jueves, agosto 25, 2011

Capítulo 1: La profecía

En los albores de la Nueva Era, Artemisa, una misteriosa mujer que tenía, al parecer, grandes poderes predictivos, efectuó una profecía.
Quienes tuvieron acceso a ella, espantados, procuraron evitar a toda costa su divulgación, con notable éxito, pues no volvió a escucharse hablar al respecto en las centurias posteriores.
Algunos investigadores más tozudos, sin embargo, encontraron vestigios de su paradero, y uno de ellos, Basilacco de Floriet, se dice, logró dar con ella, reproduciéndola en un libro de circulación restringida poco antes de su sospechosa desaparición.
No existe certeza de cuál es el tenor original del sibilino vaticinio, pero lo concreto es que en la página 144 de un deteriorado volumen que, según quienes lo resguardan como si fuese un tesoro, sería la única copia existente del manuscrito de Basilacco, se reproduce en idioma omburano antiguo el siguiente:

Tened paciencia y albergad vuestro temor y vuestra esperanza en lo más profundo de vuestros corazones, para que vuelvan a aflorar con fuerza cuando sea la hora señalada.
Porque un día llegará en que aquellos mortales enemigos a los que habéis sepultado en los abismos más profundos, regresarán juntos en alas de sus odios y ambiciones a exigir lo que les fue arrebatado.
Entonces, en los primeros albores del nuevo mañana, vendrá la elegida, la impura, y ante quienes deberían estar muertos pero viven, y aliada con el dolor más intenso, con el amor más puro, con el ansia más irrefrenable de venganza y con la roja sangre que corre por las venas del más poderoso monarca, despertará a aquél que duerme en el lugar maldito, para enfrentarlo cuando llegue el día del final.”


Como ocurre en tantas ocasiones, la supuesta profecía puede ser pura basura. Sin embargo, ¿qué ocurre si no lo es? En cualquier caso, aquí queda, a disposición de quien sepa qué hacer con ella.

Prólogo 3: Negulak

En el monasterio gliptoriano, pese a la avanzada hora, el monje Negulak aún escribía en un pequeño cuarto vecino a la biblioteca. Era muy poco lo que le faltaba para finalizar la tercera copia del primer tomo de las crónicas de su amigo Cristóforo y pensaba quedarse en pie hasta completarlo. Total, más tarde tendría tiempo de sobra para descansar. Los otros dos ejemplares ya terminados reposaban a su lado, sobre una pequeña mesa de roja madera que le servía de apoyo, y donde se amontonaba también el material bibliográfico que había usado el cronista para escribir su original. El cuarto, aquél que había trascrito el aprendiz Bagani y cuya existencia ni siquiera Cristóforo conocía, con seguridad ya habría llegado a su destino y se hallaría a buen recaudo.
No pudo evitar sonreír cuando pensó en él. Sería su premio, el precio adecuado por sus magníficos servicios. Más tarde, cuando Cristóforo publicara su extraordinaria historia, se transformaría en un ejemplar muy valioso, una pieza de colección. Entonces lo vendería en una fortuna a algún coleccionista y podría dedicar sus últimos días a disfrutar de la buena vida.
Justa recompensa para una existencia de sacrificio y privaciones como la suya.
Tendré que volver a cambiarle el título, desde luego, se dijo, y no pudo evitar que sus labios se torcieran en una tenue sonrisa.
Algo lo sacó de sus cavilaciones. Su agudo oído había captado un casi imperceptible sonido, tan sólo un roce, proveniente de la biblioteca. ¿Un roedor tal vez? De vez en cuando aparecían y se armaba todo un alboroto tratando de capturarlos. Pero no. Esto era distinto. Lo que había escuchado eran pasos, estaba seguro. Muy leves, pero pasos al fin y al cabo. Alguien había entrado a la biblioteca.
Negulak apagó las velas, sumiendo la habitación en la oscuridad, y, procurando evitar el más mínimo ruido, abrió una pequeña mirilla disimulada en la pared que daba a la biblioteca, desde donde atisbó. Su corazón estuvo a punto de paralizarse.
―Azir bendito ―susurró―. Ten piedad de mí.
La tenue luz rojiza que provenía de la luna Isidora, y que penetraba por unos ventanales del enorme recinto, permitía ver con claridad en la semipenumbra a tres figuras encapuchadas que se desplazaban como oscuros fantasmas, escudriñando entre los estantes abarrotados de libros y pergaminos.
―Lo saben ―gimió Negulak― y me están buscando.
Debió hacer un esfuerzo sobrehumano para impedir que el miedo se apoderase de su mente y le impidiese razonar con claridad. La puerta que comunicaba el cuarto con la biblioteca estaba muy bien disimulada y el mecanismo que la abría sólo era conocido por él. Tal vez si se quedaba allí oculto, no podrían hallarla y se marcharían.
No ―se dijo abatido―. Qué pensamiento más estúpido. Revisarán cada centímetro y descubrirán la puerta sin dificultad. Y si me encuentran aquí, me matarán. Debo huir de inmediato.
Cerró la mirilla, dejando el cuarto en la más completa negrura. Luego encendió una vela y, con infinito cuidado, cerró el libro original y la copia que había estado escribiendo, amontonándolos en una pila junto con las otras dos copias. Resultaría bastante incómodo, pero podría trasladarlos todos en un solo viaje. Con pena miró el material de consulta, consciente del enorme valor que representaba.
No puedo llevármelo ―caviló―. Azir quiera que no lo descubran.
En puntillas se desplazó hacia una de las paredes del pequeño cuarto, donde movió un oculto mecanismo. Un par de segundos más tarde, con un levísimo chirrido que le puso los pelos de punta, una de las secciones de la muralla se corrió hacia un costado, franqueando el paso hacia un oscuro pasillo embaldosado.
Estuvo a punto de desmayarse. La extrema tensión y la angustia lo tenían al borde del llanto. ¿Lo habrían escuchado? Azir quisiese que no. Aguzó el oído. No se percibía ningún sonido alarmante pero no había tiempo que perder. Debía irse de inmediato. Se volvió hacia la mesa donde se hallaba la pila de libros. Iba a cogerla cuando, al mirar hacia la muralla, su sangre casi se congeló.
¡La mirilla! Azir bendito... estaba abierta.
No alcanzó siquiera a intentar cerrarla. Una sombra, que oscureció aún más el pequeño rectángulo, se lo impidió.
―Aquí está ―susurró una voz femenina cargada de encono.
La desesperación hizo presa de él. Como pudo, con gran dificultad, aferró con los dos brazos la voluminosa pila y se abalanzó hacia la puerta secreta. Iba a transponerla, cuando una fuerte explosión casi lo derriba. Con los cabellos erizados miró hacia atrás y sintió que sus piernas se aflojaban y algo tibio comenzaba a correr por ellas.
La pared que daba hacia la biblioteca había desaparecido, reemplazada por una densa polvareda, y una figura oscura como la muerte penetraba en ese momento en la habitación.
Despavorido, sollozante, echó a correr por el pasillo. Uno de los libros se deslizó por entre sus manos sudorosas y aterrizó con un sordo golpe en el piso embaldosado. Vaciló, pero siguió corriendo. Su vida era más preciosa que un texto, por extraordinario que éste fuese.
―No escaparás ―dijo la mujer, con un tono que semejaba un latigazo, y el aire pareció tornarse denso, a la vez que algo semejante a las ondas que produce una piedra al caer a un estanque surgía desde las puntas de sus dedos y se dirigía, con increíble velocidad, hacia la espalda de Negulak.
El golpe fue terrible. Los libros volaron en todas direcciones y el cuerpo del desventurado monje, con su columna vertebral destrozada, se elevó en el aire para ir a estrellarse con extrema violencia contra un pilar de roca, a cuyos pies quedó tendido como un pelele, lleno de sangre, desmadejado e inmóvil.
―Está muerto ―confirmó la otra mujer, que llegó corriendo a su lado y lo auscultó a la luz de una tea―. Lo golpeaste demasiado fuerte.
―A nuestro señor Farel no le agradará esto, Sofía ―advirtió el gigante de la voz de ultratumba, que surgió en ese momento desde el pequeño cuarto portando otra tea―. Nos ordenó atraparlo vivo.
―Pero… aquí está lo que buscamos ―se defendió con voz insegura la interpelada, mientras recogía los libros.
―Esperemos que esto sea todo ―intervino la otra mujer―. No quiero ni pensar en lo que nos ocurrirá si algo falta.
En ese momento, Farel emergió desde el cuarto en ruinas. Las dos mujeres y el gigante permanecieron cabizbajos, inmóviles y silenciosos mientras se acercaba. Parecía flotar en el aire. Se había bajado la capucha y la luz vacilante de las teas permitía contemplar su cabello largo, liso y de color pajizo, su rostro enjuto y sin arrugas, y unos ojos grises que parecían congelar todo aquello donde se posaban.
―Deberían haber cuatro ejemplares titulados “La historia jamás contada del imperio gnol y de la Edad Oscura, tomo I” ―dijo, luego de recorrer la escena con mirada penetrante― tres completos y uno inconcluso. Verifiquen.
―Los tenemos todos, mi señor ―respondió el gigante, tras examinar uno por uno los gruesos libros―. Cuatro ejemplares.
―Bien. Amanda y Damián, revisen el cuarto del monje y retiren de él todo lo que pueda guardar alguna relación, por pequeña que sea, con estos libros. Después, sígannos. Sofía y yo iremos adelante. Y por cierto, Sofía, cuando lleguemos al castillo me explicarás con todo detalle qué parte de las instrucciones que les di no entendiste.
―M-mi señor ―dijo casi llorando la mujer―. Discúlpeme. Cometí un grave error y sé que debo enfrentar las consecuencias de mi necio accionar.
―Sí, mi querida. Tienes razón. Vas a tener que enfrentarlas.
Y, sin volver la mirada, Farel se perdió en la oscuridad del pasillo, seguido con paso vacilante por la alicaída mujer. A sus espaldas, el cadáver de Negulak se elevó en el aire como si fuese un globo repleto de helio y los siguió flotando.

