
―¡Pero mamá! ―intentó alegar Florian, más que nada por hacer patente su incomodidad, ya que sabía de antemano que nada de lo que dijese conmovería a la estricta condesa―. Nos aburriremos como ostras aquí.
―Es posible, te lo concedo, pero igual que las ostras, sobrevivirán, cosa que no veo tan clara si salen a la intemperie. Nadie se ha muerto aún de aburrimiento, pero sí porque alguna muralla derruida le ha caído encima, porque ha sido golpeado por tejas arrancadas por un ventarrón o por la rama desgajada de un árbol. También se ha sabido, por si lo desconoces, de muertes causadas por pulmonías. De manera que no más discusiones. Eres un muchacho imaginativo, así que inventa algún juego para que entretengas a tus hermanas, pero dentro de la casa.
Lo que faltaba. Ahora tenía, además de latearse soberanamente, que entretener a sus hermanas. Las miró ceñudo. Estaban las dos sentadas a la mesa haciéndose las desentendidas pero muy atentas a cada palabra. En todo caso, no tendría que esforzarse en demasía en cumplir las instrucciones de su madre. Ya tenía decidido lo que haría durante el resto de la mañana. Había trazado un plan, y sus hermanas formaban parte de él. Las invitó a seguirlo con un gesto y, tras rozar con sus labios la mejilla de su madre, partió escaleras arriba.
Filemón lo siguió de inmediato, con tan mala fortuna que pasó a llevar, sin darse cuenta, el gran tazón donde Digna, su madre, le había servido su ración matinal de leche caliente, y que aún tenía colmada al menos una cuarta parte de su capacidad. El objeto, como si algún genio perverso lo impulsara, se deslizó un par de metros sobre la mesa, como si estuviese patinando, y fue a derramarse directamente sobre Afanor, quien se hallaba empecinado en acabar con su ración de huevos revueltos con queso y jamón. El grito de indignación y sorpresa del desventurado mayordomo sobresaltó a todo el resto de los comensales, e hizo que Filemón partiera, aterrado, a refugiarse tras las faldas de su madre.
―Calma, calma ―intervino Prudencio, que venía recién entrando a la sala procedente de su dormitorio, mientras Ilena movía la cabeza como diciendo “esto no tiene remedio”―. Fue solo un susto. ¿Verdad, Afanor? Un pequeño percance. Fil, ya te lo hemos repetido tantas veces. Tienes que tener más cuidado, muchacho. Fijarte bien por donde caminas.
―S-s-sí, señor ―contestó el muchacho, muy avergonzado y sin atreverse a mirar hacia Afanor, quien contemplaba su hasta hacía algunos momentos impecable traje sin poder aún dar crédito a sus ojos.
―Pídele disculpas al señor Afanor ―susurró Digna, muy acongojada.
―D-disculpe, s-señor ―musitó el muchacho, con un hilo de voz―. Tendré más cuidado en adelante. Lo prometo.
―No hagas promesas en vano, muchacho ―contestó el mayordomo sin mirarlo―. Eres un caso perdido. En adelante procura sentarte lo más lejos que puedas de mí.
―S-sí, señor.
―Vamos, Fil. Te necesito ―le gritó Florian desde la escalera. El muchacho, después de lanzar una última mirada a su enfurecida víctima, partió corriendo, golpeando al pasar el extremo de la mesa y haciendo que un jarro con jugo comenzara a tambalearse. Todos se quedaron estupefactos mirándolo, sin atinar a nada, mientras Afanor intentaba desesperadamente correr el pesado sillón en el que se había sentado y pararse. No alcanzó a hacerlo, sin embargo, pues el contenido del jarro, que estaba casi lleno, se derramó sobre la mesa y luego cayó como una colorida cascada sobre las ya empapadas calzas del mayordomo. Filemón, espantado, desapareció escaleras arriba, mientras un rugido, mezcla de angustia, desolación, impotencia y furia, surgía de la garganta de Afanor y llenaba la sala. Todos los demás comensales, aún atónitos, guardaron respetuoso silencio.
