sábado, julio 27, 2013

Capítulo 6: Negociaciones financieras

Valeria se presentó de sopetón delante de los dos guardias que custodiaban el acceso a la antecámara del trono, sobresaltándolos. Ninguno la había visto acercarse.
―Llama al Chambelán ―exigió en tono perentorio a uno de ellos.
―Como ordene, Su Alteza ―contestó el guardia, haciendo una profunda reverencia y retrocediendo presuroso hacia el interior de la estancia. Unos cuantos segundos después retornó acompañado de Lemo, el Gran Chambelán del reino, que era el encargado de atender a las visitas de Su Majestad Dertrar II el Esforzado y definir cuáles de ellas tenían el privilegio de ver al soberano en persona. Delgado, de estatura mediana y muy cuidada apariencia, Lemo frisaba la cincuentena, y había sido muy cercano a la reina Delma antes de que ésta abandonara las dependencias reales y se estableciera en las suyas propias.
―¡Valeria! ¡Su Alteza! ¡Qué gusto verte, mi pequeña! ―Lemo había sido uno de los “tíos” más queridos de Valeria durante su niñez, y ella seguía sintiendo un aprecio especial por él― ¿A qué debemos tu visita? ¿Quieres ver a tu padre?
―Sí, tío. Debo hablar con él cierto asunto. Hazme el favor de anunciarme.
―Si el asunto es financiero, debo advertirte que no está de muy buen humor. Te anunciaré de todos modos.
―Gracias.
Valeria se dispuso a esperar. A su padre le gustaba tomarse unos minutos antes de autorizar el ingreso de quienes solicitaban audiencia, fuesen quienes fuesen, así que tendría que tener paciencia. Dertrar II el Esforzado… sonrió al pensar en el apodo de su progenitor. Samir le había relatado algunas historias al respecto, y aunque al comienzo había sentido algo de pena, ahora sólo le producían complacencia. Así de grande era el deterioro que había sufrido en su mente y en su corazón la imagen de su padre. Y no exactamente por culpa de ella.

Agregar un apodo al nombre del rey ha sido una práctica muy usual a lo largo de la historia. Generalmente el alias tiene que ver con el desempeño del monarca en su cargo ―el Grande, el Conquistador, el Cruel, el Prudente, el Pacificador, el Piadoso, el Terrible, el Azote de Dios, el Empalador, por citar algunos―, aunque también se han dado casos en que hace referencia a sus características físicas ―el Breve, el Calvo, el Tartamudo, el Cojo, por ejemplo. En Ombur, sin embargo, no correspondía a ninguna de estas causales. Tanto es así, que el rey recibía el apodo antes de ser coronado.
El procedimiento, al parecer tan antiguo como el mismo reino, funcionaba así: un par de días antes de la ceremonia de coronación se reunía el denominado Consejo del Pueblo ―que era una agrupación conformada por algunos nobles principales (cuyo cargo era vitalicio y hereditario), un delegado de los comerciantes, uno de los ciudadanos, uno de los pescadores, el comandante de la Guardia Real, el Senescal y el Gran Chambelán, y cuyo único fin era elegir el apodo―, y seleccionaba para tal efecto una cualidad que se estimaba indispensable que el rey poseyera, pero de la cual éste carecía completamente o la poseía en grado mínimo.
De esta forma se pretendía que en el mismo momento de asumir, el nuevo soberano conociese la carencia que sus súbditos más deseaban que él superase.
No dejaba de haber sabiduría en esta costumbre, que obligaba al monarca a escuchar la voz de su pueblo desde el mismo inicio de su mandato. Sin embargo el tiempo la había desvirtuado: el Consejo muchas veces se ensañaba al seleccionar el apodo, perjudicando inmerecidamente al soberano por el resto de su reinado. Valderán III el Alto, por ejemplo, medía sólo 1,48 mts,; Liborio II el Esbelto tenía problemas hormonales que le hicieron ser durante toda su vida muy, pero muy gordo; Guajo I el Sonriente tenía una dentadura horrible, ya que le faltaban piezas dentales y las que le quedaban estaban totalmente cariadas y carcomidas, por lo que, como es natural, evitaba sonreír. En esos casos el Consejo fue notablemente cruel; hasta podría decirse despiadado e inclemente.
Hubo, sin embargo, casos en que los apelativos estuvieron tan bien escogidos, que los monarcas respondieron al llamado implícito en ellos: Escobasio I el Casto, en su juventud un extremadamente peligroso sátiro sexual que perseguía a toda mujer que se le ponía por delante, no importando si era joven o vieja, ampulosa o estilizada, bonita o fea, casada o soltera, a partir de su coronación, y en especial de su matrimonio con Oligia Extasiada, se convirtió en un ejemplo de pureza y fidelidad, verdadero modelo para sus súbditos; Anábolo IV el Gentil pasó de ser un ordinario y maleducado pelafustán capaz de sonarse con la capa de su vecino o cortarse las uñas mientras almorzaba, a ser un gentil caballero, galante, correcto, educado, un verdadero señor, gracias a la influencia de su esposa, Terciana Regia; Pancracio I el Sabio, que al asumir su cargo era un ignorante redomado, completamente inculto, incluso analfabeto, contrató los mejores profesores de todas las disciplinas y comenzó un afiebrado plan de estudios que le permitió, luego de varios años de persistente esfuerzo, dominar la mayor parte de los conocimientos existentes, transformándose en los hechos en el más grande exponente del saber, la cultura y la ciencia de su época.
Pero hubo muchos otros casos en los que, pese a la buena intención del Consejo, los monarcas insistieron en su conducta original. Está documentado que Abadesio II el Honesto era un sinvergüenza de la peor especie, un ladrón redomado que desvalijó el Tesoro del reino en su propio beneficio, en el de sus seis amantes y en el de la multitud de hijos ilegítimos que tuvo con éstas, dejándolo en bancarrota y recargando a sus súbditos con impuestos muy elevados para compensar su rapiña; Ligésimo I el Confiado fue un individuo enfermo de desconfiado, celoso, receloso, escéptico y suspicaz, que vigilaba permanentemente hasta los mínimos pasos de sus ministros, ayudantes, colaboradores y, en especial, de su esposa(pese a todo, con no muy buenos resultados, hay que decirlo); Neocio III el Intrépido era un cobarde en todo el sentido de la palabra, un ser incapaz de enfrentarse a la más pequeña rata, cucaracha o lagartija que surgiere ante su vista, y que se desmayaba cuando veía una araña, por pequeña que ésta fuese, o cuando alguien dejaba caer algún objeto pesado en su cercanía (los miembros de su séquito se dedicaban a dejar caer a propósito libros, bandejas u otros objetos resonantes, para disfrutar contemplándolo mientras ponía los ojos en blanco y se precipitaba al suelo como verdadero saco de patatas); y Rocambolo I el Frugal pesaba 140 kilos, comía como náufrago y tenía la agilidad de una tortuga en una cuesta empinada. Diomesio I el Generoso, que aportó su famoso calendario (fue en realidad uno de sus súbditos, cuyo nombre se ha perdido en la maraña del tiempo, el que lo creó, pero el rey se llevó todo el crédito), era tan dadivoso como un puño de trapecista o como una habitación cerrada con candado y, al contrario de Abadesio II, hizo crecer el tesoro del reino a dimensiones nunca conocidas antes, aunque al término de su reinado su sucesor tuvo que invertir una fortuna en efectuar las mínimas refacciones necesarias para que el palacio real pudiese habitarse con algún grado de confort básico, luego de veinticinco años de nula mantención y mínimo aseo.
En cuanto a Dertrar II el Esforzado, era conocido desde muy joven por su afición a levantarse cerca del mediodía, dormir reparadoras siestas al comienzo de la tarde y permanecer recostado en un sillón durante el resto del día dedicado a disfrutar de la vida placentera que llevaba. Era un hombre obeso, holgazán y extremadamente cómodo. Era también un déspota y un mal educado, un verdadero patán en todo el sentido de la palabra, cuya mayor preocupación existencial, y acaso también la única, consistía en disfrutar de manera permanente de todos los placeres que la vida puede entregar a quien dispone del tiempo y las riquezas necesarios para proporcionárselos. De manera que vivía inmerso en festejos y grandes celebraciones con muchos invitados, rodeado de hermosas mujeres dispuestas a atender todos sus deseos e ingiriendo profusamente manjares y licores, mientras su extenso séquito lo halagaba y agasajaba, procurando idear entretenciones y espectáculos que le divirtieran, tarea relativamente sencilla pues el soberano era de gustos poco refinados.