En algún lugar lejano, muy lejano, nuevamente aulló un perro.

Prólogo 2: Cristóforo de Calgahar

Moine, capital del reino de Ombur, primeros días de otoño del año 956 de la Nueva Era.

El agudo tañido de la última campanada de la medianoche se había extinguido hacía ya largo rato en la lejanía cuando, en medio de una oscuridad tan densa como el alquitrán, cuatro fantasmales figuras encapuchadas, que parecían flotar en el aire, se desplazaron silenciosas por entre los charcos malolientes que tapizaban el empedrado de una sinuosa y estrecha callejuela cercana al puerto. Sólo las ratas y demás sabandijas que merodeaban por los adoquines se percataron de su presencia, aunque no parecieron darles mayor importancia. Sin la menor dilación, como si la carencia de luz no lo afectase, uno de los espectrales seres enfiló hacia una pequeña y muy deteriorada casa de adobe carente de ventanas, que se hallaba semioculta en el interior de un angosto pasaje. Los otros lo siguieron sin el menor ruido.
A esa hora, la noche era tan fría como una tumba. Un viento gélido y húmedo que calaba,  cual afilado bisturí, hasta los mismos huesos, recorría la ciudad como sibilante espectro. Arriba, en el firmamento, la luna escarlata Isidora se deslizaba arrogante y despectiva por entre los oscuros nubarrones que, cual hambrientos perros de presa, intentaban vanamente darle caza. Abajo, en la bahía, las aguas del gran lago Zafiro se habían encrespado, y un fuerte oleaje azotaba con creciente furia los impávidos rompeolas y cubría de efervescente espuma los abruptos roqueríos costeros.
―Aquí es, mi señor ―susurró el ser que había hecho de guía, con una voz que parecía provenir de un pozo profundo.
Sin contestar, el aludido se adelantó y recorrió con suavidad con sus dedos enguantados la reseca madera de la puerta.
A lo lejos, muy a lo lejos, aulló un perro.
    
Un único y estrecho cuarto pobremente amoblado ocupaba el interior de la maltrecha vivienda. Un pequeño brasero, cuya luz mortecina teñía de anaranjado las ruinosas paredes, mantenía el ambiente tibio y confortable. A su lado, junto a una destartalada mesa cubierta de papeles, libros y pergaminos, y sentado en una silla que no se desarmaba sólo gracias a la acción benéfica de alguna desconocida divinidad protectora, se hallaba Cristóforo de Calgahar.
Parecía frisar la cincuentena. Más bien bajo de estatura y muy delgado, sus largos cabellos grises, su corta y algo rala barba poblada de hebras de plata, y los pequeños y gruesos anteojos que llevaba montados casi en la punta de su nariz, le conferían un cierto aspecto intelectual, como de erudito, reforzado por su arrugada y raída túnica marrón y por sus deterioradas sandalias. Era bien sabido en Ombur que la fortuna no favorecía a quienes hacían del estudio y la investigación su forma de vida.
Mientras masajeaba sus sienes con delicadeza y seguía con su mirada distraída las intrincadas filigranas que dibujaba la luz del brasero en las murallas, Cristóforo suspiró profundamente. Pese a que no tenía un motivo concreto para ello ―al menos no uno inmediato―, se sentía agitado, sin aliento, como si recién hubiese terminado de trepar una larga y empinada pendiente. Más temprano, mientras retornaba desde el viejo monasterio, no había podido desprenderse de esa molesta sensación de ser seguido, de tener unos ojos extraños, y tal vez hostiles, pegados a su espalda. No obstante, cada vez que se detuvo a investigar no advirtió nada sospechoso, si bien tal constatación distó mucho de tranquilizarlo: estaba tan oscuro que si un batallón completo hubiese estado oculto entre las sombras, no lo habría visto.
Cerró los ojos y procuró calmarse. Su miedo ―porque eso era lo que sentía: un miedo cerval, casi paralizante ― era irracional. Nada existía que lo justificara. Muy por el contrario, todo parecía en orden: ningún sonido extraño, anómalo, desacostumbrado; ninguna imagen rara, ajena, inusual. Nada que alterara la calma absoluta que se había adueñado del lugar. Por algunos momentos, contra su voluntad, su mente se sumergió en sus recuerdos. Eran ya muchos años los que habían pasado y sus viejos fantasmas seguramente ya no lo recordaban. Después de todo, nunca fue importante para ellos. Sólo un pelo de la cola, como se dice vulgarmente, del que no valía la pena preocuparse. Nada más que un mísero grano de uva cuya pérdida no le hace mella alguna al racimo. Una vez más se repitió la pregunta que le taladraba el cerebro cada anochecer: ¿lo habrían olvidado en verdad? Cuán tranquilo viviría si estuviese seguro de ello. Podría relajarse, salir a la calle sin disfraces, vivir una vida normal. Pero no; no podía darse ese lujo. Tenía que seguir viviendo rodeado de precauciones, con miedo, con la permanente incertidumbre que lo invadía cada vez que se acercaba a una esquina o se asomaba a la puerta de su casa. Esbozó una leve sonrisa de complacencia al pensar que, en todo caso, si había alguien acechándolo, no podría tomarlo por sorpresa. Las cuatro cerraduras, las tres formidables aldabas de hierro y la pesada y maciza tranca de madera que aseguraban la puerta, hacían sentirse protegido a cualquiera.
Volvió su atención a la mesa, apenas iluminada por la vacilante luz que provenía de un par de gruesos velones insertos en un sucio candelabro. Los cientos de páginas manuscritas con letra pequeña y atildada que conformaban su última creación literaria, se encontraban repartidos sobre la cubierta formando pequeños montones. Sería, junto al primer tomo que ya había finalizado, su obra señera, la que le otorgaría la fama, la gloria y, con ellas, la vida que anhelaba. Cuando la publicara, una larga existencia de estrechez y austeridad, de limitaciones, necesidades, penurias y sinsabores, de amarguras y pesares, llegaría a su término.
Porque una vez que expusiese a la luz pública todo el material que había logrado reunir, los sorprendentes secretos que había develado, la increíble verdad, el impacto sería enorme. Qué duda cabía.
La idea pareció infundirle nuevos y reforzados bríos. La escritura, como si una urgencia extrema por verter en el papel todos esos preciosos datos que tenía albergados en el cerebro se hubiese posesionado de su cuerpo, le surgió como un torrente que escapa por una compuerta recién abierta. Algunos instantes más tarde, sólo el leve roce de la pluma contra el papel interrumpía el opresivo silencio que envolvía el lugar.
Inmerso como estaba en su tarea no notó cuando, sin hacer el menor ruido y sin que nada las impeliese, una por una las tres aldabas de la puerta de calle se salieron de sus trabas. Tampoco cuando las llaves se movieron por sí solas y, sin el más leve tintineo, abrieron las cuatro cerraduras. Ni siquiera cuando la voluminosa tranca se elevó en el aire como una pompa de jabón y, con infinita suavidad, se apoyó a un costado del marco. Sólo atinó a levantar la cabeza cuando, con un estruendoso golpe, la puerta se abrió de par en par y una bocanada de viento gélido y aullante irrumpió en el cuarto, apagando los velones y desperdigando los papeles por el piso.
La oscuridad de la callejuela penetró en la habitación como si quisiese engullir la vacilante claridad procedente del brasero. Con los ojos desorbitados, Cristóforo contempló el ahora vacío marco. Sintió que el aliento lo abandonaba. Su corazón comenzó a latir de manera desbocada. No pudo evitar que un fuerte temblor sacudiese su cuerpo y que algunas tímidas gotas de sudor frío perlasen su pálida frente. Pugnando contra el terror que comenzaba a atenazarlo, se levantó y se encaminó hacia la puerta para cerrarla. Sólo alcanzó a dar un par de pasos, sin embargo, y se detuvo con el rostro desencajado.
―¡Santo Azir! ―exclamó, sin poder dar crédito a lo que sus ojos le mostraban.
Una brillante esfera plateada del tamaño de un plato pequeño penetró lentamente a la habitación y, flotando a un par de metros del suelo, se detuvo justo en el centro de ésta, bañándola con una luminosidad fantasmal. Cristóforo, aterrado, sólo atinó a restregarse los ojos. Lo que estaba viendo no era posible. Tenía que ser una alucinación, una mala jugarreta producida por el cansancio. Seguro que una vez que volviera a mirar, ya no estaría. Cuando, tras breves instantes, abrió otra vez los ojos, su corazón casi se paralizó.
Inmóviles en medio del cuarto, había cuatro sujetos embozados en sendas capas negras que lo contemplaban con fijeza.
Dando un grito de terror, Cristóforo retrocedió hasta apegarse a la muralla, derribando a su paso la destartalada silla.
―M-m-mi s-s-señor Farel ―gimió, horrorizado, al reconocer al jefe de los individuos.
―Tanto tiempo sin vernos, Bolomiris ―le respondió éste, con una voz gélida y profunda que parecía penetrar por todos los poros―. O Cristóforo, como ahora te haces llamar, si lo prefieres.
―Y-yo... ―Cristóforo, despavorido, comenzó a lloriquear―. P-p-perdón, m-mi s-señor, p-perdón.
―¿Perdón? Qué inadecuada resulta esa palabra en los labios de un traidor. No lo dices en serio, Bolomiris ¿verdad? Porque perdonar una traición es tan difícil como recomponer un espejo quebrado, un terrón desmoronado o una nuez descascarada.
―S-sólo q-quería…
―Sé muy bien lo que querías: revelar el secreto, lanzarlo al viento, publicarlo... repartirlo por todo el continente.
―P-pero, m-mi s-señor… el mundo d-debe saber. Es d-demasiado g-grande el peligro.
―Es curioso cómo cambian las apreciaciones dependiendo del punto de vista que se utilice para hacerlas. Porque resulta que he venido a verte justo para lo contrario, Bolomiris: para impedir que el mundo sepa.
―Y-yo…
―No se puede cruzar impunemente los límites de lo prohibido, amigo mío. Siempre lo has sabido. Elegiste el sendero equivocado, y ahora te llegó el momento de averiguar hacia dónde conduce.
Una invisible fuerza cogió al desventurado cronista y lo levantó como si fuese una brizna de pasto seco, aplastándolo contra la muralla.
―¿Sigues siendo devoto de Azir, Bolomiris? Recién me pareció oírte mencionarlo. Excelente, pues te tengo una muy buena noticia: en pocos instantes más lo conocerás personalmente. Pero antes de franquearte el paso hacia su morada, necesito que me reveles dónde ocultas tus escritos.
El cuerpo de Cristóforo ―o Bolomiris, como lo había llamado Farel― permaneció pegado al muro, a unos treinta centímetros del suelo, mientras su interlocutor parecía sostenerlo con la mirada. Sus ojos abiertos se desorbitaron, las venas de sus sienes se hincharon, y sendos hilillos de sangre comenzaron a brotar de sus narices.
―Hmmm… Conque Negulak ¿eh? Y nada menos que en el monasterio gliptoriano. Buen escondite, debo reconocerlo. Y cuánto esfuerzo malgastado… Qué pena… Se perderá todo, como un copo de nieve en una hoguera. Adiós, amigo mío.
El desventurado cronista se sacudió por algunos breves instantes y algo pareció quebrarse en su interior. Después, la sangre manó abundante de su boca, narices y oídos, y su cuerpo, desmadejado y sin vida, rodó por el piso de tierra como un títere al que le cortan sus ataduras.
―Recojan todo el material ―dispuso Farel― y luego vayan a la biblioteca del monasterio gliptoriano. Allí está el resto del trabajo de este perro. Un monje escribiente llamado Negulak lo tiene bajo su resguardo. Atrápenlo y aguarden mi llegada. Procuren que nadie más los vea, pero si alguien lo hace, ya saben cómo proceder. ¿Entendido?
―Sí, mi señor ―dijeron a coro, con tono respetuoso, los otros tres, un gigante de más de dos metros de estatura y de grueso vozarrón, y dos mujeres de atlética contextura.
En contados segundos el contenido de un par de estantes fue vaciado y todos los libros, pergaminos y papeles, recogidos. Los tres subordinados cargaron entonces los bultos y salieron a toda velocidad de la habitación, fundiéndose con la oscuridad de la callejuela. Sólo el líder permaneció, inmóvil, contemplando el cadáver de Cristóforo.