Minutos más tarde Florian, sus dos hermanas y un pálido y tembloroso Filemón, se reunían en el interior de la habitación del primero.
―¡Qué barbaridad! ―dijo Celeste, mirando ceñuda a Filemón―. ¿Cómo es posible que no puedas pasarte aunque sea un día sin hacer desaguisados?
―No lo hice a propósito ―repuso él, con semblante dolido.
―No lo hice a propósito ―remedó la niña―. ¿Y con semejante excusa se supone que todo queda arreglado?
―Déjalo tranquilo, Cel ―intervino Florian―. Bastante mal lo pasó abajo como para que tú ahora lo reprendas.
Celeste iba a contestar pero Perla la detuvo con un gesto.
―Muy bien, Flo ―preguntó, mirando con fijeza a su hermano mayor―, dinos ahora ¿qué te traes entre manos?

A sus catorce años, Florian ―o Flo, como cariñosamente lo llamaban Digna y sus hermanas (por cierto, cuando las relaciones con estas últimas no estaban cortadas o maltrechas, cosa que ocurría bastante a menudo), o Florito, como se dirigía a él en cualquier lugar, sin importar quien estuviese escuchando, Ilena, su madre, para su indignación y vergüenza― era un chiquillo despierto y ágil, curioso e inquisitivo (intruso y metiche, decía Nomeolvides, su abuela materna) aunque algo introvertido. Tenía una imaginación muy fértil, y no era extraño, más bien era habitual, hallarlo ensimismado, inmerso en los magníficos sueños que su inquieta mente creaba a raudales. Por eso, quienes no lo conocían lo tachaban de distraído y de “volado”; de “andar en las lunas” como también decía su abuela, ácida crítica de su conducta y comportamiento.
Perla, por su parte, era una niña muy inteligente, vivaz, aguda y observadora. De carácter firme, era más alegre y extrovertida que su hermano, aunque tenía cierta tendencia a la mordacidad y a la ironía. Y Celeste, salvo cuando le ponían a Filemón por delante, era la dulzura personificada. Muy femenina, inocente, cariñosa y despreocupada, alegraba con su hermosa sonrisa y su carácter amistoso y juguetón la vida de quienes la rodeaban.
Párrafo aparte merece el mencionado Filemón, único hijo de Digna con algún desconocido novio juvenil. Algo pequeño para su edad, era muy tímido y reservado, tanto que se hacía muy difícil hacerlo hablar, en especial en presencia de extraños. Tenía una característica singular que lo identificaba con nitidez, que era algo así como consustancial a su persona, como su sello de fábrica: su extrema e inigualable torpeza. Porque parecía que las personas, animales o cosas tenían algún pacto entre sí que las obligaba a sufrir perjuicios en las cercanías del muchacho. Sentarse a la mesa a su lado era retar al peligro. Con seguridad pasaría a llevar algún jarro con agua, leche o jugo, una taza de té o incluso un plato de sopa caliente, y la derramaría sobre su desventurado vecino. Qué hablar de salsas, jaleas, compotas, mieles y mermeladas. Era inevitable que los vecinos terminasen con un nutrido muestrario de gruesas y voluminosas manchas en su vestimenta, en su piel o incluso en su cabello (eso, si no acababan con todo el pote de sombrero, como ya había ocurrido en más de una oportunidad). ¿Había que trozar un muslo de pollo? Invariablemente terminaría en el otro extremo de la mesa, inserto en algún sector de la anatomía o del vestuario de algún desdichado comensal. Qué hablar de mandarlo a hacer tareas que requiriesen de cierta motricidad fina o habilidad manual; era asegurar el destrozo del objeto que debía manipularse. ¿Y el transporte? Fuere el objeto que fuere, se garantizaba que llegaría a su destino incompleto, si es que sobrevivía al par de buenos porrazos que, por parte baja, recibiría en el trayecto. ¿Lavar o secar vajilla? Con plena certeza varias piezas quebradas. ¿Pasar el plumero? Ni hablar: algún jarrón o pieza de adorno destrozado. Y así sucesivamente.