Poco menos de quince minutos debió aguardar Valeria antes que Lemo se asomara y, encogiéndose de hombros a modo de disculpa, la invitase a seguirlo.
La antecámara del trono, el lugar donde Dertrar II el Esforzado pasaba la mayor parte del tiempo cuando el clima le impedía salir a los jardines, era una estancia enorme, tan grande que había hasta una piscina de aguas termales en su interior. El monarca estaba recostado en un cómodo diván situado sobre una plataforma que se alzaba un metro por sobre el resto de la habitación, rodeado de pequeñas mesas atestadas de frutas, sumos y manjares de toda índole. Una bella esclava de tez morena, con hábiles movimientos, se encargaba de masajearle los pies.
Mientras Valeria se acercaba al monarca, siempre acompañada por Lemo, un individuo delgado, de mediana estatura y barbilla recogida se despegó del lado del monarca y salió a recibirlos.
―Mi querida niña ―la saludó con voz melosa y aflautada―, dichosos los ojos que vuelven a verte después de tanto tiempo. ¿A qué debemos tan grata visita?
―Preferiría decírselo personalmente a mi padre, si no te molesta, Glaunis.
―¡Oh! Pero no faltaba más. Su Majestad me pidió que te lo consultara, porque él está un poco… indispuesto ―su voz se volvió un susurro―. Ji, ji, ji. Pero si prefieres hablar directamente con él, estás en tu derecho. Ji, ji, ji. Y él también en decidir si te contesta o no.
Glaunis de Odonat era el secretario privado de Dertrar, el hombre que atendía todos sus asuntos personales, incluso los más íntimos. Pese a su actitud aparentemente servicial, servil incluso, Valeria lo consideraba un hombre peligroso, muy poco confiable, de ésos dispuestos a acuchillarte apenas das vuelta la espalda. Era el principal confidente del rey, aquél que le daba a conocer las murmuraciones y habladurías que recorrían los interminables pasillos del palacio, el responsable de mantener informada a Su Majestad.
Sin prestar más atención a Glaunis, Valeria se acercó al diván donde descansaba su padre. El monarca la vio acercarse con una mirada de desagrado.
―Imagino que después de seis meses sin aparecerte por aquí, no es precisamente el amor filial el que te trae de vuelta ¿verdad?
―Nunca he podido engañarte, padre mío. Lees en mi mente como en un libro abierto.
―Imagino que tienes entre manos un espécimen interesante en esta oportunidad. No tengo intenciones de seguir financiando expediciones a las llanuras.
―Varios, en realidad ―le respondió ella con una leve sonrisa, alcanzándole una copia de la lista que le había entregado a Oriol. El gusto por los animales exóticos era el único interés que compartía con su padre, y si no hubiera sido por él, podrían perfectamente haber pasado años sin verse.
―¿Las Tierras Bajas? ¿Quién se atrevería a internarse en esas selvas impenetrables?
―¿Has escuchado hablar de un tal Oriol?
―No estoy seguro ―miró a Glaunis, esperando alguna acotación de parte de éste.
―Es un aventurero que vive en los extramuros, Su Majestad. Todos los años, para estas fechas, organiza expediciones a las llanuras. Los ejemplares que captura los vende en la Feria Primaveral. Entiendo que la princesa ya le ha adquirido algunas de sus piezas. Sería primera vez, que yo sepa, que viaja a las Tierras Bajas.
―Ya lo recuerdo. Es un gigantón barbudo ¿verdad?
―Él mismo, padre mío.
―¿Y confías en él?
―Plenamente.
―Supongamos que me intereso. ¿De cuántos dertrares[1] estamos hablando?
Valeria le pasó otro papel, y el rey lo contempló por largos instantes en silencio.
―Pides demasiado ―dijo luego.
―Si lo autorizas, aceptaré que la colección se abra al público durante un mes.
―¿Y dices que estará de vuelta para la Feria Primaveral?
―Si comienza sus preparativos de inmediato, alcanzará a volver sin inconvenientes.
―Que sean tres meses.
       ―Acordado.



[1] El dertrar es la moneda oficial del reino de Ombur. Lleva el nombre del monarca en ejercicio, Dertrar II el Esforzado, y equivale a cien coronas.