―No, amigo mío ―murmuró―. Estabas equivocado. El mundo no debe saber. Nunca. Para eso estamos nosotros: para resguardar el secreto por toda la eternidad. Nadie debe enterarse, jamás, de que alguna vez existió ese nefasto período al que llamaron la Edad Oscura.

Prólogo 1: Bolomiris de Aquosa

Nororiente del Oram, año 550 de la Nueva Era.

Solitaria y majestuosa, la espléndida figura de un sefir dorado[1] se destacó con nitidez contra el límpido y luminoso cielo azul de la mañana. A una altura que llegaba a quitar el aliento, el inmenso animal planeaba con lentitud, casi con pereza, como deleitándose con el magnífico panorama que se ofrecía impúdico ante su penetrante mirada.
Abajo, grandioso e imponente, se erguía el Ardath Dhum, la enorme cadena montañosa que marcaba el límite oriental de las tierras conocidas, y cuyos picos más altos se empinaban por sobre los veinte mil metros. La denominación procedía del lenguaje enano, y podía traducirse al omburano[2] ―en forma aproximada, pues los conceptos enanos son demasiado complejos y alambicados como para englobarlos en el limitado espectro de una sola frase[3]― como "aquel lugar remoto y elevado donde uno, haga lo que haga, nunca será bien recibido".

Parece pertinente, a estas tempranas alturas, hacer presente al lector ―con el solo objeto de que comience a familiarizarse con el terreno que está pisando―, que las expresiones de origen enano, pese a que tienden a ser densas y de intrincado significado (a veces, por qué no decirlo, rayano en lo incomprensible), son de uso generalizado en la nomenclatura oramita (desconocemos la razón de tan curiosa situación: ¿alguna inconsciente tendencia a complicarse innecesariamente la vida? ¿Una implícita muestra de admiración ante tan esforzado y voluntarioso pueblo? ¿O una evidencia concreta de que quienes escogieron los nombres eran imbéciles, retardados o no estaban en sus cabales?).
Sin ir más lejos, los naturales llaman Oram al escenario de nuestro relato un gigantesco continente que se extiende desde oriente a poniente entre el Ardath Dhum y el Mar Infinito―, apelativo que también procede del lenguaje enano y cuya acepción literal es[4] “ilimitada extensión de territorio hostil y poco acogedor en la cual, sin que se pueda hacer nada al respecto, se sitúa el hogar propio”.
Hasta Ombur, expresión carente de significado según los tratados lingüísticos más reputados, parece también, después de todo, tener esa procedencia. En efecto, en un trabajo muy poco difundido del famoso filólogo pekbasilano Exquisito[5] Cesón (Todo lo que usted siempre quiso saber de filología y nunca se atrevió a preguntar, tomo IV, página 195), en una cita al margen que casi se cae de la página, se anota como posible traducción, proveniente de dialectos enanos antiguos, la siguiente: “compendio de todas las calamidades que a lo largo de la historia han ideado los dioses para azotar a los míseros mortales”. El sólido prestigio del connotado catedrático respalda, pese a la opinión en contrario casi unánime de sus colegas, la autenticidad de tan singular acepción.
Hay muchos más ejemplos, de similar calibre, repartidos a lo largo y ancho del continente, y ninguna explicación lógica y coherente que ampare tan extravagante usanza. Y es significativo que predomine en las denominaciones un tinte oscuro, lóbrego, desencantado, como si una visión algo pesimista de la existencia, como la del que se fija en la parte vacía del vaso o en el punto negro que hay en la hoja blanca, o del que se queja porque la sandía tiene muchas pepas o se niega a comer una opípara cena porque después hay que lavar la loza, impregnase, como una persistente garúa, de extremo a extremo los espíritus de quienes lo habitan.
O tal vez sean sólo cosas del lenguaje. Vaya uno a saber.