Pero no se trataba sólo de un asunto de torpeza. Había algo además, una suerte de maleficio muy poderoso y competente que atraía infortunio, desgracia y fatalidad a la enjuta humanidad del muchacho donde fuere que se hallare. Porque Filemón también tenía severos inconvenientes en sus relaciones con el universo que lo rodeaba. En efecto, podía estar el camino despejado y existir sólo un obstáculo alejado; pues el bueno de Filemón tropezaba con él. Una sola pila de excremento dejada por algún animal en cientos de metros a la redonda; Filemón la pisaba. La única zanja visible en un campo de numerosas hectáreas; Filemón metía el pie en ella. Un único hoyo en kilómetros a la redonda; Filemón se caía en él. Y así en cada actividad que emprendía. Digna sufría mucho por tal situación, pero para el resto de los habitantes de la mansión ya era algo del inventario, que formaba parte de los hábitos y costumbres de la casa, rutinario, y no se hacían problema por ello. Incluso Florian, que sentía aprecio por el muchacho, había insistido en que fuese su asistente personal, aunque ello significase que todas sus pertenencias quedasen en riesgo de ser destruidas o, al menos, inutilizadas. Con lo único que le tenía estrictamente prohibido meterse, era con su colección de insectos disecados y con sus libros.
Florian mantenía una buena relación con sus hermanas, no exenta, desde luego, de las típicas peleas y discusiones tan comunes entre hermanos, pero marcada por sorprendentes visos de camaradería, compañerismo y complicidad. Ellas eran, junto con Filemón, quienes lo acompañaban en sus recorridos por la ciudad y sus alrededores a la búsqueda de aventuras. También las que compartían sus conversaciones y sus elucubraciones acerca de mundos fantásticos, héroes invencibles y bestias fabulosas.
Este hecho no era circunstancial. Tampoco producto de alguna enseñanza especial que les hubiesen brindado sus padres o de algún instintivo y profundo sentimiento filial que llevasen anidado en sus corazones desde su nacimiento. Más bien provenía, como tantas cosas en la vida, de la necesidad. Podría decirse que estaban obligados a andar unidos, a jugar juntos, a relacionarse sólo entre ellos, pues no les quedaba otro remedio. Ninguno tenía amigos en el vecindario, ni tampoco en el resto de la ciudad. Y no era porque no hubiese más niños en las casas vecinas. Los había, numerosos y de edades similares a Florian y sus hermanas, pero todos ellos tenían prohibición expresa de sus padres de juntarse, incluso de hablar o de establecer cualquier tipo de intimidad, con los hermanos Eleccis. De hecho, la familia completa había sido aislada por sus vecinos, y por casi toda la alta sociedad de Moine, a causa de un gravísimo pecado que cometían en forma descarada y permanente a vista y paciencia de todo el mundo: no poseían esclavos. Peor que eso: se negaban rotundamente a tenerlos. Y, más peor aún, constantemente adquirían algunos para otorgarles la libertad.

Florian contempló a sus hermanas con una expresión de complicidad. La tarea que se preparaba a emprender iba a requerir de mucho esfuerzo y creatividad, y no iba a poder enfrentarla solo. Tenía claro que las muchachas no aportarían mucho y Filemón menos todavía, pero era mejor que nada. Además, hacerlo con ellas tenía ese prohibido sabor a confabulación, a complot, a conspiración, que tanto le agradaba. En pocas palabras, las puso al corriente de sus intenciones.
―¿Entrar a la biblioteca? ¿Estás loco? Los truenos te afectaron la cabeza, hermano ―le espetó con un susurro Perla. Florian sonrió para sus adentros: el asunto se presentaba mejor de lo esperado, ya que si su hermana se hubiese opuesto terminantemente a su plan, lo habría mandado a toda voz a freír monos a Salareth[1].
―Necesito averiguar algo más acerca de esa época que mencionó el abuelo, la Edad Oscura, y sólo tengo tres opciones para hacerlo. Dos de ellas, la biblioteca del palacio real y la del monasterio fragiliano, hoy son impracticables debido a la tormenta, así que sólo queda nuestra biblioteca.