Capítulo 5: El plan de ataque

Florian miró a través del empañado cristal de la ventana y comprobó con pesar que sus posibilidades de salir de la casa eran casi inexistentes (el casi es un eufemismo; la verdad es que no existía posibilidad alguna): parecía que el agua la lanzaban con baldes desde lo alto, se veía escasamente a dos metros, el ventarrón amenazaba con arrancar todos los especímenes vegetales existentes en los alrededores y, como si eso fuera poco, el jardín era un verdadero pantano.
Se vistió con rapidez y bajó a la sala de estar, donde ya desayunaban sus dos hermanas junto con Calisto, Inocencio, Filemón y el siempre compuesto Afanor (por cierto, esta vez el mayordomo había tomado la precaución de sentarse a prudente distancia del muchacho). Se sentía nervioso, presa de una extraña ansiedad, como si una fuerza ajena a él hubiese tomado posesión de su voluntad y lo impeliese a averiguar, con la mayor premura posible, cualquier dato, lo que fuera, por mínimo que pareciera, acerca de la Edad Oscura.
Porque esa época tenía que haber existido, tal vez milenios atrás. Cierto que no figuraba en su libro de historia, pero eso no quería decir nada, porque ninguna época antigua figuraba en él. De hecho, la obra planteaba que antes de la Nueva Era, Ombur estaba deshabitado, y que sus primeros habitantes habrían sido inmigrantes provenientes de Pek Basila. Extraño, por decir lo menos, ya que existían notables diferencias culturales, idiomáticas e incluso raciales entre las poblaciones de ambos países.
Florian se sentó al lado de Inocencio y, mientras daba cumplida cuenta de los deliciosos manjares que Digna le había servido, le hizo algunas consultas. Se le había ocurrido una idea y quería confirmar algunos datos con él. El gigante moreno lo escuchó con atención y luego salió corriendo, para volver en pocos minutos con una pequeña bolsa en sus manos, la que entregó al muchacho.
Cuando finalizaron su desayuno, cosa increíble, sin que se produjese incidente alguno, los tres hermanos y su inseparable Filemón recibieron instrucciones terminantes de parte de Ilena de no salir del palacete por motivo alguno.
―¡Pero mamá! ―intentó alegar Florian, más que nada por hacer patente su incomodidad, ya que sabía de antemano que nada de lo que dijese conmovería a la estricta condesa―. Nos aburriremos como ostras aquí.
―Es posible, te lo concedo, pero igual que las ostras, sobrevivirán, cosa que no veo tan clara si salen a la intemperie. Nadie se ha muerto aún de aburrimiento, pero sí porque alguna muralla derruida le ha caído encima, porque ha sido golpeado por tejas arrancadas por un ventarrón o por la rama desgajada de un árbol. También se ha sabido, por si lo desconoces, de muertes causadas por pulmonías. De manera que no más discusiones. Eres un muchacho imaginativo, así que inventa algún juego para que entretengas a tus hermanas, pero dentro de la casa.
Lo que faltaba. Ahora tenía, además de latearse soberanamente, que entretener a sus hermanas. Las miró ceñudo. Estaban las dos sentadas a la mesa haciéndose las desentendidas pero muy atentas a cada palabra. En todo caso, no tendría que esforzarse en demasía en cumplir las instrucciones de su madre. Ya tenía decidido lo que haría durante el resto de la mañana. Había trazado un plan, y sus hermanas formaban parte de él. Las invitó a seguirlo con un gesto y, tras rozar con sus labios la mejilla de su madre, partió escaleras arriba.
Filemón lo siguió de inmediato, con tan mala fortuna que pasó a llevar, sin darse cuenta, el gran tazón donde Digna, su madre, le había servido su ración matinal de leche caliente, y que aún tenía colmada al menos una cuarta parte de su capacidad. El objeto, como si algún genio perverso lo impulsara, se deslizó un par de metros sobre la mesa, como si estuviese patinando, y fue a derramarse directamente sobre Afanor, quien se hallaba empecinado en acabar con su ración de huevos revueltos con queso y jamón. El grito de indignación y sorpresa del desventurado mayordomo sobresaltó a todo el resto de los comensales, e hizo que Filemón partiera, aterrado, a refugiarse tras las faldas de su madre.
―Calma, calma ―intervino Prudencio, que venía recién entrando a la sala procedente de su dormitorio, mientras Ilena movía la cabeza como diciendo “esto no tiene remedio”―. Fue solo un susto. ¿Verdad, Afanor? Un pequeño percance. Fil, ya te lo hemos repetido tantas veces. Tienes que tener más cuidado, muchacho. Fijarte bien por donde caminas.
―S-s-sí, señor ―contestó el muchacho, muy avergonzado y sin atreverse a mirar hacia Afanor, quien contemplaba su hasta hacía algunos momentos impecable traje sin poder aún dar crédito a sus ojos.
―Pídele disculpas al señor Afanor ―susurró Digna, muy acongojada.
―D-disculpe, s-señor ―musitó el muchacho, con un hilo de voz―. Tendré más cuidado en adelante. Lo prometo.
―No hagas promesas en vano, muchacho ―contestó el mayordomo sin mirarlo―. Eres un caso perdido. En adelante procura sentarte lo más lejos que puedas de mí.
―S-sí, señor.
―Vamos, Fil. Te necesito ―le gritó Florian desde la escalera. El muchacho, después de lanzar una última mirada a su enfurecida víctima, partió corriendo, golpeando al pasar el extremo de la mesa y haciendo que un jarro con jugo comenzara a tambalearse. Todos se quedaron estupefactos mirándolo, sin atinar a nada, mientras Afanor intentaba desesperadamente correr el pesado sillón en el que se había sentado y pararse. No alcanzó a hacerlo, sin embargo, pues el contenido del jarro, que estaba casi lleno, se derramó sobre la mesa y luego cayó como una colorida cascada sobre las ya empapadas calzas del mayordomo. Filemón, espantado, desapareció escaleras arriba, mientras un rugido, mezcla de angustia, desolación, impotencia y furia, surgía de la garganta de Afanor y llenaba la sala. Todos los demás comensales, aún atónitos, guardaron respetuoso silencio.
Minutos más tarde Florian, sus dos hermanas y un pálido y tembloroso Filemón, se reunían en el interior de la habitación del primero.
―¡Qué barbaridad! ―dijo Celeste, mirando ceñuda a Filemón―. ¿Cómo es posible que no puedas pasarte aunque sea un día sin hacer desaguisados?
―No lo hice a propósito ―repuso él, con semblante dolido.
―No lo hice a propósito ―remedó la niña―. ¿Y con semejante excusa se supone que todo queda arreglado?
―Déjalo tranquilo, Cel ―intervino Florian―. Bastante mal lo pasó abajo como para que tú ahora lo reprendas.
Celeste iba a contestar pero Perla la detuvo con un gesto.
―Muy bien, Flo ―preguntó, mirando con fijeza a su hermano mayor―, dinos ahora ¿qué te traes entre manos?