El paisaje era soberbio: un mar de gigantescos picachos nevados, salpicado de cráteres humeantes, precipicios insondables y profundos lagos de gélidas aguas, surcado en toda su extensión por colosales glaciares, ríos torrentosos y cascadas de vértigo, y completamente rodeado por bosques impenetrables. Un cuadro maravilloso, sublime, plagado, como la paleta del más eximio pintor, de deliciosos contrastes, donde el brillante fulgor escarlata que escapaba desde las entrañas de los volcanes y el azul intenso que teñía las aguas de los lagos, resaltaban sobre la impoluta blancura de las nieves eternas como gotas de sangre y manchas de añil en una sábana recién lavada, y donde la compacta floresta que cubría las laderas parecía un completo muestrario de la casi infinita variedad de colores y tonalidades existentes en la naturaleza.
Al sefir, sin embargo, tal profusión de belleza salvaje no parecía importarle.
Su atención estaba centrada en una estrecha escala tallada en piedra, cuyo nacimiento no alcanzaba a advertirse, que trepaba en línea recta, sin ninguna baranda de protección, no menos de quinientos metros por una empinadísima pendiente, para desembocar en una suerte de mirador, una plataforma de evidente origen artificial que, pegada a una muralla de piedra cortada a pique, parecía estar suspendida sobre el abismo.
Y no era precisamente la pavorosa escala, a todas luces muy antigua, lo que atraía su aguda mirada (con seguridad no era la primera vez que la veía), sino lo que se encontraba en ese momento sobre ella, algo de sobremanera inusual, desacostumbrado e infrecuente en esas escalofriantes soledades: más o menos a medio camino hacia la cúspide, cuatro agotados humanos trepaban arrastrándose, acortando con agobiante lentitud el largo trecho que aún los separaba del mirador.

A algunos kilómetros de allí, en el interior de una caverna cómodamente amoblada, agradablemente temperada y cuyos muros estaban revestidos con hermosa madera rojiza, dos mujeres de elevada estatura y edad indefinida, una de cabellos rubios casi blancos y otra de melena azabache, y un gigantesco hombre de tez oscura, todos humanos, bebían humeantes brebajes sentados en torno a una redonda mesa tallada en cristal. Los tres vestían enteramente de negro, lo que, unido a sus miradas frías y penetrantes, les daba, en la semipenumbra generada por la temblorosa luz de un brasero que ardía a sus pies, un aspecto fúnebre y algo terrorífico.
De improviso, la mujer rubia se puso tensa. Sus compañeros la miraron expectantes.
―¡Es la hora! ―exclamó, mientras se levantaba y caminaba con rapidez hacia la entrada de la caverna―. Nuestro señor me informa que ya están en la escala.
Los otros la siguieron en silencio. Cruzaron el umbral de la caverna, cubierto con la piel de alguna variedad de animal montañés, y emergieron en una pequeña meseta rocosa que coronaba un murallón pétreo de no menos de mil metros de altura, hacia cuyo borde se dirigieron para de inmediato, sin vacilación alguna, lanzarse al vacío.