―Y tú juras que la abuela se compadecerá de ti y te esperará con la puerta abierta.
―Ése es el punto. Debemos burlar la vigilancia de la abuela.
―Y la de Venancio y Sinforosa.
―Y de ese loro infame ―acotó Celeste.
―Sí. En especial la de él. Y la del perro, por si pretendes entrar durante la noche. Sabes muy bien que lo dejan custodiando el pasillo cuando se acuestan. Pero supongo que ya has considerado todos esos problemas y sabes cómo superarlos.
Florian guardó silencio. La abuela Nomeolvides era una verdadera fiera, una guardiana implacable que haría cualquier cosa por evitar que alguno de ellos, de los bastardos como los llamaba, pusiese siquiera la punta de un pie en su preciada biblioteca. Y sus criados eran, como decía el abuelo Prudencio, cortados por la misma tijera. Incluso, si cabía, más feroces que su señora. Y el loro… un cuento aparte: un ave malvada, poseída por algún espíritu maligno, que disfrutaba al delatar cualquier asomo de cercanía de alguno de los hermanos al mayor tesoro de su ama. Ya eran incontables las veces en que los intentos de Florian por allegarse a la biblioteca habían sido frustrados por los agudos chillidos del infame pájaro.
―Debemos entrar a la biblioteca cuando la abuela, Venancio y Sinforosa estén durmiendo ―susurró Florian―. Así no podrán estorbarnos.
―Qué brillante idea ―masculló Perla―. ¿No te dolió la cabeza después de haberla craneado? Sabes que cuando la abuela duerme la siesta, Venancio y Sinforosa vigilan. ¿Piensas hacerlos dormir también a ellos? ¿Cómo? ¿Les cantarás una canción de cuna?

Aunque no era una de las más grandes ni de las más lujosas de Moine, la mansión de los Eleccis poseía un tamaño respetable. Construida de mármol y roca, estaba situada en la cima de una colina, en las cercanías del palacio real. Tenía tres pisos, el último de los cuales estaba coronado por una torrecilla que se empinaba unos seis metros por sobre el tejado, esto es, unos quince sobre el empastado suelo del hermoso jardín. La gran biblioteca ocupaba los dos primeros pisos del ala norte del edificio, y desde ella se disfrutaba, en días normales por cierto, cuando no había una cortina de lluvia que la impidiera, de una espléndida vista hacia el lago Zafiro, la bahía y el puerto.
En alguna época pretérita, allá por el reinado de Pancracio I el Sabio, toda casa señorial que se apreciase debía disponer de una buena biblioteca, so pena de perder parte importante de su prestigio e incluso la estima del monarca. Fue la época de oro de los escribientes y los autores, y una multitud sin precedentes de libros, de todos los temas que uno pudiese imaginarse, fue manuscrita y copiada profusamente. Grandes bibliotecas surgieron en ese período, pero paulatinamente, en la medida que la moda de ser culto pasó al olvido, se fueron deteriorando y destruyendo. Se conservaron muy pocas. La del palacio real, porque había un funcionario palaciego específicamente encargado de ella. También las de algunos monasterios y la del templo magno aziriano, la mayor construcción dedicada a la adoración de Azir, gracias al celo de los monjes por mantener en buen estado sus pertenencias. Las colecciones particulares, sin embargo, en su mayor parte no sobrevivieron a la acción del polvo, las polillas, los gorgojos, los hongos y la humedad, y en la época de Dertrar II el Esforzado, que no era precisamente un monarca culto, casi todas eran parte del recuerdo.
No así la de los Eleccis. Los antepasados de la condesa Ilena, notables negociantes casi todos y grandes viajeros en su mayoría, cultivaban con particular dedicación algunas pasiones comunes: todos eran grandes coleccionistas, buenos conversadores y excelentes lectores. Así, en las conversaciones se enteraban de las novedades literarias que existían en los lugares donde recalaban en sus viajes de negocios, las adquirían de inmediato, las leían y luego las incorporaban con entusiasmo a su colección, haciendo que ésta, como una jugosa gallina campesina, engordase día a día.