A sus catorce años, Florian ―o Flo, como cariñosamente lo llamaban Digna y sus hermanas (por cierto, cuando las relaciones con estas últimas no estaban cortadas o maltrechas, cosa que ocurría bastante a menudo), o Florito, como se dirigía a él en cualquier lugar, sin importar quien estuviese escuchando, Ilena, su madre, para su indignación y vergüenza― era un chiquillo despierto y ágil, curioso e inquisitivo (intruso y metiche, decía Nomeolvides, su abuela materna) aunque algo introvertido. Tenía una imaginación muy fértil, y no era extraño, más bien era habitual, hallarlo ensimismado, inmerso en los magníficos sueños que su inquieta mente creaba a raudales. Por eso, quienes no lo conocían lo tachaban de distraído y de “volado”; de “andar en las lunas” como también decía su abuela, ácida crítica de su conducta y comportamiento.
Perla, por su parte, era una niña muy inteligente, vivaz, aguda y observadora. De carácter firme, era más alegre y extrovertida que su hermano, aunque tenía cierta tendencia a la mordacidad y a la ironía. Y Celeste, salvo cuando le ponían a Filemón por delante, era la dulzura personificada. Muy femenina, inocente, cariñosa y despreocupada, alegraba con su hermosa sonrisa y su carácter amistoso y juguetón la vida de quienes la rodeaban.
Párrafo aparte merece el mencionado Filemón, único hijo de Digna con algún desconocido novio juvenil. Algo pequeño para su edad, era muy tímido y reservado, tanto que se hacía muy difícil hacerlo hablar, en especial en presencia de extraños. Tenía una característica singular que lo identificaba con nitidez, que era algo así como consustancial a su persona, como su sello de fábrica: su extrema e inigualable torpeza. Porque parecía que las personas, animales o cosas tenían algún pacto entre sí que las obligaba a sufrir perjuicios en las cercanías del muchacho. Sentarse a la mesa a su lado era retar al peligro. Con seguridad pasaría a llevar algún jarro con agua, leche o jugo, una taza de té o incluso un plato de sopa caliente, y la derramaría sobre su desventurado vecino. Qué hablar de salsas, jaleas, compotas, mieles y mermeladas. Era inevitable que los vecinos terminasen con un nutrido muestrario de gruesas y voluminosas manchas en su vestimenta, en su piel o incluso en su cabello (eso, si no acababan con todo el pote de sombrero, como ya había ocurrido en más de una oportunidad). ¿Había que trozar un muslo de pollo? Invariablemente terminaría en el otro extremo de la mesa, inserto en algún sector de la anatomía o del vestuario de algún desdichado comensal. Qué hablar de mandarlo a hacer tareas que requiriesen de cierta motricidad fina o habilidad manual; era asegurar el destrozo del objeto que debía manipularse. ¿Y el transporte? Fuere el objeto que fuere, se garantizaba que llegaría a su destino incompleto, si es que sobrevivía al par de buenos porrazos que, por parte baja, recibiría en el trayecto. ¿Lavar o secar vajilla? Con plena certeza varias piezas quebradas. ¿Pasar el plumero? Ni hablar: algún jarrón o pieza de adorno destrozado. Y así sucesivamente.
Pero no se trataba sólo de un asunto de torpeza. Había algo además, una suerte de maleficio muy poderoso y competente que atraía infortunio, desgracia y fatalidad a la enjuta humanidad del muchacho donde fuere que se hallare. Porque Filemón también tenía severos inconvenientes en sus relaciones con el universo que lo rodeaba. En efecto, podía estar el camino despejado y existir sólo un obstáculo alejado; pues el bueno de Filemón tropezaba con él. Una sola pila de excremento dejada por algún animal en cientos de metros a la redonda; Filemón la pisaba. La única zanja visible en un campo de numerosas hectáreas; Filemón metía el pie en ella. Un único hoyo en kilómetros a la redonda; Filemón se caía en él. Y así en cada actividad que emprendía. Digna sufría mucho por tal situación, pero para el resto de los habitantes de la mansión ya era algo del inventario, que formaba parte de los hábitos y costumbres de la casa, rutinario, y no se hacían problema por ello. Incluso Florian, que sentía aprecio por el muchacho, había insistido en que fuese su asistente personal, aunque ello significase que todas sus pertenencias quedasen en riesgo de ser destruidas o, al menos, inutilizadas. Con lo único que le tenía estrictamente prohibido meterse, era con su colección de insectos disecados y con sus libros.
Florian mantenía una buena relación con sus hermanas, no exenta, desde luego, de las típicas peleas y discusiones tan comunes entre hermanos, pero marcada por sorprendentes visos de camaradería, compañerismo y complicidad. Ellas eran, junto con Filemón, quienes lo acompañaban en sus recorridos por la ciudad y sus alrededores a la búsqueda de aventuras. También las que compartían sus conversaciones y sus elucubraciones acerca de mundos fantásticos, héroes invencibles y bestias fabulosas.
Este hecho no era circunstancial. Tampoco producto de alguna enseñanza especial que les hubiesen brindado sus padres o de algún instintivo y profundo sentimiento filial que llevasen anidado en sus corazones desde su nacimiento. Más bien provenía, como tantas cosas en la vida, de la necesidad. Podría decirse que estaban obligados a andar unidos, a jugar juntos, a relacionarse sólo entre ellos, pues no les quedaba otro remedio. Ninguno tenía amigos en el vecindario, ni tampoco en el resto de la ciudad. Y no era porque no hubiese más niños en las casas vecinas. Los había, numerosos y de edades similares a Florian y sus hermanas, pero todos ellos tenían prohibición expresa de sus padres de juntarse, incluso de hablar o de establecer cualquier tipo de intimidad, con los hermanos Eleccis. De hecho, la familia completa había sido aislada por sus vecinos, y por casi toda la alta sociedad de Moine, a causa de un gravísimo pecado que cometían en forma descarada y permanente a vista y paciencia de todo el mundo: no poseían esclavos. Peor que eso: se negaban rotundamente a tenerlos. Y, más peor aún, constantemente adquirían algunos para otorgarles la libertad.

Florian contempló a sus hermanas con una expresión de complicidad. La tarea que se preparaba a emprender iba a requerir de mucho esfuerzo y creatividad, y no iba a poder enfrentarla solo. Tenía claro que las muchachas no aportarían mucho y Filemón menos todavía, pero era mejor que nada. Además, hacerlo con ellas tenía ese prohibido sabor a confabulación, a complot, a conspiración, que tanto le agradaba. En pocas palabras, las puso al corriente de sus intenciones.
―¿Entrar a la biblioteca? ¿Estás loco? Los truenos te afectaron la cabeza, hermano ―le espetó con un susurro Perla. Florian sonrió para sus adentros: el asunto se presentaba mejor de lo esperado, ya que si su hermana se hubiese opuesto terminantemente a su plan, lo habría mandado a toda voz a freír monos a Salareth[1].
―Necesito averiguar algo más acerca de esa época que mencionó el abuelo, la Edad Oscura, y sólo tengo tres opciones para hacerlo. Dos de ellas, la biblioteca del palacio real y la del monasterio fragiliano, hoy son impracticables debido a la tormenta, así que sólo queda nuestra biblioteca.
―Y tú juras que la abuela se compadecerá de ti y te esperará con la puerta abierta.
―Ése es el punto. Debemos burlar la vigilancia de la abuela.
―Y la de Venancio y Sinforosa.
―Y de ese loro infame ―acotó Celeste.
―Sí. En especial la de él. Y la del perro, por si pretendes entrar durante la noche. Sabes muy bien que lo dejan custodiando el pasillo cuando se acuestan. Pero supongo que ya has considerado todos esos problemas y sabes cómo superarlos.
Florian guardó silencio. La abuela Nomeolvides era una verdadera fiera, una guardiana implacable que haría cualquier cosa por evitar que alguno de ellos, de los bastardos como los llamaba, pusiese siquiera la punta de un pie en su preciada biblioteca. Y sus criados eran, como decía el abuelo Prudencio, cortados por la misma tijera. Incluso, si cabía, más feroces que su señora. Y el loro… un cuento aparte: un ave malvada, poseída por algún espíritu maligno, que disfrutaba al delatar cualquier asomo de cercanía de alguno de los hermanos al mayor tesoro de su ama. Ya eran incontables las veces en que los intentos de Florian por allegarse a la biblioteca habían sido frustrados por los agudos chillidos del infame pájaro.
―Debemos entrar a la biblioteca cuando la abuela, Venancio y Sinforosa estén durmiendo ―susurró Florian―. Así no podrán estorbarnos.
―Qué brillante idea ―masculló Perla―. ¿No te dolió la cabeza después de haberla craneado? Sabes que cuando la abuela duerme la siesta, Venancio y Sinforosa vigilan. ¿Piensas hacerlos dormir también a ellos? ¿Cómo? ¿Les cantarás una canción de cuna?