Bolomiris de Aquosa trepó los últimos peldaños de la estrecha escala casi en la inconsciencia, como si fuese un autómata. Calculaba que había sido no menos de medio kilómetro de subida continua, con una terrorífica pendiente, el que había dejado a sus espaldas, sobreponiéndose para ello no sólo a los fuertes mareos causados por el vértigo, al cansancio extremo, al vívido miedo que impregnaba cada partícula de su ser y a los violentos calambres que lo habían atormentado en gran parte de la escalada, sino también a la horrible angustia que hacía presa de él cada vez que pensaba en el momento del retorno, aquél cuando tuviese que desplazarse por esa misma escala, pero ahora hacia abajo. El sólo pensar en que tendría que volver a experimentar esa pavorosa sensación de insignificancia, impotencia e indefensión que lo abrumó cuando, más o menos a mitad de camino, miró hacia arriba y contempló esa escala tan angosta, casi vertical y sin barandas que parecía perderse en las alturas, y luego, de soslayo, miró hacia abajo y no vio nada más que el abismo ―y que lo mantuvo petrificado durante largos minutos, sin atreverse a mover ni un solo músculo―, le provocó un fuerte vahído y casi lo hace desmayarse.
Sus tres compañeros, que lo habían precedido por varios minutos, lo aguardaban tendidos en el piso, extenuados, completamente ajenos a la maravillosa vista que se apreciaba desde el mirador y plenamente conscientes, sí, de que allí, debajo de la plataforma en la que reposaban, sólo se extendía el vacío. Todos llevaban, aparte de sus mochilas, vestimentas de cazador, compuestas por calzas y casacas de cuero de antílope y botas del mismo material.
―¿Cómo te encuentras? ―le preguntó uno de sus compañeros, Basilacco de Fioret, mientras lo ayudaba a escalar el último peldaño.
―Estoy bien ―mintió él, hincado en el piso e intentando recuperar el resuello. No quiso mencionarle el malestar general que lo aquejaba ni que el hecho de estar suspendido sobre el precipicio lo tenía al borde de una crisis de pánico. Él había organizado la expedición, había sido su más ferviente promotor, y lo menos que podía hacer era dar el ejemplo―. Sigamos ―dijo con un susurro casi inaudible.
El acto de proseguir fue una buena muestra de su firme tesón. Se obligó a ponerse de pie pese a que se sentía exhausto, a punto de vomitar, le faltaba el aliento, una dolorosa puntada se estaba encarnizando con uno de sus costados, las sienes le latían como tambores y la contraída musculatura de sus piernas, como si tuviese voluntad propia, se negaba a extenderse. Necesitaba descansar, recostarse en el piso, relajarse, dormir un rato en lo posible, pero no podía. No allí. Su ansiedad era demasiado grande, y también su apuro por escapar de ese lugar de pesadilla. Tenía que hacer un último esfuerzo. Estaba tan cerca de cumplir su sueño, de comprobar que todo lo que había averiguado no era sólo una leyenda, de conocer por fin la completa verdad, que cualquier demora le era intolerable. Sacando fuerzas de flaqueza, se dirigió rengueando hacia la lisa muralla de piedra, donde, apenas esbozada, se distinguía la sellada boca de un túnel.
―Imagino que no habrá que empujar la puerta para abrirla ―le dijo otro de sus compañeros, Wilfried de Liquanes, intentando sonreír pese a que estaba tan agotado que se le dificultaba hasta mover los músculos de la cara. El comentario no dejaba de ser pertinente, ya que el bloque de roca sólida que tapiaba la abertura, y que encajaba en ella con una justeza impresionante, debía pesar varias toneladas.
―Bueno estaría que ahora tuviésemos que devolvernos por no poder entrar al túnel ―comentó, tendido en el piso a todo su largo, el cuarto de los expedicionarios, Radomir de Doloretti―. Preferiría tirarme desde aquí mismo antes que bajar esa condenada escala.
Bolomiris esbozó una tensa sonrisa al pensar en toda la verdad que, aunque Radomir lo ignoraba, contenían las palabras de su amigo. Había evitado mencionarles que sólo tendrían una opción para intentar desbloquear la entrada, y que si fallaban, se activaría un mecanismo secreto y el mirador cedería a su peso, lanzándolos sin contemplaciones al abismo.
Los cuatro expedicionarios, todos connotados científicos y hombres de letras omburanos Basilacco, alto, moreno y fornido, y Wilfried, delgado, canoso y de baja estatura, eran historiadores; Bolomiris, casi esquelético, de mediana estatura y cabellos tempranamente grises, y Radomir, rubio, macizo y muy alto, eximios naturalistas llevaban ya más de dos semanas de durísima travesía por las montañas del Ardath Dhum, siguiendo un derrotero que, tras muchos años de investigación y desvelos, había logrado elaborar Bolomiris. Todos provenían de Moine, la capital de Ombur, desde donde habían salido hacía ya más de dos meses en un agotador viaje que los había hecho cruzar las enormes praderas del norte del país los valles de Morfile y Kados, en las Tierras Altas―, atravesar las Montañas Rocosas ―una imponente cordillera situada en la frontera con el norteño reino de Targoth e internarse en la gigantesca cadena montañosa, sorteando innumerables peligros y siguiendo senderos muchas veces apenas esbozados, y que casi siempre bordeaban precipicios cuyo fondo no alcanzaba a divisarse. Ahora estaban allí, por fin, con el objetivo de su viaje al alcance de su mano. Al parecer, al menos, ya que primero tenían que abrir la puerta.
Bolomiris se dirigió hacia la roca y recorrió con sus dedos una sección situada a unos treinta centímetros de la cerrada oquedad. Tras una breve inspección descubrió, muy bien disimulada en la lisa superficie para hacerla casi invisible, una pequeña rendija. Introdujo tres dedos de su mano izquierda y palpó con suavidad el estrecho interior. Era tal como había averiguado: había allí tres piedras terminadas en punta, tan agudas, que parecían estiletes. Las rozó con suavidad. Sabía que tenía que oprimirlas en un orden determinado, y que si se equivocaba, sería eso lo último que haría.
Cerró los ojos. Sus compañeros, expectantes, lo rodeaban. La tensión casi podía tocarse. Todos estaban advertidos de que dispondrían de muy poco tiempo de ahí en adelante. Cuando él apretase las piedras, éstas le romperían las yemas de los dedos, inoculándole un veneno que lo mataría sin remedio, en medio de atroces dolores, al cabo de una hora. Ellos tendrían que trasladarlo en andas con la mayor presteza posible hasta el lugar donde se encontraba el antídoto, allí, en el interior de la montaña. Cualquier demora, por leve que fuese, significaría su muerte. Se encomendó a Azir[6] y, aún con los ojos cerrados, rememoró la secuencia que había repetido tantas veces en su memoria. Después apretó, en el orden aprendido, una tras otra las tres filosas puntas.
Al comienzo, salvo el intensísimo dolor que le invadió casi en el acto la mano y parte del antebrazo, nada ocurrió. Por breves instantes, el silencio allí, en el mirador, se volvió aterrador. ¿Se habría equivocado Bolomiris? Ninguno de los cuatro se atrevía siquiera a respirar. Después, el bloque de piedra se corrió lentamente, con un sonido sordo, dejando a la vista una estrecha escala excavada en la roca que descendía hacia el interior de la montaña, y todos sintieron que el alma les retornaba al cuerpo. Bolomiris, afectado por agudos dolores, fue presa de un súbito mareo y trastabilló, pero los fuertes brazos de Basilacco evitaron que cayera. El fornido historiador se lo echó al hombro con facilidad, cogió su mochila con su brazo libre y, precedido por Wilfried y seguido por Radomir, comenzó a descender de inmediato por la oscura escala.
Wilfried y Radomir encendieron teas. El lugar era estrecho, lleno de telarañas, y las paredes estaban cubiertas de extraños grabados. Había un pesado olor a humedad y a encierro. A sus espaldas, el ruido de la losa al cerrarse se les antojó siniestro. Descendieron con rapidez, pese a la fuerte pendiente, no menos de trescientos peldaños. Bolomiris traspiraba profusamente y sentía que sus extremidades inferiores poco a poco se le adormecían y ya no era capaz de gobernarlas. Además, le costaba respirar y un dolor punzante se le había extendido por todo el brazo izquierdo.
―¡Demonios! ―exclamó Radomir―. ¿Hasta dónde seguiremos bajando? Espero que no salgamos por donde mismo partimos.
Iba a contestar Wilfried, cuando de repente se detuvo en seco, provocando que Basilacco, que lo seguía de cerca, casi se montara encima de él.
―¡Santa madre de Jecho! ―exclamó asombrado―. Este lugar es inmenso.
―¿Llegamos a la caverna? No olviden lo que practicamos ―intervino, con voz desfalleciente, Bolomiris. Ya los dolores de su brazo se le habían hecho insoportables y la cabeza le dolía como si la tuviese partida. Le parecía que el tiempo volaba y el temor de que cuando lograsen alcanzar el antídoto, fuese ya demasiado tarde, se estaba transformando en pánico.
La escala desembocaba en una pequeña plataforma de piedra gris sin protección alguna, desde la que nacía un puente del mismo material, una estructura muy angosta ―apenas un poco más ancha que una persona―, con forma de arco y carente de barandas, que se internaba en la negrura sin que la débil iluminación procedente de las antorchas permitiese adivinar su final.
Se hallaban en un recinto que, pese a lo limitado de la iluminación, se adivinaba enorme. Wilfried movió su antorcha en derredor, pero la precaria luz no consiguió precisar sus confines. El historiador sacó entonces un pedrusco de su mochila y lo lanzó más allá de la plataforma. Siguió un pavoroso silencio que se les antojó interminable, hasta que, muy distante, el sonido apagado de un golpe en el agua llegó hasta sus oídos.
―Es un abismo ―manifestó Wilfried―. Si llegamos a caer en él, nada podrá salvarnos.
―¡Vamos! ―urgió Basilacco―. El tiempo se nos agota. Debemos llegar al otro lado.
Los primeros tramos del puente, algo más de tres metros, estaban derruidos. Al parecer, el tiempo se había dado un festín con ello. Para llegar a la estructura, en consecuencia, había que saltar, y aunque no era una gran distancia, el asunto se complicaba porque el espacio para tomar impulso era muy reducido.
―Hay que saltar ―corroboró Radomir con voz insegura, mientras se quitaba la mochila y la dejaba sobre la plataforma―. Permítanme, yo iré primero.
Y sin esperar respuesta, retrocedió hasta la escala, subió unos cuantos peldaños, inspiró con fuerza y se lanzó corriendo hasta casi el borde de la plataforma, desde donde brincó hacia el puente logrando alcanzarlo con holgura. Trastabilló por breves instantes, haciendo que sus compañeros contuvieran la respiración, pero rápidamente logró recuperar el equilibrio y plantarse con firmeza en el suelo de roca.
―Tu turno, Wilfried ―llamó Basilacco. El enjuto historiador, muy pálido, lo miró aparentemente sin verlo y asintió. Al igual que Radomir, tras desprenderse de su mochila, retrocedió hasta la escala y trepó por ella algunos escalones, para luego volverse con rostro demudado y sudoroso―. ¿Te sientes bien, amigo? ―le preguntó el macizo naturalista, con voz preocupada.
―No mucho ―contestó, y se lanzó a correr.
Pese a la reducida distancia, el salto fue muy ajustado. Wilfried cayó en el mismo borde del puente y allí se balanceó tratando desesperadamente de mantener el equilibrio. Para su fortuna, Radomir reaccionó de inmediato y lo cogió de ambos brazos, atrayéndolo hacia sí.
―A salvo ―le dijo, mientras lo ayudaba a sentarse. Wilfried temblaba como una hoja.
―¡Allá va! ―exclamó Basilacco, lanzándole a Radomir una tras otra las cuatro mochilas. Su estentórea voz rebotó miles de veces en las invisibles paredes del recinto―. Y allá vamos nosotros; afírmate bien, Bolomiris ―complementó, mientras retrocedía con su compañero a cuestas y trepaba brevemente por la escala.
El desfalleciente naturalista, al percatarse de la situación, se apretó aún más a la espalda de su amigo, y luego comenzó a rebotar en ella mientras éste iniciaba su carrera.
Azir, apiádate de nosotros. Falta tan poco.
A causa del sobrepeso que cargaba, el salto fue demasiado corto. Basilacco lo supo apenas se despegó de la plataforma. El grito de historiador rasgó brutalmente el silencio del recinto, rebotando infinitas veces en las muy lejanas paredes. Mientras iba en el aire, lanzó la antorcha que llevaba en la mano hacia el puente, y al caer, en un gesto desesperado, extendió los brazos intentando asirse del borde de éste. Bolomiris, aferrado a la espalda de su amigo con sus últimas fuerzas, sintió que su hora final había llegado. Había estado tan cerca…

Las dos mujeres, ambas de elevada estatura, se hallaban de pie junto al gigante negro en una pequeña explanada, situada unos diez metros por encima de un hermoso mirador que, adornado con columnatas de bello diseño y primorosas estatuas, vigilaba desde unos ochocientos metros de altura un valle cubierto por una extraña niebla azulada. Elevadas torres y rasgos de grandes edificaciones podían advertirse a la distancia en medio de la espesa bruma.
―¿Crees que conseguirán cruzar el puente? ―preguntó el gigante, con una voz de pozo profundo, a la mujer rubia―. Muy pocos lo han logrado.
Deberían, pese a sus precarias capacidades. Nuestro señor se encargó de que contaran con toda la información necesaria. Si no cometen errores, aparecerán en algún rato más a través de esa puerta.
―¿Les espera el mismo destino que a los anteriores? ―preguntó la mujer morena.
―No exactamente. Nuestro señor ha dispuesto algo un poco diferente en esta ocasión.
―¿Podemos saber de qué se trata?
―Calma, calma. Ya lo verán. En todo caso, les aseguro que será entretenido.
La mujer morena y el gigante negro sonrieron. Un poco de diversión no les vendría mal para salir de la espantosa rutina que se veían obligados a soportar en esos parajes aislados y solitarios. Mientras, arriba, muy, muy alto, la figura vigilante del enorme sefir dorado seguía recortándose nítida contra el intenso azul del cielo.