Para cualquier amante de la cultura, la biblioteca de los Eleccis era un paraíso. Porque no sólo había libros en ella, por miles, ordenados con esmero y debidamente clasificados en numerosos estantes de sólida madera, sino también una completa colección de armas ―espadas, escudos, dagas, lanzas y alabardas, cubriendo casi por completo las altas murallas―, una de hojas y flores disecadas, una de hongos, dispuestos en frascos llenos de un amarillento líquido preservante, un precioso surtido de vasos de metal y de cerámica, un completísimo muestrario de piedras preciosas y semipreciosas y, en una serie de estantes especialmente diseñados de los que emanaba un fuerte olor a alcanfor, un espectacular insectario, conformado por miles de ejemplares de insectos y arácnidos procedentes de Ombur y de los países vecinos.
Era un paraíso, sí, pero, lamentablemente, un paraíso prohibido.
Porque desde hacía ya varios años, nadie que no fuera la abuela Nomeolvides, sus dos sirvientes, su loro regalón o algún eventual invitado, podía entrar a ella. Absolutamente nadie. Y no se veía razón alguna para que dicha situación fuese a cambiar en un futuro cercano. Ninguna que favoreciese a Florian y a sus hermanas, al menos.

En Ombur había cuatro clases sociales muy bien definidas y segregadas: los nobles, quienes disponían de un título otorgado por el rey que los hacía dueños de grandes extensiones de tierras y les permitía disponer de esclavos; los ciudadanos, detentores de una carta de ciudadanía que los acreditaba como hombres libres y les permitía adquirir propiedades y bienes; los vasallos, hombres libres cuya única opción de vida era laborar para algún ciudadano, dedicarse al pillaje, a algún oficio menor o integrarse al ejército;  y los esclavos, que pertenecían de por vida a sus amos.
Había un abismo insalvable entre las clases. Era muy mal visto, casi intolerable, establecer relaciones que trascendiesen a lo meramente comercial o laboral con los inferiores. Así, jamás un noble que se preciase de tal podría darse el lujo de tener un amigo ciudadano. Y tampoco un ciudadano, un amigo vasallo. O un vasallo, un amigo esclavo. Todos defendían su parcela a como diese lugar. Antes la muerte que la deshonra. Qué hablar, por cierto, de relaciones más profundas, como el amor.
Por eso el que Ilena, su hija mayor, se enamorara perdidamente de un ciudadano, fue un golpe terrible para la condesa Nomeolvides. Con ancestros del más alto linaje, la viuda del conde de Eleccis aspiraba a emparentarse con alguna otra familia de similar prosapia, lo que le permitiría mantener el título nobiliario en buenas manos. Esto porque en Ombur, los títulos nobiliarios se trasmitían sólo entre los varones de la familia. Si no había hijos varones, era el esposo de la mayor de las hijas quien los recibía. En cualquier circunstancia. Incluso, si el individuo en cuestión era de origen ciudadano.
Para su desgracia, Nomeolvides no se enteró del romance de su hija con el apuesto Dumbar hasta que fue demasiado tarde. Antes de que hubiese podido asimilar la brutal noticia, ya habían contraído matrimonio y la peor de sus pesadillas se había tornado realidad: su familia había quedado deshonrada, sus amigos habían escapado de ella como si fuese una leprosa, y el título de Conde de Eleccis, con todos los bienes, esclavos y propiedades que conllevaba, había pasado a manos del bribón advenedizo.
Nomeolvides no volvió a dirigirle la palabra a su hija mayor. Nunca podría perdonarle una vejación semejante. De nada sirvió que Dumbar, a instancias de su esposa, dividiese los bienes de la familia en tres partes de similar tamaño y entregase dos de ellas a sus cuñadas Leticia y Silvana, las hermanas menores de Ilena. Ello sólo avivó el enojo de la mujer. Las herencias, era algo sabido, no podían disgregarse.