Aunque no era una de las más grandes ni de las más lujosas de Moine, la mansión de los Eleccis poseía un tamaño respetable. Construida de mármol y roca, estaba situada en la cima de una colina, en las cercanías del palacio real. Tenía tres pisos, el último de los cuales estaba coronado por una torrecilla que se empinaba unos seis metros por sobre el tejado, esto es, unos quince sobre el empastado suelo del hermoso jardín. La gran biblioteca ocupaba los dos primeros pisos del ala norte del edificio, y desde ella se disfrutaba, en días normales por cierto, cuando no había una cortina de lluvia que la impidiera, de una espléndida vista hacia el lago Zafiro, la bahía y el puerto.
En alguna época pretérita, allá por el reinado de Pancracio I el Sabio, toda casa señorial que se apreciase debía disponer de una buena biblioteca, so pena de perder parte importante de su prestigio e incluso la estima del monarca. Fue la época de oro de los escribientes y los autores, y una multitud sin precedentes de libros, de todos los temas que uno pudiese imaginarse, fue manuscrita y copiada profusamente. Grandes bibliotecas surgieron en ese período, pero paulatinamente, en la medida que la moda de ser culto pasó al olvido, se fueron deteriorando y destruyendo. Se conservaron muy pocas. La del palacio real, porque había un funcionario palaciego específicamente encargado de ella. También las de algunos monasterios y la del templo magno aziriano, la mayor construcción dedicada a la adoración de Azir, gracias al celo de los monjes por mantener en buen estado sus pertenencias. Las colecciones particulares, sin embargo, en su mayor parte no sobrevivieron a la acción del polvo, las polillas, los gorgojos, los hongos y la humedad, y en la época de Dertrar II el Esforzado, que no era precisamente un monarca culto, casi todas eran parte del recuerdo.
No así la de los Eleccis. Los antepasados de la condesa Ilena, notables negociantes casi todos y grandes viajeros en su mayoría, cultivaban con particular dedicación algunas pasiones comunes: todos eran grandes coleccionistas, buenos conversadores y excelentes lectores. Así, en las conversaciones se enteraban de las novedades literarias que existían en los lugares donde recalaban en sus viajes de negocios, las adquirían de inmediato, las leían y luego las incorporaban con entusiasmo a su colección, haciendo que ésta, como una jugosa gallina campesina, engordase día a día.
Para cualquier amante de la cultura, la biblioteca de los Eleccis era un paraíso. Porque no sólo había libros en ella, por miles, ordenados con esmero y debidamente clasificados en numerosos estantes de sólida madera, sino también una completa colección de armas ―espadas, escudos, dagas, lanzas y alabardas, cubriendo casi por completo las altas murallas―, una de hojas y flores disecadas, una de hongos, dispuestos en frascos llenos de un amarillento líquido preservante, un precioso surtido de vasos de metal y de cerámica, un completísimo muestrario de piedras preciosas y semipreciosas y, en una serie de estantes especialmente diseñados de los que emanaba un fuerte olor a alcanfor, un espectacular insectario, conformado por miles de ejemplares de insectos y arácnidos procedentes de Ombur y de los países vecinos.
Era un paraíso, sí, pero, lamentablemente, un paraíso prohibido.
Porque desde hacía ya varios años, nadie que no fuera la abuela Nomeolvides, sus dos sirvientes, su loro regalón o algún eventual invitado, podía entrar a ella. Absolutamente nadie. Y no se veía razón alguna para que dicha situación fuese a cambiar en un futuro cercano. Ninguna que favoreciese a Florian y a sus hermanas, al menos.

En Ombur había cuatro clases sociales muy bien definidas y segregadas: los nobles, quienes disponían de un título otorgado por el rey que los hacía dueños de grandes extensiones de tierras y les permitía disponer de esclavos; los ciudadanos, detentores de una carta de ciudadanía que los acreditaba como hombres libres y les permitía adquirir propiedades y bienes; los vasallos, hombres libres cuya única opción de vida era laborar para algún ciudadano, dedicarse al pillaje, a algún oficio menor o integrarse al ejército;  y los esclavos, que pertenecían de por vida a sus amos.
Había un abismo insalvable entre las clases. Era muy mal visto, casi intolerable, establecer relaciones que trascendiesen a lo meramente comercial o laboral con los inferiores. Así, jamás un noble que se preciase de tal podría darse el lujo de tener un amigo ciudadano. Y tampoco un ciudadano, un amigo vasallo. O un vasallo, un amigo esclavo. Todos defendían su parcela a como diese lugar. Antes la muerte que la deshonra. Qué hablar, por cierto, de relaciones más profundas, como el amor.
Por eso el que Ilena, su hija mayor, se enamorara perdidamente de un ciudadano, fue un golpe terrible para la condesa Nomeolvides. Con ancestros del más alto linaje, la viuda del conde de Eleccis aspiraba a emparentarse con alguna otra familia de similar prosapia, lo que le permitiría mantener el título nobiliario en buenas manos. Esto porque en Ombur, los títulos nobiliarios se trasmitían sólo entre los varones de la familia. Si no había hijos varones, era el esposo de la mayor de las hijas quien los recibía. En cualquier circunstancia. Incluso, si el individuo en cuestión era de origen ciudadano.
Para su desgracia, Nomeolvides no se enteró del romance de su hija con el apuesto Dumbar hasta que fue demasiado tarde. Antes de que hubiese podido asimilar la brutal noticia, ya habían contraído matrimonio y la peor de sus pesadillas se había tornado realidad: su familia había quedado deshonrada, sus amigos habían escapado de ella como si fuese una leprosa, y el título de Conde de Eleccis, con todos los bienes, esclavos y propiedades que conllevaba, había pasado a manos del bribón advenedizo.
Nomeolvides no volvió a dirigirle la palabra a su hija mayor. Nunca podría perdonarle una vejación semejante. De nada sirvió que Dumbar, a instancias de su esposa, dividiese los bienes de la familia en tres partes de similar tamaño y entregase dos de ellas a sus cuñadas Leticia y Silvana, las hermanas menores de Ilena. Ello sólo avivó el enojo de la mujer. Las herencias, era algo sabido, no podían disgregarse.
El golpe de gracia, la gota que terminó de rebalsar el vaso, vino muy poco después. Dumbar, declarando que mientras él estuviese a la cabeza de la familia no toleraría la bárbara práctica esclavista, liberó a todos los esclavos, les dio carta de ciudadanía, y luego contrató a su servicio a aquéllos que quisieron quedarse. La medida, que le acarreó la abierta animadversión del resto de la nobleza, le granjeó la fidelidad y el respeto de sus nuevos empleados junto con el odio definitivo e irremisible de su suegra.
La posterior llegada de los tres hijos de Dumbar e Ilena no cambió para nada el escenario. Más bien podría decirse que lo empeoró, pues ya Dumbar contaba con un heredero y cualquier esperanza que Nomeolvides abrigara de que las cosas volvieran a ser como antes, comenzaba a evaporarse. Sometió a sus nietos a la ley del hielo y dejó de manifiesto en cada ocasión que pudo el profundo rechazo que le producían, en especial el mayor, el único varón, Florian.
Nomeolvides podría haberse marchado de la mansión Eleccis. Leticia, la segunda de sus hijas, que había contraído matrimonio con un barón, le rogó que se fuera con ella en numerosas ocasiones. Se negó a hacerlo, sin embargo. Aunque la estricta normativa omburana no la acompañaba, decidió quedarse en el que había sido su hogar para resguardar algunas de sus antiguas pertenencias: sus joyas, ciertos muebles de singular valor (la mayoría, obra de targos) y, en forma especial, la biblioteca. Se transformó en una guardiana implacable del recinto, que albergaba según se decía, verdaderos tesoros literarios. Y, por cierto, uno de sus principales resguardos era que nadie, absolutamente nadie, podía tener acceso a él sin su permiso.