En un postrer esfuerzo, casi tendiendo su cuerpo en el aire, Basilacco logró asirse con su brazo derecho del borde del puente. Sin embargo éste, incapaz de soportar su peso y el de Bolomiris juntos, de inmediato comenzó a resbalar. Desesperado, intentó afirmarse con el otro brazo, pero el cuerpo de su amigo le impidió levantarlo lo suficiente. Bolomiris, por su parte, empleaba sus ya casi inexistentes fuerzas en gemir como un perro asustado. Justo cuando Basilacco, aferrado ya sólo con las últimas dos coyunturas de sus dedos, se preparaba para enfrentar la inevitable caída, Radomir atrapó su muñeca con una de sus manos, mientras Wilfried cogía a Bolomiris de las calzas y lo tiraba con fuerza hacia arriba. Liberado en parte del sobrepeso, el macizo historiador consiguió afirmarse con sus dos manos del borde del puente y aguantar mientras su compañero terminaba de subir a Bolomiris. Luego, ayudado por Radomir, trepó con alguna dificultad hasta quedar tendido de costado, resoplando ruidosamente mientras sentía que su corazón galopaba como un potro desbocado en el interior de su pecho.
Bolomiris, ya completamente incapaz de valerse por sí mismo, quedó tendido inmóvil en la dura roca. El desventurado naturalista sentía ahora terribles puntadas por todo el cuerpo y una sed que le quemaba la garganta como si estuviese atragantado con una brasa encendida. La cabeza le dolía como si una garra gigantesca se la oprimiera y estuviese a punto de reventársela, y su brazo izquierdo estaba tan sensible, que el solo roce de la ropa le provocaba padecimientos casi imposibles de soportar. Y, como si eso fuera poco, un terrible cólico se estaba ensañando con su zona ventral.
―¡Vamos! ―animó Basilacco, que tras el susto había logrado ponerse de pie a duras penas―. Debemos seguir. Bolomiris se encuentra muy mal. Tenemos que conseguir ese antídoto a la mayor brevedad posible.
―Te ayudaré a llevarlo ―le señaló Radomir, mientras asía las piernas del maltrecho naturalista. Basilacco lo cogió entonces por las axilas y, precedidos por Wilfried, comenzaron a cruzar el puente.
Éste se hallaba algo derruido en algunos sectores, y había que cruzar por allí con extremo cuidado, ya que el espacio disponible para pisar era ínfimo. Además, parecía temblar a cada paso de los expedicionarios, tal vez a causa de su enorme altura. A sus dos costados, tan lóbrego como el miedo, acechaba el precipicio. Las instrucciones de Bolomiris habían sido precisas: había que evitar mirar hacia el abismo. Por muy oscuro que estuviese, eso sólo lograría hacerles perder el equilibrio, retardándolos y poniéndolos en serio riesgo de despeñarse. Pusieron toda su voluntad en hacerle caso, pero aún así avanzaban con una lentitud enervante. Muy pronto, el corredor desapareció a sus espaldas y quedaron de pie en medio de la nada, rodeados por la más espantosa oscuridad y plenamente conscientes de que a ambos costados, sólo unos cuantos centímetros los separaban de la muerte.
Bolomiris perdió el conocimiento. Su respiración se volvió dificultosa y su pulso disminuyó a niveles peligrosos. No era necesario ser médico para comprender que estaba viviendo sus últimos momentos.
―Se nos muere ―dijo Basilacco, desesperado―. Si no nos apresuramos, lo perderemos.
―Lo siento ―gimió Wilfried―. No puedo seguir. Estoy paralizado. El miedo es más fuerte que yo.
―Avanza de rodillas si no puedes hacerlo de otra forma ―le sugirió Radomir― pero avanza. No podemos quedarnos aquí parados. No olvides que no tenemos ninguna posibilidad de devolvernos.
Wilfried obedeció. Se arrodilló y continuó avanzando a gatas, sollozante, manteniendo la antorcha en una de sus manos y la vista fija adelante. Basilacco, por su parte, sudaba profusamente y caminaba con pasos muy cortos y con las piernas separadas, para evitar perder el equilibrio. En su interior libraba una lucha terrible contra sus deseos de mirar hacia sus costados. Era como si la agobiante oscuridad que parecía querer tragárselos, y que apenas era rasguñada por la luz de la antorcha, tuviese una suerte de imán. Radomir, por su parte, se desplazaba como un autómata.
No supieron cuánto rato ni qué distancia caminaron. Unos regueros de líquido que quedaron en la senda, sugerían que el miedo había derribado ciertas barreras en el interior de alguno (o de algunos) de los expedicionarios. Cuando ya los sollozos de Wilfried se habían transformado en abierto llanto, la timorata luz de su antorcha iluminó por fin el final del puente.
Tal como Bolomiris les había advertido, el final del puente también estaba derruido. Para salir de éste, debían alcanzar una oquedad abierta en una muralla de roca evidentemente artificial, situada a unos tres metros en línea recta. Un salto dificultoso en las condiciones en que se hallaban, en especial si se consideraba el estado de Bolomiris, aunque no imposible. No más que el que habían efectuado un rato atrás. Sin embargo, había un problema: la dichosa abertura estaba unos dos metros por encima de nivel en que se encontraban, lo que hacía punto menos que imposible alcanzarla por esa vía.
Por fortuna, Bolomiris había previsto tal circunstancia y había preparado a sus camaradas para ella: todos llevaban sendos rollos de cuerdas, y el de Radomir tenía en su extremo, muy bien atado, un garfio de tres puntas.
El rubio naturalista se acercó al extremo del puente, hizo girar el artilugio por sobre su cabeza y lo lanzó contra la oquedad, logrando engancharlo al primer intento. Tras tirar de la cuerda para comprobar su firmeza, se acercó al borde del puente, respiró profundo y saltó hacia la muralla, donde se apoyó ágilmente con las plantas de los pies, para luego trepar hasta la abertura y, con alguna dificultad, introducirse en ella.
 ―¡Lo logré! ―gritó con fuerza, como dándose ánimo y, de paso, dándoselo a sus compañeros―. ¡Aquí está el pasadizo!
¡Resiste, Bolomiris! ―animó Basilacco a su amigo―. Estamos llegando. Te cruzaremos y Radomir te llevará hasta la fuente.
Bolomiris no contestó. Estaba inconsciente y ya casi no respiraba; tenía los ojos cerrados y su piel estaba tomando un tono lívido y algo verdoso que le daba la apariencia de una estatua de cera en bruto. Radomir lanzó el extremo de la soga que había usado para cruzar y, tras cogerlo, Basilacco lo ató a la cintura del naturalista. Previamente, le había amarrado en el tórax, bajo las axilas, otra cuerda que él mismo llevaba. Cuando hubo terminado, después de cerciorarse que las ataduras no cederían, dio un tirón a la soga que sostenía Radomir y éste comenzó a halar de ella, mientras él mantenía la otra tensa para evitar que su compañero se golpease contra el muro. En pocos instantes, Radomir recibió el exánime cuerpo, que parecía flotar en el aire, y lo recostó a su lado. Después lo desató, devolvió los extremos de las cuerdas a Basilacco y, echándoselo a la espalda, se alejó corriendo por el recién descubierto pasadizo en procura del antídoto.
Basilacco atravesó sin inconvenientes y luego ayudó a cruzar a Wilfried, que estaba muy desencajado. La experiencia del cruce del puente había sido demasiada para el menudo historiador y éste aún no lograba recuperarse del todo. Basilacco notó que temblaba como si tuviese tercianas, tenía la mirada vidriosa y perdida, y le costaba mantenerse de pie. Sin decir palabra, lo tomó del brazo y lo condujo casi en andas por el oscuro pasillo.
Caminaron unos cincuenta metros hasta desembocar en una gran sala abovedada, precariamente iluminada por unas pocas antorchas que ardían empotradas en las paredes y que seguramente Radomir había encendido pocos minutos antes. El recinto, circular, estaba bordeado por numerosas estatuas de gran tamaño apegadas a las paredes, y en su centro había una hermosa fuente de cristal de unos dos metros de altura con la figura de una mujer que portaba un cántaro, desde donde manaba un pequeño chorro de agua cristalina. Ambos sabían, pues las instrucciones de Bolomiris habían sido categóricas al respecto, que no se podía beber de esa agua, que estaba envenenada, y que bastaba que una gota tocase los labios de alguien para que sobreviniese la muerte del desdichado en medio de los dolores más atroces.
Así que sortearon la fuente a respetable distancia y se dirigieron hacia donde se hallaban Radomir y Bolomiris, una suerte de pequeña plataforma que servía de punto de partida a una soberbia escala de mármol flanqueada por balaustradas de hermoso diseño. Allí, cerca de los primeros peldaños, había una cavidad en el piso, llena hasta el borde con una sustancia con apariencia de excremento.
―Ufff ―se quejó Wilfried―. Huele a excremento.
―Si algo parece excremento y huele a excremento… ―sugirió Basilacco con tono jocoso.
―Debe ser sin duda el antídoto ―completó Radomir, que había disuelto una pequeña porción de la sustancia en agua y se la había dado a beber a Bolomiris, con resultados casi inmediatos, ya que la expresión de sufrimiento había desaparecido de la faz del maltrecho historiador, los colores comenzaban rápidamente a retornar a ella y su respiración tendía a normalizarse.
―Por suerte llegamos a tiempo ―comentó Basilacco, aliviado―. Cuando estábamos en el puente pensé que no lo lograríamos.
Radomir y Wilfried ni siquiera hicieron amago de contestarle. Agotados por la tensión vivida momentos antes, bebieron unos sorbos de agua de sus cantimploras y se tendieron a descansar. Basilacco los imitó. Tenían tiempo, pues Bolomiris les había dicho que debería transcurrir por lo menos una hora antes de que él estuviera en condiciones de moverse. No alcanzaron a pasar cinco minutos cuando ya los tres dormían profundamente.
―¡Vamos, tropa de haraganes! ¡Arriba! ¡Tenemos trabajo que hacer!
La voz de Bolomiris sacó con brusquedad a sus tres compañeros del mundo de los sueños. Basilacco lo contempló asombrado. Aunque todavía su rostro estaba algo macilento, su amigo parecía casi completamente recuperado, como si nunca hubiese pasado por tan horrible trance. Ese antídoto era en verdad una maravilla.
Se levantaron a toda prisa y siguieron al revivido historiador, quien ya había comenzado a trepar por la escala de mármol, hasta el final de ésta, pocos metros más arriba, hacia unos macizos portones de madera rojiza que no ofrecieron resistencia cuando Bolomiris manipuló la aldaba y los atrajo hacia sí.
La luminosidad del día penetró a raudales al recinto, rasgando y haciendo trizas la densa oscuridad que se había adueñado de él, quién sabe desde cuánto tiempo atrás. Encandilados, tratando de proteger sus ojos con sus manos, emergieron en un hermoso mirador semicircular embaldosado, circundado por una baranda de delicadas líneas, fabricada con algún material poroso de color rojizo y de liviana apariencia, primorosamente trabajada con arabescos y grabados de la más variada índole. Algunas estatuas del mismo material de la baranda, con figuras de gran tamaño de seres humanoides y animales, se repartían por el contorno.
Con las piernas temblorosas y casi sin aliento, pugnando por enfocar sus ojos aún deslumbrados por la brillante luz solar, que le daba de lleno en el rostro, Bolomiris se acerco a la baranda. ¿Habrían alcanzado por fin la tan anhelada meta? ¿Sería ése el momento que había protagonizado sus sueños por ya tantos años? ¿El momento de la verdad? ¿El de la revelación definitiva? Sintiéndose presa de una opresión casi inaguantable en la boca del estómago, hizo pantalla con sus manos y miró hacia abajo. Su corazón primero casi se detuvo y después comenzó a latir de una manera salvaje.
―¡Por las barbas de Azir! ―exclamó Basilacco, que estaba a sus espaldas.