El golpe de gracia, la gota que terminó de rebalsar el vaso, vino muy poco después. Dumbar, declarando que mientras él estuviese a la cabeza de la familia no toleraría la bárbara práctica esclavista, liberó a todos los esclavos, les dio carta de ciudadanía, y luego contrató a su servicio a aquéllos que quisieron quedarse. La medida, que le acarreó la abierta animadversión del resto de la nobleza, le granjeó la fidelidad y el respeto de sus nuevos empleados junto con el odio definitivo e irremisible de su suegra.
La posterior llegada de los tres hijos de Dumbar e Ilena no cambió para nada el escenario. Más bien podría decirse que lo empeoró, pues ya Dumbar contaba con un heredero y cualquier esperanza que Nomeolvides abrigara de que las cosas volvieran a ser como antes, comenzaba a evaporarse. Sometió a sus nietos a la ley del hielo y dejó de manifiesto en cada ocasión que pudo el profundo rechazo que le producían, en especial el mayor, el único varón, Florian.
Nomeolvides podría haberse marchado de la mansión Eleccis. Leticia, la segunda de sus hijas, que había contraído matrimonio con un barón, le rogó que se fuera con ella en numerosas ocasiones. Se negó a hacerlo, sin embargo. Aunque la estricta normativa omburana no la acompañaba, decidió quedarse en el que había sido su hogar para resguardar algunas de sus antiguas pertenencias: sus joyas, ciertos muebles de singular valor (la mayoría, obra de targos) y, en forma especial, la biblioteca. Se transformó en una guardiana implacable del recinto, que albergaba según se decía, verdaderos tesoros literarios. Y, por cierto, uno de sus principales resguardos era que nadie, absolutamente nadie, podía tener acceso a él sin su permiso.

―Creo que hay una forma de entrar sin que se den cuenta ―dijo Florian ante la mirada escéptica de sus hermanas.
―Volando ―señaló con tono burlón Perla―, como el loro, y siempre y cuando estén las ventanas abiertas y los barrotes de las rejas hayan sido cortados. Cierto que para eso debemos primero aprender a volar.
―O hacer como los gusanitos ―intervino Celeste― y cavar un túnel para entrar por abajo.
―Tienes razón. Así no se enteraría el loro. Sería la mejor alternativa.
―Muy graciosas. ¿Me permitirán que les explique?
―Está bien. Te escuchamos ―concedió Perla―. Desembucha tu brillante idea.
―Aquí ―les mostró un pequeño saquito de color rojo que extrajo de uno de sus bolsillos― tengo unos polvos que preparé según una receta que encontré en uno de mis libros. Son polvos somníferos. Si los echamos en la comida de la abuela y de sus sirvientes, en no más de media hora estarán durmiendo como marmotas.
―Continúa ―alentó Perla.
―Y esto ―explicó Florian, sacando de la bolsa que le había entregado Inocencio una herramienta de grueso alambre con una especie de paleta en uno de sus extremos― es una ganzúa. La usan los herreros para abrir cerraduras y candados cuando las llaves se han perdido.
―Y los ladrones para entrar a las viviendas sin moradores ―agregó Perla con mordacidad―. Algo leí acerca de ellas. Imagino que se la pediste prestada a Inocencio.
―Da lo mismo cómo la conseguí. Lo importante es que si hacemos dormir a mi abuela y a sus sirvientes, nos permitirá entrar a la biblioteca.
―¿Y qué haremos con el loro? ―preguntó Perla.
―¿Y con el perro? ―complementó Celeste.
―Al perro le dan de comer los restos que quedan y la abuela le permite al loro comer de su plato. También estarán dormidos.
―Me parece un plan peligroso ―afirmó Perla―. Si mamá se da cuenta nos castigará muy duro.
―Pero es el único que tiene ―argumentó Celeste.
―Hay que intentarlo, entonces. ¿Cuándo sugieres que lo hagamos?
―Hoy mismo me parece bien. A la hora del almuerzo.




[1] “Mandar a freír monos a Salareth” era una expresión que se usaba comúnmente en Ombur para expresar el más absoluto desacuerdo con las ideas o intenciones de una persona. Salareth era una gran país de clima tropical situado al sur de Pek Basila, y representaba para los omburanos algo así como el emblema de lo distante, de lo muy lejano o inalcanzable.

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