―Creo que hay una forma de entrar sin que se den cuenta ―dijo Florian ante la mirada escéptica de sus hermanas.
―Volando ―señaló con tono burlón Perla―, como el loro, y siempre y cuando estén las ventanas abiertas y los barrotes de las rejas hayan sido cortados. Cierto que para eso debemos primero aprender a volar.
―O hacer como los gusanitos ―intervino Celeste― y cavar un túnel para entrar por abajo.
―Tienes razón. Así no se enteraría el loro. Sería la mejor alternativa.
―Muy graciosas. ¿Me permitirán que les explique?
―Está bien. Te escuchamos ―concedió Perla―. Desembucha tu brillante idea.
―Aquí ―les mostró un pequeño saquito de color rojo que extrajo de uno de sus bolsillos― tengo unos polvos que preparé según una receta que encontré en uno de mis libros. Son polvos somníferos. Si los echamos en la comida de la abuela y de sus sirvientes, en no más de media hora estarán durmiendo como marmotas.
―Continúa ―alentó Perla.
―Y esto ―explicó Florian, sacando de la bolsa que le había entregado Inocencio una herramienta de grueso alambre con una especie de paleta en uno de sus extremos― es una ganzúa. La usan los herreros para abrir cerraduras y candados cuando las llaves se han perdido.
―Y los ladrones para entrar a las viviendas sin moradores ―agregó Perla con mordacidad―. Algo leí acerca de ellas. Imagino que se la pediste prestada a Inocencio.
―Da lo mismo cómo la conseguí. Lo importante es que si hacemos dormir a mi abuela y a sus sirvientes, nos permitirá entrar a la biblioteca.
―¿Y qué haremos con el loro? ―preguntó Perla.
―¿Y con el perro? ―complementó Celeste.
―Al perro le dan de comer los restos que quedan y la abuela le permite al loro comer de su plato. También estarán dormidos.
―Me parece un plan peligroso ―afirmó Perla―. Si mamá se da cuenta nos castigará muy duro.
―Pero es el único que tiene ―argumentó Celeste.
―Hay que intentarlo, entonces. ¿Cuándo sugieres que lo hagamos?
―Hoy mismo me parece bien. A la hora del almuerzo.




[1] “Mandar a freír monos a Salareth” era una expresión que se usaba comúnmente en Ombur para expresar el más absoluto desacuerdo con las ideas o intenciones de una persona. Salareth era una gran país de clima tropical situado al sur de Pek Basila, y representaba para los omburanos algo así como el emblema de lo distante, de lo muy lejano o inalcanzable.

Capítulo 4: La hija del rey

Su Majestad Delma Escogida, reina de Ombur, se asomó al dormitorio de su hija Valeria. Era ya avanzada la mañana pero afuera estaba tan oscuro como el interior de una caverna, y la tormenta aún rugía furiosa. La muchacha se hallaba de pie frente a la ventana, y se dio vuelta cuando la sintió entrar.
 ―Imagino que no estarás pensando en salir ―dijo la soberana―. Ni siquiera los orcos andarían afuera con esta lluvia.
―No le temo a la lluvia, mamá. Además me rodearé de un escudo mágico, que impedirá que me moje.
―Ya veo que tienes respuesta para todo. Pero ¿qué cosa tan urgente tienes que ir a hacer allá afuera que no pueda esperar hasta mañana?
―Mamá, todos los días visito a mis mascotas, y eso lo sabes bien. No veo por qué una simple lluvia va a alterar mi rutina.
―Siempre olvido que no eres como el resto de los mortales.
―No se trata de eso, mamá. No podemos dejar de lado los deberes sólo porque la naturaleza se muestra un poco más brusca que de costumbre.
 ―Está bien, cariño. Haz lo que quieras. No vine acá a hablar de eso. Tengo información que estoy seguro que te interesará.
―¿De veras? ¿Qué ocurre?
―¿Recuerdas al conde Dumbar de Eleccis?
―¿El chiflado ese que se niega a tener esclavos?
―El mismo. En tres días más llegará a Moine procedente de Pek Basila. Mis informantes dicen que al parecer efectuó por el camino un increíble hallazgo.
―¿De qué tipo? Vamos, mamá, desembucha.
―¿Desembucha? ¡Qué fea palabra! No la uses más conmigo.
―Disculpa, mamá. Se me salió. No fue mi intención ofenderte. Ahora ¿podrías decirme de qué se trata ese hallazgo?
―Se rumorea que capturó un ser legendario.
―¿Que él capturó? Vamos, mamá… ¿estamos hablando del mismo Dumbar que les extiende carta de ciudadanía a todos los esclavos que adquiere? No creo que se esté dedicando a capturar seres vivos, por muy legendarios que ellos sean.
―Tal parece, querida, que habría hecho una excepción en esta oportunidad, porque dicen que en su caravana viene algo nunca visto por estos lugares de Azir.
―Mamá, sé que eres una artista del suspenso, pero por favor no practiques conmigo. ¿Podrías decirme de una buena vez de qué ser legendario estás hablando?
―De un meik, cariñito. Nada menos que de un meik.
Valeria, estupefacta, se quedó mirando a su madre como si no entendiera lo que ésta acababa de decirle. Demoró algunos segundos en reaccionar.
―¿Puedes confirmarlo, mamá? Porque si eso es cierto, debo comenzar de inmediato a estudiar la manera de tomar posesión de él.
Volvió a quedarse en silencio por unos instantes, mientras su madre la contemplaba sonriente.
―Me alegra comprobar que aún puedo sorprenderte ―le dijo ésta haciendo más amplia su sonrisa―. Me preocuparé de inmediato de obtener la confirmación.
―Mamá, mi colección ya es grandiosa. ¿Te imaginas cómo sería si un meik formase parte de ella?
―Sí, cariño. Me imagino, y haré lo que esté de mi parte para que lo consigas.