Era verdad murmuró Bolomiris emocionado, mientras sus ojos se humedecían. Todo era verdad.
Se hallaban en el mismo borde de un precipicio, de una lisa pared de no menos de ochocientos metros de altura, a cuyos pies se extendía, tras unas colosales murallas de no menos de cuarenta metros y hasta donde la vista podía alcanzar, una fantasmal ciudad abandonada, toda cubierta por una espesa niebla de un suave y deslavado color celeste.
Parecía que la vida se había detenido en ese lugar alejado del mundo y de Azir: el silencio, aplastante, casi se podía tocar; no corría siquiera una leve brisa; un riachuelo que emergía por debajo de las murallas, estaba seco; no se veían aves; tampoco insectos; incluso la vegetación parecía rala, anémica, sin vitalidad.
¡Es enorme! ―exclamó impresionado Wilfried. Me cuesta creer que algo de semejante magnitud pueda existir en medio de estas aterradoras soledades.
¡Qué maravilla! ―se extasió Radomir―. Si no la estuviera viendo con mis propios ojos, no creería jamás en su existencia. Estaba convencido de que era sólo un mito. Tengo que devolverte el crédito, amigo mío agregó, dirigiéndose a Bolomiris y palmoteándole la espalda. Tú siempre tuviste fe.
La ciudad era en verdad impresionante. Pese a la bruma, era claramente visible una increíble aglomeración, que se extendía por varios kilómetros, de monumentales construcciones, entre las que sobresalía un gran número de puntiagudas y empinadas torres. Incluso a la distancia podía advertirse, casi con certeza, un monstruoso zigurat. Al final del valle, un sinuoso sendero empedrado apenas visible, trepaba por un costado de un risco de paredes casi verticales, que se elevaba unos mil doscientos metros sobre la urbe, y cuya cima estaba coronada por un enorme castillo, de torreones tan altos que parecían querer rasguñar el cielo. Allí, la niebla era aparentemente más densa que en el resto del lugar.
Bolomiris, con el corazón a punto de salirse de su pecho, disfrutó del momento. Era la coronación de sus esfuerzos, de sus desvelos, de su sacrificio. Su triunfo definitivo. La ciudad existía, real, tangible, concreta. No era pues sólo una leyenda. Ahora podría, por fin, darla a conocer al mundo, sin temor de que lo tildasen de charlatán, de iluso o, lisa y llanamente, de loco, como ya algunos de sus colegas cuchicheaban a sus espaldas.
―Esa neblina es muy extraña ―reparó Wilfried, interrumpiendo de golpe las cavilaciones del naturalista.
―Sí ―corroboró Radomir―. Cubre por completo la ciudad, pero desaparece a un par de metros de ella, como si allí hubiese una barrera.
―Y el color… ―insistió Wilfried―. Nunca había visto una neblina así.
―Todo parece ser cierto ―musitó Bolomiris―. Todo. Sólo nos falta comprobar una cosa.
 ―¿A qué te refieres? ―lo interrogó Basilacco.
―Ya lo verán. ¡Vamos! Debemos bajar.
A un costado del mirador había una escalinata de piedra que, apegada a la pared rocosa, descendía con una pendiente terrible hacia el valle. Bolomiris palideció al verla. ¡Ochocientos metros! ¡Azir bendito! Bajaría sentado y con los ojos cerrados. O arrastrándose de espaldas, si era necesario. Hizo ademán de dirigirse hacia ella.
―No tan rápido, amigos ―dijo a sus espaldas una gélida voz femenina, que parecía penetrar por todos los poros.
Sobresaltados, se volvieron en el acto para encontrarse frente a frente con las dos mujeres y el gigante negro, que parecían haber brotado de la nada. Bolomiris lo atribuyó a la sorpresa, que le estaba haciendo ver visiones, pero lo increíble del caso es que daban la impresión de estar suspendidos en el aire.
―¿Quiénes son ustedes? ―preguntó Basilacco, echando mano a su cuchillo de monte―. ¿Qué quieren? ¿Qué hacen aquí?
La mujer no contestó. Con una siniestra sonrisa bailoteando en su rostro, extendió su mano derecha y algo parecido a un rayo azul, muy brillante, surgió desde la punta de sus dedos y alcanzó a Wilfried en el medio del pecho, levantándolo como a una brizna seca y arrojándolo sobre el borde de la baranda hacia el precipicio. El horrorizado grito que escapó de la garganta del desventurado historiador, que se unió a los que lanzaron sus tres compañeros, se perdió en las profundidades.
―¡Wilfried! ―gritó Radomir, y se abalanzó hacia la baranda justo en el momento en que un segundo rayo lo impactaba con enorme violencia por la espalda y lo enviaba detrás de su compañero. El infortunado se desplomó sin exhalar un solo grito.
―¡Wilfried! ¡Radomir! ¡Noooo! ―gritó Basilacco, mientras extraía su puñal y se aprestaba a lanzarse sobre los desconocidos. No llegó a hacerlo, sin embargo. A la mujer rubia le bastó un leve ademán para que el cuchillo saliera volando por los aires y el historiador se quedase mirando estupefacto su ahora adolorida muñeca.
―¡Quietos! ―exigió la voz de la mujer, y ambos amigos advirtieron que sus piernas parecían haberse anclado en el piso embaldosado. Bolomiris sintió que una angustia irreprimible lo invadía, mientras en su fuero interno una voz que provenía desde muy adentro le decía que quizás era ésa la sensación que a uno lo dominaba cuando se hallaba en las mismas puertas de la muerte. Basilacco se sintió doblegado por una extrema impotencia, la de no poder hacer nada para desquitarse, para castigar a la asesina, para vengar la muerte de sus dos amigos. Con gran dificultad logró dominar el torrente de furia y de dolor que buscaba emerger desde sus entrañas, y éste quedó allí, esperando, como una fiera herida agazapada aguardando el momento propicio para dar el zarpazo.
Paralogizados, uno furioso y el otro temblando de terror, los dos expedicionarios aguardaron su turno. Bolomiris tenía los ojos cerrados y un sudor frío comenzaba a correr a raudales por todo su cuerpo, mientras un llanto silencioso bañaba sus mejillas. Así que ése era el final, después de todo, cuando estaba tan cerca, cuando había sido capaz de soportar hasta el veneno para llegar allí, cuando ya había contemplado la ciudad y constatado que no era una leyenda. ¡Qué injusto! Todo había sido en vano. Todo. Moriría, sin pena ni gloria. Sin dejar huella alguna para la posteridad. Sin que jamás sus hijos hubiesen tenido la oportunidad de sentir orgullo por él. Transcurrieron varios segundos, que parecieron eternos, sin que nada sucediera. “Azir, apiádate de tu siervo” oró en silencio, mientras algunos espasmos sacudían su cuerpo y los dientes le castañeteaban con violencia.
―Ahora que ya nos ubicamos en las posiciones que nos corresponden ―señaló entonces la mujer, con esa voz terrible que parecía invadir cada célula del cuerpo―, quiero que pongan mucha atención a lo que voy a decirles.
Las palabras resonaron con fuerza en el interior de la mente de Bolomiris. Fue una sensación muy extraña, como si el sonido no hubiese penetrado por el conducto normal: los oídos, sino que hubiese llegado directamente al cerebro. Telepatía, pensó Bolomiris, en medio de su terror. Cierto, Bolomiris, le contestó mentalmente la fría voz de la mujer. Muy cierto.
―Los hemos hecho venir ―continuó la mujer― porque queremos encargarles una misión.
―Está equivocada ―corrigió Basilacco―. Nadie nos hizo venir. Fue iniciativa nuestra.
―Vamos, Basilacco… ¿crees, por ventura, que alguno de ustedes habría podido llegar hasta aquí indemne si no le hubiésemos trasmitido a Bolomiris exactamente qué tenía que hacer para lograrlo? Amigo mío, no seas iluso.
―¿Tú sabías…?
―Yo…
―No, Basilacco. Él no lo sabía. Simplemente creyó que había tenido una fortuna increíble cuando halló aquel documento que describía en detalle el camino hasta acá. Pero la fortuna, como uno aprende muy bien a lo largo de su existencia, es un bien escaso. Las coincidencias, también. Ahora, volvamos a lo que nos convoca. Tal como les decía, los hemos hecho venir porque queremos encargarles una misión.
―Nosotros…
―¡Silencio! No oses volver a interrumpirme, Basilacco. Yo te diré cuándo debes hablar. Por el momento, limítate a escuchar ―lo miró fijamente por algunos instantes y Basilacco, incapaz de soportar el peso de su mirada, bajó la suya, hirviendo de furia en su interior―. Hay ciertas historias que deben ser olvidadas ―continuó la mujer, como siempre sin despegar los labios―, historias que no es conveniente para nadie que afloren, que salgan a la luz, historias que deben permanecer enterradas, en lo posible, por toda la eternidad. ¿Me siguen?
―S-s-sí, s-s-señora ―contestó Bolomiris. Basilacco guardó silencio.
―La historia de esta ciudad es una de ellas. Necesitamos sepultarla, hacerla desaparecer, lograr que nadie la recuerde, y para eso, requerimos de sus servicios. Ustedes tienen los conocimientos y las habilidades que se precisan para lograrlo. ―Hizo una pausa y los contempló con la misma fisonomía que adopta un gato cuando contempla a un ratón momentos antes de zampárselo―. Tú, Bolomiris, eres un prestigioso naturalista. Además, según entiendo, eres historiador aficionado y también escribes crónicas. ¿Verdad?
―S-s-sí, s-s-señora.
―Y tú, Basilacco, eres un connotado historiador. ¿Estoy en lo correcto?
―No tengo por qué contestar a esa pregunta.
―Como desees. El asunto es que uno de ustedes, sólo uno, se pondrá, a partir de este momento, a nuestro servicio para conseguir ese objetivo. Sólo uno de ustedes, y tú, Bolomiris, serás quien decida cuál de los dos recibirá ese honor.
―¿Y-yo?
―Sí. Tú, mi querido amigo. De ti depende que tu fiel camarada Basilacco permanezca con vida. O que seas tú quien sobreviva.
―¡No entres en su juego! ―exclamó Basilacco, horrorizado―. ¡No les des en el gusto!
―¿Quién, Bolomiris? ―la sonrisa de la mujer era amplia y sardónica. Evidentemente disfrutaba de la situación―. ¡Vamos! Dime.
Bolomiris comenzó a sollozar. Basilacco era su mejor amigo, el que siempre había estado junto a él en las buenas y en las malas, el que lo había apoyado cuando, inmerso en un pozo profundo, se había encontrado sin posibilidades ni ganas de salir a flote, el único que le había tendido la mano. Azir sabía que habría dado todo por elegirlo a él, pero el miedo que sentía se lo impedía. Era un cobarde, lo sabía, y los cobardes no ejecutan actos heroicos. No son capaces. Miró a Basilacco con los ojos llenos de lágrimas y éste supo de inmediato su decisión. Lo contempló por algunos instantes con una expresión parecida al asco y luego volvió la vista, con decisión en la mirada, hacia sus verdugos.
―Así es la vida, Basilacco ―le trasmitió, con una amplia sonrisa, la mujer rubia―; pletórica de desilusión y desengaño.
Luego extendió su mano y el consabido rayo azul golpeó de lleno a Basilacco en el pecho y lo lanzó, por sobre la baranda, hacia el abismo. El macizo historiador cayó sin lanzar un gemido.
―Bienvenido al equipo, Bolomiris ―trasmitió la mujer rubia, y su sonrisa se hizo más siniestra―. No puedo dejar de mencionarte que ésta era una prueba de valentía. Si hubieses elegido a tu amigo, ambos estarían vivos en este momento. ―El desventurado naturalista gimió como si lo hubiesen azotado con un látigo guarnecido de espinas―. De todas formas, agradezco tu preferencia, tu buena disposición y tu confianza. No esperaba menos de ti, amigo mío. Ahora, ven conmigo. Debemos bajar. Necesitarás mucho tiempo para realizar todo lo que vamos a encomendarte, y voy a proporcionártelo.
Y sin más, se elevó en el aire, hizo levitar con un ademán de su mano al desventurado naturalista, que lloraba de miedo, y enfiló a toda velocidad hacia el fondo del abismo arrastrándolo tras sí. El alarido de horror de Bolomiris retumbó por algunos instantes contra las lejanas paredes del valle, para luego desvanecerse lentamente, como la neblina de la mañana, hasta desaparecer en las inmensas soledades por siempre jamás.