Valeria era la menor de los hijos del rey Dertrar II el Esforzado con Delma Escogida. Al contrario de sus hermanos mayores, unos verdaderos patanes, era una muchacha refinada y muy inteligente, aunque un tanto introvertida. Cuando su madre, cansada de soportar el comportamiento grosero y soez de su real esposo, y aburrida de sus múltiples infidelidades y de su vida licenciosa y desenfrenada, decidió abandonar las dependencias reales y trasladarse a otro sector del palacio, ella fue la única que la siguió. Sus hermanos, en cambio, fascinados por el tren de vida de su padre, se mantuvieron a su lado y cortaron todo lazo con su progenitora y su hermana menor. De eso, hacía ya doce años.
Durante ese lapso, y por estrictas disposiciones de Delma, había sido Samir, el mago real ―y único mago conocido, por lo demás―, quien se había hecho cargo de su educación. Y Samir no sólo se había ocupado de instruirla. Además, le había traspasado sus conocimientos de magia, transformándola en una formidable hechicera.
A la sazón, Valeria repartía su tiempo entre el estudio y perfeccionamiento de la magia, y su obsesivo afán por hacer crecer su colección.
Porque la chica era una coleccionista compulsiva. Pero no como otros, que recolectaban piedras semipreciosas, hojas de árboles, conchas de caracoles marinos, pétalos de flores, esculturas de cerámica, monedas o insectos. Su interés se había decantado hacia un material mucho más escaso y valioso: ella coleccionaba animales y seres exóticos.

Protegida por un escudo mágico de la verdadera catarata que se estaba descargando desde el cielo, Valeria se desplazó flotando por un sendero de gravilla hacia un muro cubierto de hiedra que protegía su colección. El cuidador, un humano de rubia melena y gran estatura y corpulencia llamado Wotan, le salió al encuentro, cubierto con un grueso capote de lona.
―¿Va a entrar, mi señora? ―inquirió solícito.
―Desde luego. Abre el portón.
Wotan se encaminó a cumplir la orden. Extrajo un manojo de llaves y procedió a abrir uno por uno varios candados, que mantenían muy bien cerrado un colosal portón de gruesa madera guarnecido de planchas de metal que custodiaba el acceso a su tesoro. Luego, con sorprendente facilidad, abrió el portón, y se hizo a un lado para permitir el paso de la princesa. Ella, como siempre flotando, cruzó el umbral.
Una gran cantidad de jaulas de metal, de diferentes tamaños, intercaladas con profundos fosos, apareció ante su vista. Las jaulas estaban agrupadas de a cuatro, y cada grupo separado de los vecinos por estrechos pasillos. Los fosos, esparcidos a considerable distancia uno de otro. Casi todos, jaulas y fosos ―había por ahí uno que otro vacío― albergaban animales salvajes, ya sea solitarios o en parejas. En las jaulas había brontoterios[1], uros, búfalos, bisontes, cebras, jabalíes, caballos salvajes, antílopes y gacelas. En los fosos, un colosal megalodonte[2], un par de uorats[3], un enorme mastodonte[4], y una pareja de rinocerontes. Más hacia el centro del recinto, había tigres dientes de sable, lobos reales, hienas gigantes y, en otro de los fosos, un formidable oso cavernario traído desde las serranías. Finalmente, en la parte más central, sobre un pequeño montículo, había unas jaulas más ornamentadas, la mayor parte desocupadas salvo dos. Una contenía una pareja de silfos[5] y la otra una de orcos.
Cuando la vieron llegar, los orcos arremetieron contra las rejas, mientras le descargaban toda una batería de epítetos en su gutural dialecto. Los silfos, por su parte, la miraron con desprecio y se acurrucaron en un rincón de su jaula, donde se taparon con unas pieles.
Valeria contempló con ánimo crítico el fruto de su afición. Cierto era que, para un neófito, semejante acumulación de animales ―los orcos y silfos, pese a su evidente semejanza con los humanos (que incluía una compleja organización social, un lenguaje estructurado e incluso sentimientos), eran considerados animales en Ombur― era asombrosa. No obstante, para un entendido ―y ella podía considerarse uno de ellos― era muy incompleta. Era más bien un muestrario de las diversas especies que podían hallarse en las Tierras Altas, pero las que provenían de las Tierras Bajas brillaban por su ausencia.
Ésa era la gran falencia de su colección, y ella estaba empeñada en corregirla. De hecho, ya había tomado medidas al respecto, las que debían comenzar a ejecutarse, si todo funcionaba como estaba previsto, en los siguientes minutos.
―Alguien la busca ―anunció Wotan, que se había acercado en silencio―. Dijo llamarse Oriol.
―Hazlo pasar ―repuso. Muy puntual; es una buena señal.
Mientras aguardaba, reflexionó. La noticia que le había dado su madre era excelente, en el supuesto de que fuese verdad. En una de ésas, aunque no lo creía, no era más que un volador de luces. Un meik, el más legendario de los legendarios habitantes de las Tierras Bajas… qué daría por tener uno. Por sí solo valía diez veces su colección completa.
En el estado en que se encuentra ahora, desde luego.
Sin embargo, si quería completar su zoológico, no podía quedarse sentada esperando. Tenía que actuar, hacer uso de las herramientas que estaban disponibles, y Oriol era una de ellas.
Instantes después, Wotan se acercó acompañado por un gigante.
El cuidador del zoológico era grande y corpulento, cierto, pero junto a Oriol parecía una sílfide. El recién llegado superaba con facilidad los dos metros de estatura y era lo que se dice una masa de músculos. Largos cabellos lisos y una tupida barba negra enmarcaban su anguloso rostro, donde destacaban una gruesa cicatriz rojiza que cruzaba casi completa su mejilla derecha, y que estaba cubierta por la barba, y dos fríos y penetrantes ojos de un intenso color celeste, que parecían destellar bajo las tupidas cejas. En su oreja izquierda exhibía un aro de oro de considerable tamaño.
―Para servirle, mi señora ―saludó con un poderoso vozarrón, acompañando el saludo con una profunda inclinación.
―Entiendo que estás organizando otra expedición a las llanuras.
―Entiende usted muy bien.
―Como siempre para capturar animales exóticos ¿verdad?
―Así es, aunque de las mismas especies que diviso en estas jaulas. Dudo que le interesen.
―¿Considerarías la idea de cambiar, por esta vez, el coto de caza?
―Soy todo oídos.
―Necesito completar mi colección, y creo que tú eres el hombre indicado para traerme los especímenes que necesito. Te pagaré muy bien si los consigues.
―Cuente usted con ello. ¿Cuáles son las especies que le interesan?
Valeria le alcanzó una lista.
―Fiuuuuuuuu ―silbó impresionado Oriol cuando la leyó―. Las Tierras Bajas… En verdad tendrá que pagarme muy bien si quiere llenar esas jaulas vacías con piezas como éstas.
―Ve al grano. ¿Cuánto dinero necesitas?




[1] Los brontoterios eran una especie de rinocerontes gigantes que se desplazaban en pequeños grupos por las interminables llanuras de las Tierras Altas. Con una alzada de más de tres metros y enorme corpulencia, tenían en su frente una conformación ósea similar a un yunque, aunque algo curvo, además de un largo y aguzado cuerno sobre el hocico. Eran muy agresivos y peligrosos, pues atacaban con furia, al más leve estímulo, e incluso a veces sin que hubiese ninguno, a las caravanas que recorrían las praderas, provocando nutridas mortandades e ingentes destrozos. Por tal razón eran muy temidos, y los convoyes acostumbraban a enviar pequeñas avanzadas para descubrirlos a la distancia y evitar acercarse a ellos.
[2] Los megalodontes eran colosales paquidermos, de más de siete metros de altura y cubiertos de largos pelos, que habitaban en las praderas cercanas al límite con el Targoth. Se agrupaban en pequeños rebaños que se desplazaban por los pastizales en un permanente peregrinar. Muy hacia el sur, en el país de Salareth, existía una especie que alcanzaba alturas cercanas a los diez metros, y cuya piel no estaba cubierta de pelos.
[3] Los uorats eran enormes bestias cuadrúpedas acorazadas que vivían en pequeños rebaños en medio de las extensas llanuras pekbasilanas y en el Salareth. Lejanos parientes, al parecer, de brontoterios y rinocerontes, casi alcanzaban los tres metros de altura, y poseían tres cuernos, dos en la frente y uno sobre la parte nasal. Una suerte de escudo óseo de increíble dureza, protegía su parte frontal, mientras el resto de su cuerpo estaba cubierto, de manera similar a los rinocerontes, por gruesas placas de duro cuero.
[4] Los mastodontes eran animales de cuerpo velludo parientes de los paquidermos. Medían entre 3 y 4 metros de altura y casi cinco de longitud. De cuerpo velludo, deambulaban en pequeños grupos por las grandes praderas del sur del Targoth y del norte de Ombur.
[5] Los silfos eran homínidos de no más de un metro treinta de estatura, de cuerpos delgados, esbeltos y fibrosos, como varas de membrillo. Quien los viese por primera vez, podría pensar que eran una especie de elfos en miniatura ―tenían, al igual que ellos, los ojos ambarinos, las orejas puntiagudas y las facciones afiladas―, pero su tez aceitunada, sus largos cabellos renegridos, su aguzada cola y sus puntiagudos caninos desmentían tal parentesco. Como también, su terrible fama de agresivos, violentos y sanguinarios.

Capítulo 3: Ombur

La primera parte de nuestra historia se desarrolla en Ombur. Pero... ¿qué es exactamente Ombur? Procuraremos explicarlo brevemente.
Recibe este nombre (como ya explicamos antes, de origen difuso) un gran país ubicado en la parte centro oriente del Oram. Es mediterráneo ―está completamente rodeado por cuatro imponentes cadenas montañosas― y una enorme meseta llamada Donk, de más de mil quinientos metros de altura, ocupa casi completa su mitad oriental dando origen a dos territorios muy disímiles. Los omburanos, en una notable muestra de creatividad e imaginación, han denominado a éstos, respectivamente, Tierras Altas, aquéllos que, por cierto, están sobre la meseta, y Tierras Bajas, los situados, como es lógico, al pie de ésta.
No hablaremos aquí de la topografía del país ni de su geografía. Tampoco de su clima, ni de su flora ni de su fauna. A quien desee interiorizarse acerca de estos aspectos físicos, importantes por cierto, le sugiero remitirse a la profusa obra del connotado geógrafo y naturalista omburano Bolomiris de Aquosa, fallecido hace ya muchos años a causa de un agravamiento sin precedentes de una uña encarnada. Este insigne personaje escribió numerosos tratados, todos extensos, muy completos y de lectura obligatoria en las academias de estudios del país, acerca de la geografía omburana, su clima, flora y fauna. Entre ellos recomiendo “Ombur, una loca geografía” y “Ombur, toda su flora y fauna de una sola vez”.
¿Y quienes habitan Ombur? Preferentemente humanos, aunque también hay elfos, enanos, targos y meiks, y por las serranías y por los espesos bosques pululan orcos y silfos. Dicen además por ahí que en dichos bosques, y en especial en el Bosque Antiguo, situado en el valle de Leide ―el mismo donde se encuentra Moine―, habita una abundante cáfila de semihumanos: hadas, duendes, gnomos, ogros y otros especímenes de similar naturaleza y condición. Con seguridad creencias bárbaras originadas en gente inculta e impresionable. De todas maneras, nadie en su sano juicio se atreve a entrar solo al Bosque Antiguo, menos aún después de la caída del sol.
Ahora, a quien desee interiorizarse más respecto de alguna de las especies mencionadas, de sus costumbres y características principales, le aconsejo consultar el monumental tratado del experto etnólogo Bolomiris de Aquosa (¡sí! el mismo de la geografía, el clima, la flora y la fauna), titulado “Ombur: todas sus especies homínidas de una sola vez”.
Finalmente es preciso consignar que en Ombur existen tres reinos humanos, todos emplazados en las Tierras Altas: Ombur, el principal y más grande, Kados y Ancinet. Estos dos últimos son reinos rebeldes originados por escisiones del primero y viven en permanente conflicto con éste.
Al lector interesado en incursionar con mayor profundidad en sus características, en el tipo de sociedad que está presente en ellos y en su historia, le sugiero referirse a los detallados apuntes que el connotado historiador Panabsípiles de Solance (de quien se sospecha que sería el mismísimo Bolomiris de Aquosa oculto bajo un seudónimo) publicara bajo los títulos de “Historia de la monarquía omburana” y “La sociedad omburana: todo lo que usted siempre quiso saber y nunca se atrevió a preguntar”.
A la fecha de nuestro relato ―año 1087 de la Nueva Era[1] según el calendario Diomesiano, así llamado en honor a Diomesio II el Generoso, rey de Ombur que lo instauró allá por el año 245 de su misma cronología― corren tiempos intranquilos en Ombur. Aunque hay paz, o al menos no hay hostilidades manifiestas, entre el reino y sus dos vecinos rebeldes, y existe un activo comercio, tanto con los dos reinos limítrofes ―con Targoth por el norte y, en especial, con Pek Basila por el sur― como con los poblados elfos y enanos, los silfos y los orcos, cuyas poblaciones han crecido considerablemente durante los últimos años, se muestran cada vez más atrevidos y agresivos. Incluso se sabe de avistamientos, bastante raros no obstante, de trolls y de otras bestias extrañas, lo cual, unido a la aparición de algunas bandas de salteadores y facinerosos, ha tornado inseguros los caminos, obligando a los viajeros a efectuar sus viajes en caravanas numerosas y muy bien armadas y protegidas. El ambiente en las ciudades, no obstante, está relativamente calmado e incluso no se han producido grandes alarmas sanitarias en los últimos cuarenta años.
Ése es Ombur, estimado lector. Sea usted bienvenido y ojalá disfrute su estadía.




[1] Es curioso, pero a pesar del uso generalizado de este nombre, Nueva Era, se desconoce su origen, ya que no se cuenta con antecedente alguno de las épocas que la precedieron. De hecho, no existe registro de “Antigua Era” alguna en ninguno de los numerosos, y aparentemente completos, textos que narran la historia del país.