[1] Según las leyendas oramitas, los sefires eran enormes seres voladores, mezcla de ave y saurio, que disputaban con los dragones y las águilas gigantes, en épocas muy pretéritas, el dominio de los cielos del continente. Se decía que estaban dotados de gruesas pieles escamosas vivamente coloreadas, cuello y cola muy largos y fuertes, y poderosos brazos transformados en alas de gran envergadura. Los relatos los mostraban como seres muy agresivos y sanguinarios pese a que, a diferencia de los dragones, no eran capaces de lanzar fuego por sus fauces.
[2] Exquisito Cesón: “Filología al alcance de su mano y su bolsillo”, tomo XIX, página 1142.
[3] Al respecto, las anotaciones del connotado filólogo y etnólogo pekbasilano Potente Delirant (“Completa guía del origen y significado de los nombres de las localidades de Pek Basila”, volumen IV, páginas 1025 a 1048) advierten que el tratado en el que los expertos lingüísticos enanos analizan la dichosa frase está conformado por dos tomos de más de quinientas páginas cada uno, y aquél donde desmenuzan éste, de dieciocho volúmenes de similar extensión.
[4] Exquisito Cesón: “Filología al alcance de su mano y su bolsillo”, tomo XII, página 721.
[5] En Pek Basila era una costumbre muy difundida, la de utilizar como nombres de pila adjetivos que denotaban cualidades o virtudes. Así, eran muy frecuentes apelativos tales como Atractivo, Simpático, Fino, Exquisito, Varonil, Genial, Estupendo, Brillante, Portentoso, Importante, Inteligente, Insuperable, Potente, Poderoso, Semental, Biendotado y muchos más por el estilo entre los hombres, y Suave, Deliciosa, Delicada, Femenina, Regia, Hermosa, Ardiente, Fragante, Hacendosa, Cálida, Comprensiva, Receptiva, Acogedora, Briosa, Biendispuesta, Fogosa y otros de similar naturaleza entre las mujeres (algunos apelativos de género neutro, tales como Incansable, Infatigable, Resistente, Amable, Pujante y Eficaz, eran usados indistintamente por los dos sexos). Por cierto, no eran las características del indefenso infante las que primaban en la elección del nombre, sino las expectativas y los íntimos deseos que sus padres se habían forjado al momento de escogerlo, por lo que muchos pequeños debieron cargar pesados fardos de por vida por culpa de los anhelos paternos.
[6] Azir, dios del bien, de la vida y de la luz, era la principal deidad de la mitología humana en Ombur. Se le mostraba, en las numerosas imágenes que de él existían, como un anciano venerable, de larga barba blanca y vestido a la usanza campesina. Gobernaba los destinos del universo junto a su pareja, la diosa Lía, bastante más joven en apariencia que él, y con su hijo Jecho. Juntos formaban la llamada Santísima Trinidad.